Confieso mi ignorancia: he tenido que consultar programaciones actuales, la que ofrece Kane 3, sin ir más lejos, para conocer lo que se cuece en la radio en materia deportiva. Y descubro que dos de los programas más célebres, maratonianos y futboleros, son herederos de los que, con el mismo nombre, se pusieron en marcha hace más de 50 años. En la SER, Carrusel deportivo , y en Radio Nacional, Tablero deportivo. Todas las emisoras dedican horas y más horas al fútbol los sábados y domingos: Radioestadio, en Onda Cero; Tiempo de juego, en la COPE; La liga viva, en la novísima cadena Punto Radio. Son los reyes del fin de semana. Y el fútbol es su dios. Los decanos son los dos primeros que, además, nacieron a un tiempo, en el año 1952, coincidiendo, ¡no podía ser de otra forma!, con el inicio de la temporada de fútbol.
Por Juana Ginzo
Eran tiempos en los que el deporte, o mejor, el espectáculo deportivo, se movía en un ambiente de exacerbado patriotismo, de una exagerada exaltación nacional en beneficio del régimen franquista. Eso siempre me ha producido dolor de estómago y, así, llegué a odiar al fútbol con todas mis fuerzas. Injustamente. No comprendía, además, que intelectuales de enorme talla fueran tan aficionados al deporte de los 11 pares de botas como se llamó, y así quedó definido para el futuro, una película (Once pares de botas, 1954) dirigida por Rovira Beleta con dos de los más grandes divos de la cancha de todos los tiempos: el argentino Alfredo Di Stefano, ídolo del Real Madrid, y el húngaro Ladislao Kubala, enrolado en el Barça tras huir de su país. Hungría, junto a las naciones del Este, tras la Segunda Guerra Mundial, había quedado bajo influencia soviética y numerosos jugadores de esos países emigraron hacia el Oeste en busca de mejores oportunidades.
El césped de los estadios fue otro escenario de la batalla contra el comunismo, "el enemigo que intentaba dividirnos", según los tópicos de la propaganda franquista. Las hazañas de la selección española, contadas en Radio Nacional por los maestros del género Matías Prats, Enrique Mariñas y Juan Martín Navas producían un efecto de entusiasmo fácilmente manejable políticamente. Y si el gol largamente cantado se metía en la portería de la Unión Soviética o de sus socios, se producía el delirio. Y también contra "la rubia y pérfida Albión" que, además, no nos devolvía Gibraltar. Y contra la libertina Francia que albergaba a la plana mayor de los malos españoles que intrigaban y atentaban contra aquel régimen y aquel general rechoncho que nos hacían tan felices. Y no digamos si el enfrentamiento (el lenguaje futbolístico es un lenguaje de guerra) se producía contra Portugal que, por estar gobernada por otro dictador y ser vecinos homologables, la rivalidad era aún mayor. En fin: un desastre que la radio cantaba en largas tardes de domingo.

Pero todas la monedas tiene dos caras. Conocidos son los escritos y las opiniones de aficionados tan admirados como Javier Marías, Eduardo Galeano o Mario Benedetti, por no remontarnos a Alberti y su hermosa oda al guardameta Platko. Y pienso en cómo disfrutaría hoy Manuel Vázquez Montalbán con los triunfos de su club, el Barça. Aunque no hacen falta argumentos de tanta altura. Los partidos retransmitidos proporcionaban alicientes para el ocio tan difícil de llenar en aquellos años de penuria. Y no eran incompatibles, por supuesto, con inquietudes culturales o políticas, pongo por caso. Un ejemplo. Aunque sé que no es determinante, advierto que es un hecho cierto. Década de los cincuenta, en un barrio obrero de Madrid, casas bajas próximas al chabolismo. Sus habitantes son, en su mayoría, emigrantes. Uno de ellos, andaluz, albañil, escucha con atención las emisiones en onda corta de Radio España Independiente, más conocida popularmente como La Pirenaica, y su discurso antifranquista. Pega el oído al aparato de radio para no delatarse. Masculla frases de asentimiento. Y de vez en cuando, cambia de onda, sube el volumen del receptor y alcanza a oír el gol de su equipo favorito y grita con el locutor el nombre del jugador que "ha perforado las mallas" del equipo contrario. Es decir, el fútbol radiado le ha proporcionado algo de alegría, le ha distraído de sus dificultades por un momento y lo ha hecho compatible con la felicidad que le proporciona insultar a Franco clandestinamente. La radio jugó ese papel en muchos momentos: proporcionó evasión, también alivio, en épocas insoportables.
