El cine como espejo de lo social - libro | Kane 3

El cine como espejo de lo social

En una carta fechada en 1993, a propósito del estreno de Hélas pour moi (1993), Thierry Jousse reprochaba a Jean-Luc Godard su estado de aislamiento: "Está todavía más solo, como si no quisiera deber nada a nadie. Ya que también son solitarios ellos, podemos hablar con ellos. Mientras que con usted no verdaderamente. También, creen ellos en el cine más perdidamente que usted. Poseen una cierta forma de inocencia radical. Usted, es un buscador desengañado, un acechador de estrellas melancólico" [Cahiers du cinéma, nº 471, septiembre de 1993]. Hay cineastas que conciben el cine como un trabajo individual pero, a pesar de todo, Jean-Luc Godard no es uno de ellos. Sí es, en cambio, un cineasta que vive y hace participar al desengaño, incluso como forma de comenzar la conversación.



"Elephant" (Gus Van Sant, 2003)

Francisco Algarín Navarro

En El cine como espejo de lo social (Talasa Ediciones, 2008), Rafael Arias Carrión ha emprendido la dirección opuesta para llegar a un dominio parecido, no demasiado alejado del pensamiento godardiano, pues su trabajo se apoya en dos tiempos: el primero es directo, hasta cierto punto involuntario, y está completamente vivo, correspondiéndose con los debates posteriores a las proyecciones en el Cine-Club La Bóveda (Madrid), que sirven de contenedor de las primeras palabras; el segundo, el de reposo, llega una vez sentado a la mesa, cuando las palabras se vuelven a tomar, avivadas por el recuerdo.


Como decía Alain Bergala en La hipótesis del cine, los tres tiempos del cinematógrafo serían el de pensar, el de rodar y el de montar. El primero, correspondería al de los días de La Bóveda, donde cada película posee un lugar y un tiempo particular, donde la palabra y la voz pertenecen a cada uno. Pero, a diferencia de Godard, Rafael Arias Carrión debe mucho a los otros. En lugar de buscar de la mano del desengaño, lo hace sustituyéndolo por el anhelo y la esperanza.

El último de los tiempos es el del montaje, que aquí se desvela en un proceso similar de estructuración, en un cuerpo de ideas que van de lo general a lo concreto y que terminan por yuxtaponerse y superponerse. ¿A qué equivaldría entonces aquel tiempo intermedio del rodaje? Si el cineasta y el crítico se encuentran, en tanto que creadores, a un mismo nivel (Godard), la tarea del rodaje en El cine como espejo de lo social halla su rima en el trabajo que ejerce la memoria sobre las ideas cuando, alguna vez, aún sin un propósito firme, las palabras de los otros quedaron grabadas.


Partiendo de una presencia patente (el que opina porque piensa) y de una presencia latente (el que piensa porque recibe la opinión), los posibles itinerarios terminan necesariamente por multiplicarse. En ese bello gesto de devolver la luz a las palabras de los otros para hacerlas confluir con las nuestras, nos damos cuenta de que nuestro discurso se ha vuelto inseparable, y es precisamente lo que aquí vamos a celebrar. En esa ordenación, no es posible deconstruir alguna cosa y agruparla en conjuntos de procedencia. En el propio ritmo de la lectura, sentimos que en un mismo tiempo, las ideas que aquí se despliegan nos pertenecen del mismo modo que nuestros pensamientos más insospechados le pertenecen a él.

"El niño" (Jean Pierre-Luc Dardenne, 2005)

Pero ahora, ha llegado el tiempo de la reflexión y de los tránsitos. Primero, se sientan las bases, se buscan films que contengan al menos pequeños reflejos, que funcionen como encrucijadas. La más bella de las películas que se estudian en esta primera tanda es Los espigadores y la espigadora (Agnès Vardá, 2000), aquel ensayo entendido como un "arte de espigar planos". Entonces, Rafael coloca a la izquierda la pintura de Millet y a la derecha la reproducción de la reproducción del cuadro en un periódico. Es un gesto que llama a otros gestos: así, a lo largo del libro, se irán buscando los gestos aislados, secretos, para congelarlos, iluminarlos o confrontarlos.


