Aquella buena e ingenua oyente descubrió, por fin, que su esposo no era el hombre de sus sueños. Y lo consultó con la radio. ¿Qué hacer, además de llorar?. Llorar más.
―Querida amiga: necesita usted llorar más para darse cuenta de que no es buena como cree... Yo sí sé lo que será de usted si no domina su histerismo. Acabará en un sanatorio mental, separada y odiada por su familiares.
Por Juana Ginzo

El más famoso consultorio sentimental de la radio no dudaba en llamar locas y predecir un futuro negrísimo a las mujeres que se permitían un solo pensamiento de fuga de aquel matrimonio sin fisuras y agobiante que el nacionalcatolicismo proponía como gran baluarte de la sociedad construida (¿será mejor decir destruida?) por el franquismo. El Consultorio de Elena Francis, nació en 1948 en Radio Barcelona donde se emitió durante 19 años. De allí saltó a otras emisoras y permaneció en antena hasta 1984, nada menos. Paralelamente, se publicaba en la revista Ondas, portavoz impreso de la Cadena SER, una sección con el nombre de Consultorio general para la mujer, también patrocinado por los productos de belleza Elena Francis. En uno de sus números la tal Francis respondía a una joven que consultaba su desesperado caso:
― ¡Ay, qué mal la veo, querida amiguita! Pues a pesar de cuanto hagan y digan sus padres, cada día está usted más enamorada de su novio...
Esta respuesta a una joven cuyos padres no admitían a su novio puede parecer hoy sorprendente y hasta increíble. Y, sin embargo, así eran las cosas: la autoridad paterna por encima de todo y también aguantar en casa con un marido al que no quieres pero que representa el poder necesario para mantener firme la sagrada institución de la familia. Estos consultorios femeninos y no feministas, término aborrecido en ellos, estaban por lo general escritos por hombres. Y es que las mujeres teníamos escasas oportunidades para hablar de nosotras mismas.
El amor en la radio y en épocas pasadas: la mujer como reposo del guerrero, mujer-esposa y madre y poco más. Y lo que había de más era muy malo. Amor romántico, entendido como un sucedáneo del verdadero romanticismo que puede ser extremo, rupturista y revolucionario. Por el contrario, amor rosa, blandengue y reaccionario.
El esquema de las novelas de la radio era siempre el mismo, un trío de personajes en torno al cual se desarrollaba la trama, a menudo descabellada, y que podemos llamar con los nombres de la Virtuosa, la Mala y el Ingenuo. La Virtuosa era la esposa víctima que encomendaba a Dios la solución de los problemas que le causaba la Mala y sólo ella. Ésta era guapísima, seductora y sin escrúpulos que robaba a aquella el esposo Ingenuo quien, llevado por el pecado de la lujuria y solo por la lujuria, traicionaba a la dignísima madre de sus hijos. No existía ningún análisis de los problemas que vivían los personajes que eran, de una pieza, santos o demonios. Ningún gesto de ternura hacia los demonios. Ni un gramo de grandeza para las malas. En cuanto al Ingenuo, dosis de desesperación por su horrible pecado. No se le concedía ningún momento de placer y mucho menos físico, ¡faltaría más!, sino una vida en el Infierno hasta su arrepentimiento final. Ése era el mensaje que recibían miles y miles de españolas de aquella época. Madres y esposas perfectas. Las otras eran mujeres de la vida que hacían algo tan despreciable como querer apropiarse del hombre que no era suyo. Amor posesivo. La sumisa señora acogía finalmente al arrepentido marido y aquí paz y después gloria. Así eran los seriales.

