Tras su aclamada Tropical Malady, el director tailandés Apichatpong Weerasethakul se vuelve a poner detrás de la cámara para dirigir este tributo a la memoria y a la evolución personal. Es el relato del recuerdo de sus padres, ambos médicos, y de su infancia.
Otros personajes peculiares protanizan el film como un monje que quiere ser DJ y un dentista que aspira a ser cantante.
Este film forma parte del Pack Baff editado por Avalon que incluye, además, estas películas: After Life (Hirokazu Koreeda), Love will Tear us Apart (Nelson Yu Lik-wai), Goodbye, Dragon Inn (Tsai Ming-Liang), Shara (Naomi Kawase) y The Taste of Tea (Katsuhito Ishii).

Pack Baff: After Life (Hirokazu Koreeda), Love will Tear us Apart (Nelson Yu Lik-wai), Goodbye, Dragon Inn (Tsai Ming-Liang), Shara (Naomi Kawase), The Taste of Tea (Katsuhito Ishii) y Syndromes and a Century (Apichatpong Weerasethakul).
Audio: Tailandés.
Subtítulos: Castellano.
EXTRAS: Tráiler.
Distribuidora: Avalon.
Fecha de lanzamiento: 25 de abril 2008.
Precio Pack BAFF: 45,00€.
| Arkanae Cherkam | Ple |
| Jaruchai Iamaram | Dr. Nohng |
| Sakda Kaewbuadee | Sakda |
| Nu Nimsomboon | Toa |
| Jenjira Pongpas | Pa Jane |
| Sophon Pukanok | Noom |
| Dirección y guión | Apichatpong Weerasethakul |
| Producción | Charles de Meaux y Apichatpong Weerasethakul |
| Fotografía | Sayombhu Mukdeeprom |
| Montaje | Lee Chatametikool |
| Dirección artística | Akekarat Homlaor |

Francisco Algarín Navarro
Puede que sean palabras mayores, pero el cine de Apichatpong Weerasethakul es adulto. Ya lo era su primera película, Mysterious object at noon, una propuesta de cadáver exquisito cuya estructura se compone de los relatos orales que van aportando los habitantes de diferentes poblaciones tailandesas. Difícilmente se puede hablar de narración en un cine en el que el cineasta dice no saber narrar. Quizá por eso cede la voz al pueblo, quienes nos conducen por los senderos más inesperados que un espectador puede transitar. ¿Cuánta verdad hay en la confesión de un hombre que ha reinventado las estructuras cuando todo parecía estar hecho ya? No son palabras mayores, son palabras justas: el futuro del cine está, entre otros, en Apichatpong.

Como todas sus películas, Syndromes and a Century es bicéfala. Del mismo modo que en Tropical Malady y Blisfully yours, en un determinado momento el film se convierte en otro film. Hacia la mitad comienza de nuevo. Sin embargo, la clave está en el título, síndromes y un siglo. Al comienzo de la película, alguien pide la atención de la doctora y ésta desaparece conversado por uno de los pasillos exteriores del hospital. En lugar de seguirla, la cámara queda fija, encuadrando una gran extensión de campo sobre el cual aparecen los créditos de la película. Síndrome: los pasos y la voz de la mujer apenas pierden intensidad, aunque sepamos que debería estar bien lejos.
Siglo: casi a la hora de película, sensación de dejà vu. Distribución espacial y encuadres prácticamente idénticos al despacho de la doctora que aparece al comienzo de la película. El mobiliario en cambio es más moderno, la luz diferente. En el exterior, ya no hay campo, todo está lleno de edificios. A partir de aquí un juego de variaciones. Al comienzo serán breves, pero poco a poco la segunda mitad se va volviendo cada vez más autónoma. Sería demasiado banal limitarse a establecer comparaciones sociológicas en torno a las dos épocas. La mirada abarca una gama más amplia de significados, permutaciones, ecos, resonancias, un ejercicio de distanciamiento en la elección del hospital-profesión familiar- en torno al cual se encuentran los elementos distintivos de cada Tailandia.

