El Diablo en la radio: Un personaje secundario - radio | Kane 3

El Diablo en la radio: Un personaje secundario

El Diablo ha vuelto y, con él, todos sus nombres sonoros y terribles: Lucifer, Satán, Luzbel, Satanás, Belcebú. Y el muy literario Mefisto o Mefistófeles. Y una ristra de nombrecillos domésticos, de andar por casa, eufemismos que sirven para señalar al Sin Nombre: diantre, dianche, mengue, demontre. Y patas, pateta y patillas, casi ridículos o según se mire, casi tan tiernos como un dibujo animado. A mí me recuerdan a Bambi, el empalagoso cervatillo de Disney. Y vuelve porque también lo hace Dios, del que es el reverso, y los fundamentalismos religiosos de todo signo, en Oriente y en Occidente, que le utilizan para hacernos la pascua. El bien y el mal. Los ejes del mal y del bien comprometidos en una guerra que se renueva con fuerza y no cesa. La radio nos da indicios todos los días en los informativos de la existencia del Malo y le pone rostro y vemos que sirve para nombrar a una legión de demonios que actúa en todos los bandos. Los descreídos tenemos un arma para combatirle: la razón contra las guerras santas que, en realidad, son diabólicas. Y contra las preventivas, que también lo son.

Por Juana Ginzo

Fausto, disponible en DVD
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Al margen de esas consideraciones, el Demonio es un tipo que no ha encontrado en la radio su personaje definitivo. Ya me hubiera gustado a mí toparme con él y darle vida. He interpretado a prójimas con un considerable grado de perversión y maldad y seguramente cercanos a la consideración de diabólicas, pero no al mismo Diablo. O Diablesa, en este caso. El malo y la mala tienen una gran tradición en los dramáticos radiofónicos que se precien, aparecen en todos los seriales, pero no es lo mismo. Naturalmente no hablo de las adaptaciones de obras procedentes de la literatura o de las historias que contaban obligatoriamente la vida de Cristo cada Semana Santa y en las que aparecía Satanás como un mal personaje secundario, un bobo que tienta inútilmente a Jesús. También recuerdo, por ejemplo, un Fausto, adaptación del drama de Goethe para el histórico espacio semanal Teatro del Aire, que se emitió en la SER los domingos por la noche durante muchos años. Mefistófeles tiene aquí un cierto protagonismo pero yo lo veo como un buenazo que le ofrece a Fausto permanecer eternamente joven y con Margarita para él solito, a cambio de una firmita de nada.

No ha habido en la radio un Ángel de las tinieblas a punto de llegar a este mundo como ocurría en la película La semilla del Diablo con todo el terror que Polanski supo poner en los pasillos y apartamentos del edificio Dakota de Nueva York, por donde deambulaban Mia Farrow y John Cassavetes, el edificio ante el cual, años más tarde, fue asesinado John Lennon. Tampoco una posesión diabólica como la que nos cuenta otro filme, El exorcista, en el que William Friedkin apabulla con efectos especiales al mismísimo actor bergmaniano Max Von Sydow. Y sin embargo, el olor de los Infiernos se ha desprendido de la programación de las emisoras en más de una ocasión. Era cosa de religión.

Fausto (Murnau, 1926) Divisa Home Video
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Hubo una época en que las calderas de Pedro Botero funcionaban a pleno rendimiento. Allí iban a parar las almas de los rojos, a los que se les llegó a identificar con unos seres a los que, sospechosamente, se les describía con cuernos, rabo y pezuñas en los pies. También las mujeres infieles, los jóvenes disolutos y hasta los que bailaban agarrado. Esto último no es broma: los que quieran investigar podrán encontrarse con un anuncio en el que aparecen un diablo y una diablesa bailando agarrados a una chica y un chico, respectivamente. El texto advierte del peligro al que se exponen en ese tipo de diversión: "BAILES MODERNOS. JOVEN... DIVIÉRTETE DE OTRA MANERA". Y la Iglesia católica publicaba boletines que condenaban como cosa del Demonio lo que llamaba "bailes modernos". Eran años en que cada emisora tenía un cura o más en su nómina y en los programas que realizaban, aunque no se hablara de él, planeaba el olor nauseabundo del azufre que rezumaba el profundo e incandescente Averno. El más famoso de todos ellos fue, sin duda, Venancio Marcos, "el padre Venancio Marcos", como se le conocía popularmente. Fue el precursor. Se definió a sí mismo como una persona de extrema derecha, "absoluta y totalmente de extrema derecha", dijo textualmente, y puso en la antena de la Cadena SER, año 1945, un espacio titulado Charlas de orientación religiosa. Con la técnica del consultorio, respondía a las cartas que le llegaban de los oyentes. La familia, la educación, la moral desde el punto de vista del nacionalcatolicismo agobiante y represor eran temas habituales. Pero poco a poco, el guión se fue haciendo más complejo, introdujo miniespacios dramáticos para ilustrar el asunto que quería desarrollar y el programa llegó a hacerse cara al público con el sacerdote de oficiante en plan estrella.