Una aclaración: me estoy refiriendo a los melodramas radiofónicos de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo que, con endebles historias, provocaban fáciles lágrimas y servían de vehículo a pasiones desmadradas y falsas. Eran esquemáticos, planos y estaban protagonizados por seres insustanciales, primarios, sin matices pero que, manejados por guionistas expertos, despertaban un gran interés y se instalaban en las mentes de las gentes sencillas incapaces de defenderse de aquellas riadas de sentimentalismo que vaciaba las calles a la hora de la emisión. Millones de personas se congregaban entonces alrededor del aparato de radio para no perderse el capítulo del día. Además, los seriales servían para la difusión de una moral que nacía en las más negras cavernas del franquismo. Me refiero a estas obras radiofónicas y no a otras que, aunque tenían más valor, no recibían tanto eco popular.
Hablaré sólo de mí. En 1953, en una de las 1.000 historias que aparecen en Lo que no muere, de Sautier Casaseca, interpreté a Marcela, una joven y perversa comunista que es redimida por el amor que siente hacia el protagonista, un militar franquista. Muere después de 1.000 peripecias luchando al lado de los buenos, es decir, de los delincuentes que se levantaron en armas contra el gobierno republicano legalmente constituido. Muere sin ser correspondida como justo castigo a su pasado de roja redomada. Es decir, lo malos van al Infierno, sobre todo si son de izquierdas, o se mueren arrepentidos.
Y en 1959 fui Rosa en el serial de los seriales, Ama Rosa, también de Sautier, el rey del serial. Esta mujer era una sufrida y cristiana madre que va a morir de su primer parto. Es muy pobre y está sola en el mundo. Al saber que se muere, propone algo milagroso al médico que le atiende: dar a su hijo, vivo y sano, al matrimonio que acaba de perder al suyo. Será un secreto entre Rosa, el médico y el marido de la mujer que acaba de dar a luz a un bebé muerto. Ésta no debe saber la verdad. Rosa no muere pero deberá olvidar al niño nacido de sus entrañas que recibirá a cambio todo lo que ella no puede darle: carrera, dinero, posición. En una pirueta increíble, la madre sufridora se convierte en la criada de su hijo, ahora un joven malvado, rico y ambicioso que le hace la vida imposible. Ella lo soporta todo con gran resignación y guarda silencio. Pero el amor de madre triunfa y, ¡más milagros!, al final se conoce la verdad y los buenos triunfan y los malos se convierten en buenos y los que persisten en su maldad son castigados.

La propuesta es muy sencilla. En el amor de madre, el más grande, se concentran todos los amores. Los permitidos por la censura, naturalmente. El homosexual no era amor, era una aberración, como siguen pensando algunos que aún permanecen anclados en el pasado. Y de sexo, poco, la verdad, porque las parejas (hombre y mujer, claro) eran castas hasta que las unía el santo matrimonio con cura y por la Iglesia. Amor blanco, virginal, sin conocimiento carnal.
Existe un rico anecdotario a propósito de este asunto. José Mallorquí, un escritor importante, con talento e imaginación para crear historias, sorteaba como podía las limitaciones que los censores imponían. Como hacían todos. O mejor dicho, casi todos. Un día me explicó lo que quería de mí en una escena que nos disponíamos a grabar. >―Tienes que invitar a café a un hombre que te gusta. He escrito café porque no es tan sospechoso como una copa de licor. Ahora bien, tienes que decirlo de tal manera que se entienda que quieres acostarte con ese hombre. El guión, cierto, había pasado censura sin levantar sospechas. Pero a la hora de grabar utilicé mi voz más sugerente aderezada con los tonos más turbios de que fui capaz para, modestia aparte, intentar fundir los plomos del deseo. Y de esa manera dije tan corta frase.>―¿Tomamos un café? - Y eché paletadas de azúcar al pronunciarla. Sin embargo, el censor de turno oyó aquel capítulo, como era su obligación. Y se molestó mucho. No fueron capaces de adivinar previamente, en el guión, la intención que podíamos poner en una simple taza de café. La recomendación llegó puntual. ―Así no se invita a café. Que no vuelva a ocurrir y que se advierta a la actriz y al director.Y fuimos advertidos, una vez más. Hasta la próxima. Estoy segura de que estos hechos no deben ser admitidos como simples anécdotas sino como serios síntomas de lo que ocurría entonces. Sólo desde ese punto de partida podemos volver a recorrer el camino del pasado para permitirnos una sonrisa. Y alegrarnos de que la radio o por lo menos algunas radios, fueran barriendo de sus emisiones, con el tiempo, tamaños despropósitos. Tan desesperante consideración del amor.
Artículo publicado en el número 5 de KANE 3 (febrero 2006) / Sección: Historias de la radio.
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