En una pequeña ciudad del sur de Alemania, en la década de 1970, vive Micaela, de 21 años, que se ha criado en una familia profundamente religiosa, con un padre cariñoso pero débil y una madre fría y distante. A pesar de llevar años librando una larga batalla contra la epilepsia, Micaela desea fervientemente salir de su casa para ir a la universidad. Una vez allí, saborea la libertad por primera vez. Su incipiente amor por Stefan y su amistad con Hanna hacen que se rompa el escudo de la fe y de la familia, bajo el cual siempre se había sentido segura y protegida.
La actriz Sandra Hüller (1978) ganó el Oso de Plata a la Mejor Actriz en el Festival de Berlín del 2006.
De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, el exorcismo solemne "intenta expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia". La Iglesia católica ha estado preparando exorcistas durante el pontificado de Juan Pablo II, y sigue haciéndolo con Benedicto XVI.

Película del Pack Festival de Sitges 40º Aniversario.
La edición incluye además:
-Carretera perdida de David Lynch (1997).
-Avalon de Mamoru Oshii (2001)
-DVD adicional: Trilogía de cortos de César Velasco, el documental Pretty as a Picture de David Lynch y spots premiados del festival.
Audio: Alemán (V.O), castellano.
Subtítulos: Castellano.
Extras: Tráiler/Ficha artística/Ficha técnica/Biofilmografías destacadas.
Distribuidora: Cameo.
Fecha de lanzamiento: 10 de octubre 2007 (Venta).
Precio del Pack: 30€.
| Sandra Hüller | Michaela Klingler |
| Burghart Klaußner | Karl Klingler |
| Imogen Kogge | Marianne Klingler |
| Nicholas Reinke | Stefan Weiser |
| Anna Blomeier | Hanna Imhof |
| Jens Harzer | Martin Borchert (Exorcista) |
| Dirección | Hans-Christian Schmid |
| Guión | Bernd Lange |
| Producción | Hans-Christian Schmid |
| Fotografía | Bogumil Godfrejów |
| Montaje | Bernd Schlegel, Hansjörg Weißbrich |

Para bien o para mal, cuando una película aborda el tema del exorcismo demoníaco, resulta inevitable echar mano del clásico de William Friedkin El exorcista (The Exorcist, 1973). Aquella película de la Warner Bros sentó un precedente dentro de la historia del cine de terror a cerca del tremendismo marcadamente realista con el que se podía llegar a tratar un tema tan peliagudo como un exorcismo. Además, el film de Friedkin se aproximó al tema con un notable agnosticismo, sin llegar a posicionarse a favor o en contra de la posesión demoníaca, aunque eso sí, poniendo de relieve su notorio dramatismo humano, social y espiritual. Mejor o peor película, lo cierto es que el film de William Friedkin sentó una unidad de medida a partir de la cual, se debían evaluar el resto de películas que se atrevieran a abordar tan espinosa cuestión. Tal vez, haya sido la -pesada- estela de El exorcista la que haya provocado que se existan tan pocas producciones sobre el tema o que las que han logrado estrenarse hayan tenido una recepción tan frívola -de crítica y público- como fue el caso de El exorcismo de Emily Rose (The Exorcism of Emily Rose, Scott Derrickson, 2005).

Tal vez, una de las primeras virtudes de Réquiem. El exorcismo de Micaela, sea que parece ser consciente, sobre todo en su primera mitad, que la alargada sombra de El exorcista planea sobre ella, una cuestión pese a todo, que la película lleva sin complejo alguno. De hecho, el film no parece evitar determinadas virtudes del largometraje de Friedkin, es decir su premeditada sensación de realismo y su eclosión del núcleo familiar derivado de la posesión diabólica. Sin embargo la película que nos ocupa lleva lo propuesto por Friedkin mucho más allá, hasta extremos que tal vez los productores no le hubieran permitido al director de A la caza (Cruising, 1979).
"No hace uso de, prácticamente, ninguno de los códigos propios del cine de terror. No hay efectos especiales, el rostro de la joven poseída no se convierte en una amalgama de llagas monstruosas, Micaela no baja escaleras a cuatro patas ni gira la cabeza ciento ochenta grados"
De entrada, el film de Hans-Christian Schmid resulta también un largometraje de pretensiones marcadamente realistas, a través de una cámara móvil que da la impresión, rara vez utiliza un trípode y si llega el caso, inserta violentos movimientos de zoom, remarcando una sensación de seudo-documental. Réquiem. El exorcismo de Micaela arranca además en un entorno rural (al contrario que el contexto cosmopolita y adinerado de El exorcista), un trasfondo que mantendrá a lo largo de todo el film y que además, dotará al conjunto de un marcado sentimiento de cercanía al espectador, aunque eso si, completamente distinto al expuesto por El exorcista.

La película de Schmid se desarrollará principalmente en un universo de colores apagados, donde parece que todo está pensando para apoyar lo fundamental y que nadie pierda el hilo con ornamentos inútiles de fondo. ¿Y cuál es esa cuestión? A mi parecer -y al contrario de lo que sucedía en El exorcista donde el tema fundamental a tratar era el de la propia posesión- Réquiem. El exorcismo de Micaela nos habla principalmente de los efectos transversales que provoca una distorsión de la conciencia tan dramática como un hipotético exorcismo. Es decir, Schmid no se concentra tanto en el procedimiento a seguir una vez se llega a la sospechosa conclusión de que Micaela (Sandra Hüller) está poseída por el demonio, sino que prefiere escarbar en sus relaciones personales, con su -única- amiga, con sus padres y con su novio.
Micaela es una joven criada en un entorno rural, de convicciones profundamente católicas y no particularmente extrovertida aunque tampoco se trate de ningún personaje con problemas de sociabilidad. Más bien, la impresión que da es que Micaela ha sido una chica demasiado protegida por sus padres, bien sea por cuestiones de religión, asuntos morales o por la extraña enfermedad que al parecer, distorsiona la vida de la muchacha. En todo caso, la joven se desenvuelve con moderada facilidad. No tiene especiales problemas para hacer una amiga -aunque encuentre obstáculos desde el principio- y tampoco le faltan cascos para dar el que probablemente sea su primer beso.

