
Hubo un tiempo en el que, para las clases humildes, la radio lo era todo: ventana al mundo exterior, libro de consejos y recetas, hilo musical, dispensador de entretenimiento y fantasía, permanente ambiente sonoro del hogar... amén de una especie de catalizador de sueños (y, por supuesto, de frustraciones) entre los que no podía faltar el de hacerse rico de golpe o, cuando menos, salir del inmediato apuro monetario...

Sólo podía ocurrir en la radio. El río tenía voz y nos contaba un largo viaje. Se iniciaba en la alta sierra desde donde, como un torrente, se lanzaba entre rocas, saltos y cascadas, hacia los valles donde se remansaba y, finalmente, al intuir la cercanía del mar, se abría en seis brazos como resistiéndose a la desembocadura. A la muerte. La Sinfonía del nuevo mundo arropaba la voz del río...
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