Tropical Malady (Sud Prlad) - crítica | Cine Kane 3

Tropical Malady

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Sinopsis

Hay algo mágico en el aire. Son tiempos felices, y el amor es algo sin complicaciones para el joven soldado Keng y el chico campesino Tong. Tardes agradables con la familia de Tong, noches llenas de canciones en la ciudad...


Hasta que la vida se ve perturbada por una desaparición. Además, algún tipo de bestia salvaje ha estado matando a las vacas. Las leyendas locales dicen, que, de algún modo, un humano puede convertirse en otra criatura...

Entonces empieza la historia de un soldado que se introduce solo en el corazón de la jungla, donde el mito a menudo se hace realidad.

  • País:Tailandia/Francia/Alemania/Italia
  • Año:2004
  • Estreno:22 sep. 2006
  • Duración:1h.58min.
  • Titulo original:Sud Prlad
  • Distribuidora:Sagrera

Características del DVD

Audio: Tailandés(V.O), castellano.

Subtítulos: Castellano.

Extras:

-Filmografía del director.

Distribuidora: Filmax Home Vídeo.

Fecha de lanzamiento: 26 de septiembre 2007 (Venta).

Intérpretes

Banlop Lomnoi Keng
Sakda Kaewbuadee Tong

Ficha Técnica

Dirección y guión Apichatpong Weerasethakul
Producción Charles de Meaux , Alex Moebius
Co-producción Paiboon Damrongchaitham, Axel Möbius, Marco Muller, Christoph Thoke, Pantham Thongsangl
Fotografía Vichit Tanapanitch, Jean-louis Vialard, Jarin Pengpanitch
Montaje Lee Chatametikool, Jacopo Quadri
Música Akritchalerm Kalayanamitr

Crítica

Esto no es una película

Juan Zapater

Apichatpong Weerasethakul realizó Tropical Malady hace dos años. Antes había ofrecido Mysterious Object at noon (2000) y Blisfully Yours (2002). Pero sin duda fue con Tropical Malady cómo Apichatpong Weerasethakul entró ya de lleno en el Olimpo de los nuevos valores de la contemporaneidad legitimada por la crítica cinematográfica. O al menos, por una parte de ella. La que goza de predicamento y reconocimiento en muchos de los nuevos-viejos festivales no mainstrean que cada vez abundan más en el panorama internacional y la que sobrevive en los reductos académicos en donde la historia del cine comparte aulas y ¿prestigio? con la filosofía, el arte y la teología.

Se trata de una contemporaneidad deseosa de transformar los viejos cánones. Una contemporaneidad sensible hacia lo periférico, vulnerable al exotismo y en ocasiones demasiado tentada por el vicio del exclusivismo, que comienza a repetir el mismo ciclo que las artes plásticas iniciaron en la primera década del siglo XX. Es decir, caminar hacia el abismo-vacío que atrajo a las vanguardias artísticas en un tiempo en el que la evolución tecnológica y la aportación de nuevos conceptos ideológicos llegaron casi al mismo tiempo que las guerras mundiales, los campos de extermino nazis y el horror atómico.

Decía Mondrian en aquellos años: "Hemos llegado a comprender que el principal problema en las artes plásticas no es evitar las representaciones de los objetos sino ser lo más objetivo posible". Lo que vino a continuación es cosa sabida, cosa tan de perogrullo como que una pipa pintada lógicamente no es una pipa o que un urinario puede y ¿debe? ocupar el centro de un museo porque el valor no reside en el objeto sino en la mirada de quien juzga. Ha pasado el tiempo y la tecnología sigue siendo la fuente más fértil de evolución de una sociedad humana que permanece sujeta a las mismas pasiones. Unas pasiones ancladas en el horror de las nuevas guerras. Unas guerras ahora travestidas bajo la perversión de un videojuego sin sangre, ni gritos, ni olor y apenas vislumbrado a través de la pantalla del televisor. Se trata de un videojuego atroz porque oculta el terror medieval que desciende al campo de batalla instalado ahora en medio de las ciudades, donde civiles sirven de diversión a torturadores psicópatas con el uniforme de la patria de las libertades.

Y con soldados como esos, con gentes uniformadas comienza Tropical Malady. Pero no me malentiendan, no hay ninguna relación entre esos soldados errantes que caminan hacia ningún lado y lo que ocurre en Bagdad. ¿O sí? Esa es la cuestión.

"Una propuesta de ruptura con lo representativo y un deseo de transformación del lenguaje cinematográfico que, no lo olvidemos, ya fue formulado en los primeros años del siglo XX"


¿Acaso Tropical Malady no es sino una nueva -otra más- incorporación de la vieja idea-urinario de Duchamp? ¿Acaso no es en la capacidad de lectura del espectador donde crecerá esta obra abierta? ¿No es allí donde se cerrará objetivamente su contenido lleno de magia ancestral, atravesado por una historia de amor homosexual y en donde la naturaleza y la desorientación del hombre actual presiden su contenido?

El cine que practica Apichatpong Weerasethakul no es narrativo, no obedece al MRI ni muestra servidumbre al modelo aristotélico. Por eso resultan patéticas las excusas y explicaciones que se han montado en torno al argumento de Tropical Malady. ¿Si Tropical Malady no es una película por qué hemos de empeñarnos en hablar de ella como si lo fuese? ¿Por qué tratamos de justificar narrativamente lo que ha roto toda vinculación posible con la relación causa-efecto. Esa es la propuesta que encabeza Apichatpong Weerasethakul, una propuesta de ruptura con lo representativo y un deseo de transformación del lenguaje cinematográfico que, no lo olvidemos, ya fue formulado en los primeros años del siglo XX. Es decir, nuevo no es precisamente el adjetivo que habría que utilizar.

Es curioso, quienes más han asimilado los responsos de Jean Luc Godard respecto al no futuro del cine son los cineastas de países donde el cine casi no ha existido. O al menos, si existía lo había hecho muy ligado a sus fronteras territoriales, con escasa salida hacia el exterior. Ese es también uno de los principales méritos de Apichatpong Weerasethakul. Que con sólo tres películas ha conseguido para su país de origen, Tailandia, lo mismo que Abbas Kiarostami logró para el suyo, Irán: Que festivales, estudiosos y críticos pasaran de la noche a la mañana, de ser profundos desconocedores de esas cinematografías a expertos apologetas.

Pero en ese péndulo nervioso que es la moda cultural no hay que olvidar que ni Kiarostami es todo el cine que llega de Irán, ni Apichatpong Weerasethakul representa al cine tailandés. Al contrario.

No obstante queda sin resolver el tema central de esta crítica y la verdadera cuestión que afecta al modelo al que Tropical Malady obedece. ¿Es razonable que se venda —eso y no otra cosa implica la compra de una entrada para ver una película— Tropical Malady en el mismo espacio en el que se vende Piratas del Caribe?

¿No es cierto que si no se cambia el modelo de distribución de propuestas fílmicas, sin duda notables y en este caso de manera excepcional, se abona el terreno a una confusión extrema que acabará por perjudicar a todo tipo de propuesta cinematográfica? Por eso es fundamental y básico tener muy claro que Tropical Malady no es una película. Al menos, no como lo entiende la mayoría de los espectadores que acuden al cine un fin de semana.

Crítica publicada en el número 11 de Kane3 (septiembre/octubre 2006)

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