Marcos abrió el camino para que otros sacerdotes en otras radios se adueñaran de importantes tramos horarios de la programación. La afición se hizo obligación y, en 1953, el dictador firmó con la Santa Sede un Concordato que exigía al Gobierno franquista una presencia obligatoria en los medios de comunicación y, por tanto, en la radio. La Iglesia pedía que el Estado diera en esos medios "el conveniente puesto a la exposición y defensa de la verdad religiosa" que era la católica, naturalmente. Pedía, y obtuvo, más cosas. Por ejemplo y nada menos, que fueran retirados los libros que no se ajustaran a los principios del dogma y la moral. El caso es que, a partir de entonces, la presencia de los curas en las emisoras de radio fue una obligación que se desprendía de un tratado internacional. Por cierto: ¿No estaría el Demonio en el lado equivocado?

Un personaje secundario. Lo recuerdo estrafalario y risible en un sainete del gran Antonio Calderón que llevamos al teatro en los años sesenta del siglo pasado, cuando nos embarcábamos con la compañía de actores de Radio Madrid en unas giras teatrales que obtenían un enorme éxito, algo que nunca dejó de sorprenderme. La obra se llamaba Paco y el Diablo y éste era Julio Montijano que debía salir a escena "con rabo, cuernos y cara de ruso", según las insólitas instrucciones del autor. Julio, como Mefisto, convierte a Paco ―un pobre oficinista frustrado, interpretado por Pedro Pablo Ayuso― en un tiburón de los negocios a cambio de su alma. Como en Fausto, vamos. Yo era la secretaria de Paco, "una mujer atrevida", decía la acotación, por lo que tuve que salir luciendo piernas y bailando el hula-hoop para bambolear las caderas. ¡Qué cosas! En fín, el Diablejo fracasa en su misión y aquí paz y después gloria. (¿No suena este argumento a esa película de muchos años después en que un inquietante y demoníaco Al Pacino pretende la condenación eterna del ambicioso abogado Keanu Reeves?).

Lo dicho: ¡qué gran personaje se ha perdido la radio! Y así, nuestro hombre se refugió en programas de esoterismo que ocupan horario de madrugada, cuando las sombras y el insomnio aumentan nuestros propios miedos, compartiendo historias de aparecidos y hechos insólitos que se pretenden inexplicables. No soy yo aficionada a ellos. Y sin embargo, me gusta el cine de terror y siento una atracción irresistible hacia ese género y no rechazo una buena peli de miedo. Y si es mala, tampoco. En realidad, el Diablo no me cae mal. Lo veo como un animalito y no me asusta su piel peluda, ni su rabo, ni sus cuernos. También lo imagino como un monstruito. Y me ocurre lo que a Tim Burton: me encantan los monstruos. Me encantan King Kong, Frankestein, Godzila y las imposibles criaturas japonesas. Por supuesto, me enamoré en su día de Eduardo Manostijeras.

Queda claro que sé poco del Diablo. Pero sí sé que fue un ángel que se rebeló contra su creador. Un rebelde. Y a mí me gustan los rebeldes. Tanto como los monstruos. ¿Y por qué su creador le hizo rebelde? ¿Para convertirle luego en un ser marginal? Me gustan los marginales, los otros, los que son rechazados por diferentes. Habrá que revisar a estos personajes y dotarles de su verdadera dimensión. Aunque, esto, claro, ya nada tiene que ver con la radio.

Artículo publicado en el número 6 de KANE 3 (marzo 2006) / Sección: Historias de la radio.

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