Quinta película de Paul Thomas Anderson (Magnolia, 1999), basada en la novela de Upton Sinclair Oil! (1927) y protagonizada por Daniel Day - Lewis (ganador de un Oscar® en 2008 por su papel protagonista).
Ambientada en la California de finales del siglo XIX y principios del XX, en pleno boom del petróleo, el film narra el ascenso social de Daniel Plainview, un pobre minero al cuidado de su hijo convertido en un poderoso magnate del petróleo.
Una historia sobre la avaricia, la religión, la corrupción y el petróleo.

Audio: Inglés (V.O), español.
Subtítulos: Español, inglés y portugués.
EXTRAS:
-15 minutos: Aspectos relacionados con la producción de Pozos de ambición.
Distribuidora: Walt Disney Studios.
Fecha de lanzamiento: 27 de agosto 2008.
Precio: 17,95€.
| Daniel Day Lewis | Daniel Plainview |
| Paul Dano | Paul Sunday y Eli Sunday |
| Kevin J. OConnor | Henry |
| Ciaran Hinds | Fletcher |
| Dirección y guión (basado en la novela "Oi!" de Upton Sinclair) | Paul Thomas Anderson |
| Producción | Joanne Sellar, Daniel Lupi y Paul Thomas Anderson |
| Música | Jonny Greenwood |
| Montaje | Dylan Tichenor |
| Fotografía | Robert Elswit |
| Producción ejecutiva | Scott Rudin y Eric Schlosser |

"Cómo conseguir el Poder y conservarlo ha sido, desde el principio de los tiempos, el primer objetivo del hombre. El método más obvio es hacerlo por la espada, pero los imperios así construidos no pueden ser permanentes; sólo cuando la resistencia es paralizada por la Superstición la raza puede quedar sometida a sistemas de explotación que duran cientos e incluso miles de años". Así se expresaba Upton Sinclair en su ensayo The Profits of Religion diez años antes de publicar Petróleo (1927), la novela que ahora adapta Paul Thomas Anderson con un título también explícito y formidable: There Will Be Blood (Correrá la sangre).

Reproduzco las palabras de Sinclair en un intento por aclarar el discurso del autor y elijo un ensayo porque las ficciones de esta cabeza visible del realismo moderno norteamericano (junto a Theodore Dreiser) suelen estar impregnadas de una ambigüedad que hace difícil extraer conclusiones más allá de las expuestas por los personajes que conforman sus tramas.
Más aún, también he escogido este fragmento como representativo de la lucha entre la ambición protocapitalista y ególatra y el fundamentalismo heredado de la atomización religiosa del siglo XIX, especialmente devocionario en las zonas rurales de Estados Unidos. Signal Hill (California), el poblado donde transcurre la acción de la novela y también de la película, es un lugar favorable a todas estas pugnas por el poder, especialmente durante el primer tercio del siglo XX, cuando la llamada de Hollywood comenzaba a sustituir a la tentación amarilla.
"Anderson rehúye las opulencias en forma y contenido: ni periódicos encadenándose, ni grandes mítines como en la meteórica carrera de El político, ni tan siquiera se menciona el escándalo de Teapot Dome; las elipsis, magníficas, retiran los convencionalismos de la construcción del relato en una muestra del talento para la exploración narrativa y visual, por otro lado indiscutible desde hace tiempo, del realizador de Magnolia"
El combate lo sirven dos pesos pesados, Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis: sin este actor la película habría sido diferente), self-made man que sólo busca aumentar sus beneficios explotando pozos petrolíferos (sin importarle demasiado a quién tenga que pisar por el camino), y Eli Sunday (Paul Dano), un predicador de la peor calaña que se sirve de la pobreza y la necesidad locales para establecer una moral social marcada por el temor a la condenación eterna. Uno y otro utilizan métodos distintos para calar a las gentes del lugar: Daniel se presenta como un family man con su hijo como mano derecha; Eli lo hace como un sanador con órdenes que emanan directamente de arriba. Los dos actúan y mienten como falsos profetas del dinero y el alma.

"Odio a casi todo el mundo, miro a la gente y no veo nada que merezca la pena", le confiesa Daniel a Henry (Kevin J. O´Connor) en una de las escenas más escalofriantes de la película. Antes, la música de Jonny Greenwood (Radiohead) ya apuntaba a la tragedia desde el primer charco de petróleo que aparece bajo ese poblado estéril. Anderson se olvida de la política para focalizar el asunto en Daniel y las repercusiones de su éxito, entre ellas el abandono de un hijo sordo y, al fin, la soledad de un Charles Foster Kane en su torre de marfil.
Anderson rehúye las opulencias en forma y contenido: ni periódicos encadenándose, ni grandes mítines como en la meteórica carrera de El político (Robert Rossen, 1949), ni tan siquiera se menciona el escándalo de Teapot Dome; las elipsis, magníficas, retiran los convencionalismos de la puesta en escena y la construcción del relato (la relación entre H. W. y Mary Sunday, representada mediante cortes espasmódicos en un impasse de la trama principal, es una muestra del talento para la exploración narrativa y visual, por otro lado indiscutible desde hace tiempo, del realizador de Magnolia ,1999).

Del mismo modo que la ficción se ajusta a un espacio cerrado y una atmósfera reconocible, el découpage ya no da lugar a los planos-secuencia altmanianos de Sydney (1996) o el que abre Boogie Nights (1997), mostrándose ahora mucho más cauteloso que en sus anteriores trabajos, si bien la estructura y los mecanismos del drama devienen mucho más complejos.
Un ejemplo de lo anterior lo tenemos en la relación visual que Anderson establece entre Daniel y su hijo, H. W. (Dillon Freasier), primero con planos frontales y más tarde, cuando ya el deterioro afectivo se hace palpable, buscando una lateralidad que encuentra su cénit en la escena del restaurante, cuando los dos personajes se ven separados por un papel desenfocado que corta literalmente los dos lados de la mesa.

Todo ello para revertir la condición humana de Daniel: si al principio le observamos picando inflexible en una mina de plata (The Dawn of Man: estamos, como en 2001: Una odisea del espacio -Stanley Kubrick, 1968- ante un eterno retorno, aunque en este caso la humanidad se circunscriba a la Historia de América), cuando el film toca a su fin no evoca un trineo de deseos frustrados en llamas de arrepentimiento; todo lo contrario, Daniel termina matando a su adversario después de recordarle a Eli que el culpable es su hermano gemelo Paul, a la postre desencadenante último de todo el conflicto. Más que a la ambición y la avaricia de unos pocos, Sinclair y Anderson parecen apuntar a la desidia y la pasividad de todos los demás.
Por Marcos Méndez
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