
Confieso mi ignorancia: he tenido que consultar programaciones actuales, la que ofrece Kane 3, sin ir más lejos, para conocer lo que se cuece en la radio en materia deportiva. Y descubro que dos de los programas más célebres, maratonianos y futboleros, son herederos de los que, con el mismo nombre, se pusieron en marcha hace más de 50 años. En la SER, Carrusel deportivo , y en Radio Nacional, Tablero deportivo...

Lo confieso: yo llegué a la radio gracias a un concurso. Se llamaba Tu carrera es la radio y fue puesto en marcha por Radio Madrid bajo la dirección de un radiofonista norteamericano, llamado Robert Kieve, con el que llegaron a España algunas de las formas de trabajo de un medio que en Estados Unidos alcanzaba niveles extraordinarios de desarrollo. Transcurría el año 1946, el siguiente al llamado año del hambre...

Aquella buena e ingenua oyente descubrió, por fin, que su esposo no era el hombre de sus sueños. Y lo consultó con la radio. ¿Qué hacer, además de llorar?. Llorar más.

El primer libro que se publicó en España sobre la radio tras la guerra civil se llamó El arte radiofónico. Fue en 1945 y lo había escrito un ciudadano norteamericano llamado Robert S. Kieve, que alternaba su trabajo en la Embajada de Estados Unidos con la poderosa afición radiofónica que desarrolló en los estudios de Radio Madrid donde se estaban construyendo los fundamentos de la radio que estaba a punto de llegar para quedarse...

El Diablo ha vuelto y, con él, todos sus nombres sonoros y terribles: Lucifer, Satán, Luzbel, Satanás, Belcebú. Y el muy literario Mefisto o Mefistófeles. Y una ristra de nombrecillos domésticos, de andar por casa, eufemismos que sirven para señalar al Sin Nombre: diantre, dianche, mengue, demontre. Y patas, pateta y patillas, casi ridículos o según se mire, casi tan tiernos como un dibujo animado...

El 30 de octubre de 1938, Orson Welles escandalizó a los Estados Unidos con su emisión radiofónica de La guerra de los mundos. Era un domingo por la tarde y muchas familias regresaban a sus hogares después del fin de semana. La mayoría sintonizaban el popular show del ventrílocuo Edgar Bergen pero cuando éste pasó el micrófono al engolado cantante Nelson Eddie, millares de oyentes cambiaron de dial hasta dar de bruces con un angustiado locutor que narraba, en directo, el aterrizaje de un platillo volante en una pequeña localidad de Nueva Jersey...

La radio es un medio de expresión. Como el cine. Decía Antonio Calderón que lo más parecido a la radio es el cine. Y Orson Welles afirmaba que la radio está mucho más cerca del cine que del teatro. Las coincidencias entre el español y el estadounidense no terminan aquí. Los dos destacaron la importancia del guión como síntesis de lenguajes propios y exclusivos (el lenguaje radiofónico en un caso, el lenguaje cinematográfico en otro) y en él deben confluir todos los elementos que reflejan las capacidades expresivas de ambos medios...

Querían una radio alejada de la vida. Pero la vida se escapaba por todos los resquicios de la programación. Querían una radio sin sexo. Pero era inevitable que algo tan poderoso surgiera entre las líneas de los guiones mutilados por la censura o, lo que es peor, escritos con el freno de la autocensura. Y cuando eso no ocurría, nos ocupábamos de que así fuera...

Un tormento. La Navidad aun estaba lejos y ya la radio nos ponía en guardia con un torrente de panderetas y voces infantiles. Los villancicos y el frío anunciaban lo inevitable: un tiempo amenizado por alegres locutores que te deseaban felicidad con la mayor de las imprudencias. ¡Como si eso fuera posible! Y llegaba realmente la Nochebuena y estábamos exhaustos de tanta falsa felicidad...

Hace mucho, mucho tiempo, tanto que no me acuerdo del año que corría, se estaba preparando la versión radiofónica de Agua, azucarillos y aguardiente. Mi papel, breve pero lucido, era el de la Pepa, un aguadora que tiene un puesto estable en el Paseo de Recoletos de un castizo Madrid de finales del siglo XIX. Y tenía que cantar aquello que decía:
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