En su casa los roles también quedan muy claros a lo largo de todo el metraje. En efecto, existe una impresión generalizada de que Micaela es una joven que ha sido criada entre algodones, un comportamiento por parte de sus padres que no ha hecho más que acentuarse debido a la enfermedad que padece Micaela. Sin embargo, las diferencias entre el padre y la madre son significativas. El padre, un trabajador que probablemente se pasa el día metido en su taller, parece ser una persona mucho más abierta, dispuesta a asumir determinados riesgos y a no impedirle a su pequeña que se haga un sitio en el mundo. La madre de Micaela es otra cuestión bien distinta. Marianne (Imogen Kogge) es una mujer de su casa, que seguramente ha visto pasar cada año de la vida de sus dos hijas, patológicamente protectora no está dispuesta a sufrir ni un segundo más aunque eso suponga, al contrario de lo que piensa su marido, cerrarle el mundo a Micaela. Ambos son personajes interesantes y perfilados, pero quizá el matiz más significativo lo ofrezca precisamente su madre. Cuando los efectos de la posesión se hagan más y más evidentes será ella la primera en doblegarse y en hacerle llegar cariño, con gestos en todo caso, muy sutiles; una caricia, una mirada, un gesto....
Pese a todo lo dicho, lo más relevante de Réquiem. El exorcismo de Micaela, son fundamentalmente dos cuestiones: la noción de realismo que Schmid lleva al extremo y la interpretación que, bien el director, bien el personaje, hacen de los sucedido.

Como hemos apuntado, este largometraje, como mínimo, toma prestado de El exorcista su planteamiento de realismo. La única -y fundamental- diferencia es que Hans-Christian Schmid hace que esa idea expuesta por William Friedkin se quede en un mero esbozo y que en su película adquiera dimensiones verdaderamente admirables. Ésta es una cuestión capital porque Réquiem. El exorcismo de Micaela, no hace uso de, prácticamente, ninguno de los códigos propios del cine de terror. O lo que es lo mismo, en el film de Schmid no hay efectos especiales, el rostro de la joven poseída no se convierte en una amalgama de llagas monstruosas, Micaela no baja escaleras a cuatro patas ni gira la cabeza ciento ochenta grados; tampoco hay planos propios del género (imágenes aberrantes, flashes de rostros malignos, ni imágenes subliminales), tampoco hay sombras misteriosas que se cruzan en mitad de la noche, ni extraños ruidos que atormentan a la joven protagonista. No, en la película de Schmid llama la atención la sobriedad, el riesgo y el realismo con el que su -joven- director se acerca a los acontecimientos. A los extraordinarios y a los más banales.
Smichd rueda con cierto nerviosismo contenido -como si supiera lo que va a suceder-, sin demasiados primeros planos, al contrario, permitiéndole intimidad a los personajes, filmándolos manteniendo las distancias, rodando numerosas escenas con teleobjetivo, llegando al punto incluso de rodar una de las escenas cumbres -el esperado exorcismo- desde una habitación contigua donde está teniendo lugar el exorcismo.

Pero es que además -va siendo hora de afirmarlo sin rodeos-, esta espléndida película de Schmid propone, por si fuera poco, una visión bastante particular de los insólitos hechos de los que hemos sido testigos en escasamente hora y media de metraje. Primero, gracias a la propia definición del personaje. Micaela es una joven profundamente religiosa que además tiene una filosofía de la vida -muy poco posmoderna- fuertemente inspirada en la vida de una mártir religiosa, Santa Catalina. Para Micaela, el tiempo que estamos en este mundo es un regalo, hay que aprovechar cada segundo, pero no porque el mañana no exista, sino porque la vida en sí misma, es un lujo, y poco importa los obstáculos que podamos encontrar en el recorrido. Sin embargo, Micaela también es humana y su esperanza y su fe, tienen un límite. Aunque al comienzo del film, en los primeros ataques demoníacos, Micaela se aferre al rosario y trate de rezar entre convulsiones, aunque Micaela no duda en acudir a la iglesia y en hablar con el sacerdote local de sus extraños problemas , llega un momento en el que la joven no puede más y el mal entonces, gana terreno.
Por último, el film ofrece una visión particular de todo lo que hemos visto a través de su puesta en escena, sobre todo, a través de uno de sus planos finales. Cuando Micaela ha iniciado el exorcismo su amiga Hanna (Anna Blomeier) va a visitarla a su casa y casi a la fuerza, la saca a dar un paseo. Caminando llegan a un banco, situado en medio de un paraje apabullante -que no preciosista-, hasta un momento en el que Micaela le admite a su amiga, que ha llegado a la conclusión de que su posesión es algo así como una prueba divina, algo muy similar a lo que lo sucedió a Santa Catalina. Obviamente su amiga no la toma en serio, pero Schmid si parece tener en algo más en consideración sus palabras, sobre todo debido a ese plano entero que encuadra a las dos amigas de espaldas sentadas en el banco bajo una tremendas nubes que se mueven lentamente y que parecen verificar, de algún modo que en efecto, aquello no es una cuestión de química cerebral. Que aquello, como mínimo, es algo más.
Por Ramón Monedero
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