Las líneas de avance de Syndromes and a Century pueden ser crípticas, formar un palimpsesto, escribir trazos circulares, plegarse en el centro. No en vano Weerasethakul, formado en Chicago, es un cineasta dotado en el campo de las videoinstalaciones, pero también previamente curtido de la vida en la selva, lo que se manifiesta a través de una forma de mirar la naturaleza y el mundo. En la primera parte, suena una melodía mecida por el viento, los monjes budistas conviven con el resto-¡incluso uno de ellos sueña con ser DJ y toca la guitarra!-, la vida en el hospital invita a la tranquilidad que proporciona la confianza en la medicina.
Syndromes and a Century es un regreso a las formas del cine primitivo, donde no había necesidad de relato. Suaves travellings acordes a la velocidad a la que se desplazan los cuerpos, cartografía de los espacios y lugares, prodigioso uso del sonido con enorme potencial revelador (en la primera parte escuchamos la naturaleza, en la segunda la presencia de las máquinas), acompañamiento de pistas ambientales para imágenes como la del tubo que se traga el humo -y el tiempo- dispuestas a marcar la memoria cinéfila del espectador. Una película de círculos, al que se une el del eclipse solar.
¿Cuánta verdad hay en la confesión de un hombre que ha reinventado las estructuras cuando todo parecía estar hecho ya? No son palabras mayores, son palabras justas: el futuro del cine está, entre otros, en Apichatpong.

En una asombrosa secuencia un hombre y la doctora conversan. Ella cuenta cómo conoció a otro hombre que vemos en las imágenes evocadas por su relato. De repente, la mujer aparece en el mismo lugar (encuadre idéntico) al que ocupaba cuando empezó a contar la historia, pero con el hombre del relato. La narración de un personaje modifica el curso de la película. Se trata de un rápido avance mucho más veloz de lo que sus imágenes muestran. En ese avance tenemos el tiempo suficiente para fijarnos en algunas grandes estatuas divinas, en los frondosos árboles, el cielo, pero también surge la amistad, y el amor. En ningún caso la progresión está marcada por el pesimismo.
En realidad, Syndromes and a Century es una película sobre los padres de Weerasethakul. Una proyección de lo que a cada uno le gustaría ver. También una apelación al espectador, que tendrá que traer los recuerdos de nuevo al frente para poder adivinar los juegos secretos que se establecen entre ambas partes.
Los hospitales, repletos en la primera mitad, en la segunda hora de película están vacíos. Si antes el color predominante era el verde de la vegetación que rodeaba el hospital, ahora el blanco inunda cada plano. Las habitaciones están repletas de extraños instrumentos y aparatos propios de la medicina más avanzada. La única excepción es una mujer que intenta curar a un adolescente mediante las palabras y la voz. Ahora los cuerpos llevan prótesis adaptadas. Lo que puede entenderse como la transformación que sufre la carne -una mirada limpia que integra de forma natural a esas personas en la película- no es más que una afirmación en los avances de la medicina.

Hacia el final, vemos cómo la curandera y la doctora se quedan solas en sus respectivos despachos. Los pasillos están completamente vacíos. La música ambiental cobra intensidad, hasta que la cámara se aproxima al tubo, círculo negro que arrastra hacia su interior el humo, el aire enrarecido, el presente y la mirada del espectador. El aire se vuelve tangible. Estamos dentro del círculo negro. Parpadeamos. Estamos en una ciudad llena de zonas verdes. Hombres y mujeres hacen deporte, ejercitan su cuerpo. Un platillo volante en el cielo rosado asciende y desciende. Entra una alegre cancioncilla, una especie de silbido pegajoso. En una enorme plaza, cientos de hombres y mujeres hacen aeróbic bailando al son de la música. Delirio y abstracción a partes iguales. Imágenes bellas y justas. Hipnosis: un, dos, tres... un nuevo síndrome, un nuevo siglo, un nuevo cine.
25/04/2008
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