Política y Carrusel deportivo, una mezcla que no es ninguna tontería. Y allí estaba Vicente Marco, el locutor de voz clara al que yo tanto conocía, dando paso desde el estudio a los campos de juego desde donde se relataba el último gol, el regate del delantero centro, la parada espectacular del portero, la veloz carrera del extremo izquierdo.
Vicente Marco había llegado a la radio, Radio Madrid, al mismo tiempo que yo. Nos habíamos presentado al concurso Tu carrera es la radio y allí nos quedamos. Procedía de Valencia y tenía un pasado republicano y de afición teatral. Su padre, miembro de la corporación municipal, había izado la bandera colorada, amarilla y morada en el balcón del Ayuntamiento aquel día de 1931 en que se proclamó la Segunda República. Y, durante la Guerrra Civil, Vicente se enroló en el Teatro Universitario El Búho que, dirigido por Max Aub, cumplía misiones de teatro combatiente similares a las que realizaban La Barraca de García Lorca y Las Guerrrillas del Teatro de Rafael Alberti y María Teresa León. Tras la guerra llega a Madrid y, conocedor de que la radio busca nuevos valores, se presenta con su novia, luego su mujer, Chelo Azcárate y ambos forman parte de un grupo de actores que hacen carrera en la radio como Pedro Pablo Ayuso, Javier Dastis o yo misma, entre otros. Le recuerdo, por lo menos, una actuación memorable, un Judas al que interpretó con una maldad tan inteligente que recibió más de un insulto de parte de oyentes ingenuos que creían todo lo que decía la radio y confundían al personaje con el intérprete.
Cuando nace Carrusel, se piensa en un locutor que dé paso a las conexiones múltiples que exige ese tipo de programas. Se piensa en Vicente Marco. Eduardo Calderón se hace cargo del complicado mecanismo técnico. Nuestro locutor-actor había comenzado así a convertirse en el mítico periodista deportivo radiofónico que llegaría a ser. La vida de Marco no cabe en este artículo. Tiene, ya lo he dicho, una voz clara y era la ecuanimidad en persona. En un mundo en el que abundan los periodistas forofos, en el que muy pocos se molestan en disimular sus fobias y sus aficiones, él defendía a ultranza la neutralidad informativa. Se colocó en un segundo plano con la llegada, mucho tiempo después, de otras formas de informar más agresivas y espectaculares.
Yo trabajé con él en un programa deportivo (por supuesto), futbolístico (naturalmente) y de humor. ¡Quién lo diría tratándose de mí! No me gustaba ese deporte y además ni siquiera sabía lo que era un balón de reglamento. Se llamaba Margarita Campeonato y se emitía los lunes por la noche, como resumen de la actualidad futbolística del fin de semana, y los viernes, como adelanto de los partidos del sábado y el domingo. Yo, actriz, era Margarita, una señora de campeonato (¿comprenden o no comprenden?) a la que quieren conquistar 16 señores, como 16 equipos quieren conquistar el campeonato de Liga (¿van comprendiendo?). Los señores llevaban nombres tan evidentes como Don Barça, por el Club de Fútbol Barcelona, Don Merengue, por el Real Madrid, Don León, por el Athletic, Don Colchoneta, por el Atlético de Madrid, Don Che, por el Valencia, etc. Todo muy facilón. Aquella cosa era idea de uno de los humoristas más célebres de la radio, Pepe Iglesias, el Zorro, que también la presentaba y fue todo un éxito. Entre otras cosas, porque el guión lo escribía Vicente Marco cuya sombra beneficiosa planea, aunque sus realizadores no lo sepan, sobre los numerosos carruseles que hoy se emiten en la radio española. La sombra de un mito.
Artículo publicado en el número 9 de KANE 3 (junio 2006) / Sección: Historias de la radio
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