Un pasaporte que pasa de una mano a otra en La promesa (Jean-Pierre & Luc Dardenne, 1996), una imagen capturada que es acompañada de un texto: "Os quitaremos el pasaporte", pero también de una imagen que le precede, que viene acompañada por otro texto: "una vez que habéis llegado". En ese espacio blanco de confusión que separa estos dos fotogramas hay un tiempo en suspenso en cuyo hueco se insertarían los pequeños textos que acompañan a las imágenes al modo de intertítulos, no solo del cine mudo, sino de una posible historia reciente del cine del s. XXI.


"En ese bello gesto de devolver la luz a las palabras de los otros para hacerlas confluir con las nuestras, nos damos cuenta de que nuestro discurso se ha vuelto inseparable, y es precisamente lo que aquí vamos a celebrar"


"Las espigadoras" (Jean François Millet, 1857)

No se trata de seleccionar las mejores películas de este siglo, sino tan solo de acercarnos una serie de ellas para que den pie a un debate. Para ello, Rafael se ha servido de films cuyo acceso puede resultar inmediato, elaborando un recorrido en profundidad: de esos "Diversos mundos en el Primer Mundo", cuyo ejemplo vendría ser Caché (Michael Haneke, 2005), pero también las películas de Vardá o de los hermanos Dardenne, pasamos a los movimientos migratorios, la marginación social, el trabajo, la ecología, el poder de la imagen y los medios de comunicación, la pena de muerte, la identidad sexual, las formas de comunicación, la integración social...

Cada movimiento exige una dualidad. Es el único mínimo del que partir: los estados de alteridad, el otro, el intruso. O bien, el que habla y el que escucha. ¿Cómo construir esa alternancia? Mediante el trabajo con las imágenes, pero también el resquicio que queda entre las mismas. ¿Qué separa a Han Samming de Shen Hong en Still Life (Jia Zhang-ké, 2006)? La inmensidad de la presa de las Tres Gargantas, que se abre ante ellos como un gran bloque de tiempo. O esa fantasmagoría en la que las lágrimas de John son salvadas por el beso de Acadia en Elephant (Gus van Sant, 2003). También la posibilidad de ver a un mismo tiempo el plano y su contraplano, o de responder a la llamada de las imágenes, porque hoy la tecnología nos permite afrontar el estudio de una forma mucho más completa y exahustiva.


"Buenas noches y buena suerte" (George Clooney, 2005)

Aunque aparentemente poco tengan en común L´enfant y Buenas noches y buena suerte, El verdugo y Keane, la lectura de El cine como espejo de lo social aporta una especie de visión en cinemascope: como si fuera posible una convivencia no solo temática, sino de voces que resuenan, de personajes que entran y salen del encuadre, permaneciendo en él lo suficiente como para que su reflejo quede superpuesto hasta las últimas páginas.



Por eso, un epílogo que se titula "En construcción", no puede contener más lógica, al igual que el hecho de que se nombren dos películas fundamentales de este siglo: En construcción (José Luis Guerín, 2001) y Juventude em marcha (Pedro Costa, 2006). Son ellas sobre las que se sustentan todos los debates, todas las voces y todas las esperanzas y las que, como hace Rafael, solapan los espacios: ici et ailleurs, Cabo Verde y Lisboa, el Lago Victoria, Barcelona, París, Argelia, Portland, o cómo los mundos se insertan unos sobre otros, pero siempre manteniendo las diferencias, avivando las voces, iluminando los más hermosos gestos en hipótesis que se despliegan una y otra vez.

ARIAS CARRIÓN, Rafael, El cine como espejo de lo social, 1ª edición, Madrid, Talasa Ediciones, 2008, 193 pág, ISBN: 978-8496266-24-7. Precio: 19,00€.

25/01/2009

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