El micrófono y la cámara: Orson Welles y la radio - radio | Kane 3

El micrófono y la cámara: Orson Welles y la radio

El 30 de octubre de 1938, Orson Welles escandalizó a los Estados Unidos con su emisión radiofónica de La guerra de los mundos. Era un domingo por la tarde y muchas familias regresaban a sus hogares después del fin de semana. La mayoría sintonizaban el popular show del ventrílocuo Edgar Bergen pero cuando éste pasó el micrófono al engolado cantante Nelson Eddie, millares de oyentes cambiaron de dial hasta dar de bruces con un angustiado locutor que narraba, en directo, el aterrizaje de un platillo volante en una pequeña localidad de Nueva Jersey. Poco después, el aparato se abría y de él salía un monstruo viscoso que, procedente de Marte, liquidaba de un plumazo todas las unidades del ejército que le hacían frente. No hizo falta oír nada más. Sensibilizados por los afanes expansivos que ya se hacían palpables en la Europa de los totalitarismos, los oyentes creyeron a pies juntillas la veracidad del relato y provocaron el caos. Algunos huyeron precipitadamente de sus hogares, otros se armaron con lo que tenían a su alcance. También hubo accidentes o ataques de pánico y de nada sirvió que, algunos minutos más tarde, Welles anunciase que se trataba de una adaptación de la novela de H.G. Wells que él mismo había seleccionado para conmemorar la noche de Halloween. La inocentada podía haberle costado cara, pero el contrato que tenía con la CBS le eximía de cualquier responsabilidad y, en lugar de ir a la cárcel, fue Hollywood quien lo llamó.

Por Esteve Riambau

Diversas circunstancias concurrieron para que esta emisión se convirtiera en un fenómeno sociológico pero su gestación no había sido fruto del azar. Antes de dirigir Ciudadano Kane, con apenas veinticinco años, Welles ya era una estrella del teatro y también de la radio, el medio en el que forjó su personalidad artística mediante diversos recursos dramáticos perfectamente entramados con los escenarios y la pantalla. Un repaso a la programación de la misma temporada del Mercury Theatre on the Air en la que se emitió La guerra de los mundos ofrece una idea muy clara de esas fecundas correspondencias. Julius Caesar, el primero de esos programas revisitaba la adaptación de la obra de Shakespeare que, un par de años antes, Welles ya había llevado al teatro. Recíprocamente, su montaje escénico de Dr. Faustus, otra pieza isabelina, jugaba con la reverberación de las voces gracias a la disposición de altavoces en distintos puntos de la platea. Las comparaciones podrían ser mucho más extensas pero, en cualquier caso, no es difícil ver en esos programas de radio un ensayo general para futuras actividades en otros medios. Jane Eyre, según la novela de Charlotte Brontë, sería su primer papel cinematográfico en una película no dirigida por él. Sherlock Holmes permitiría que el célebre detective de Conan Doyle regresara a las ondas en los años cincuenta. Seventeen y Clarence son sendos relatos de Booth Tarkington, el autor de El cuarto mandamiento, sucesivamente llevado a la radio y al cine. La vuelta al mundo en ochenta días tendría su versión teatral con interludios musicales de Cole Porter y El corazón de las tinieblas estuvo a punto de ser el primer film dirigido por Welles en Hollywood. Ciudadano Kane lo desplazó pero, años más tarde, Francis Coppola lo convirtió en Apocalypse Now.

Un artista promiscuo

La promiscuidad entre la radio y los restantes medios en los que Welles trabajó no sólo fue temática. La primera temporada del Mercury Theatre on the Air, emitida entre julio y septiembre de 1938, llevaba por subtítulo First Person Singular. Ese era, efectivamente, el recurso dramático que utilizaba Welles para desdoblar su interpretación entre el narrador y uno de los personajes de no menos célebres adaptaciones literarias. Las emisiones de Drácula y La isla del tesoro son, en este sentido, ejemplares. En la primera interpreta al Dr. Seward y al Conde Drácula, con una inquietante voz metalizada, al mismo tiempo que aprovecha la estructura epistolar de la novela de Bram Stoker para jugar con un efecto distanciador que se repite en su versión de la novela de Robert L. Stevenson. No es difícil deducir que ahí interpretaba al pirata John Silver, al cual daría vida en una posterior interpretación cinematográfica. El montaje paralelo, utilizado en Historia de dos ciudades o el flash back de la versión radiofónica de 39 escalones son otros recursos cinematográficos que el futuro realizador experimenta previamente en la radio.

Ricos en contenido y en efectos sonoros, estos programas contaban además con partituras de Bernard Herrmann -compositor de Ciudadano Kane y de algunos de los mejores films de Alfred Hitchcock-, configurando así una textura sonora particularmente rica, casi tanto como la que se aprecia en la mayoría de los films de Welles. El futuro cineasta había ido modelando esos recursos desde su más tierna edad. Apenas adolescente, mientras estudiaba en la progresista Todd School empuñaba un micrófono para entretener a sus compañeros durante las horas de la comida. Poco después, con apenas veinte años, ya debutaba profesionalmente en las emisiones de March of Time. Noticias de actualidad dramatizadas con la ayuda de actores, estos programas incentivaban la impostación de la voz para imitar a diversos personajes célebres. Haile Selassie, el mariscal Hindenburg o el mismísimo general Franco fueron algunas de las personalidades a las que Welles prestó su voz, tal como después haría en el doblaje de algunos actores de sus films que ya no estaban disponibles cuando él los requería. En el inacabado Don Quijote, por ejemplo, él mismo doblaba al hidalgo manchego con un perfecto acento británico mientras ponía en boca de Sancho Panza un rudo acento norteamericano.

Agnes Moorehead, Everett Sloane o Paul Stewart fueron algunos de los actores que Welles reclutó en March of Time y mantuvo en antena en otros programas hasta que, llegado el momento, se los llevó a Hollywood. Su presencia en los platós no impidió, sin embargo, que este artista multimediático siguiera trabajando en la radio. Durante sus primeros tanteos con el cine dividía la semana laboral entre Hollywood y Nueva York para ahí grabar los programas de una nueva serie dramática que, patrocinada por las sopas Campbell -las mismas que después inmortalizaría Andy Warhol-, volvía a nutrirse semanalmente de la biblioteca de clásicos de la literatura universal que Welles manejaba con soltura. Una versión de Rebecca con la presencia de Agnes Moorehead en el reparto aumenta los paralelismos entre Welles y Hitchcock, siempre con la anticipación del primero. Charles Dickens (Cuento de Navidad), Ernest Hemingway (Adiós a las armas), -con quien colaboraría en la locución del documental Tierra de España-, Dashiell Hammett (La llave de cristal), George du Maurier (Peter Ibbetson), Alexandre Dumas (El conde de Montecristo) o el citado Booth Tarkington, con The Magnificent Ambersons, figuran entre los más destacados autores adaptados. Es curioso destacar que, a diferencia de la versión cinematográfica, Welles sí se atrevió a interpretar ante los micrófonos al insolente George Minafer Amberson, con el que guardaba numerosos paralelismos biográficos.

Tras el estreno de Ciudadano Kane, la presencia de Welles en antena no fue tan frecuente aunque sí igualmente destacada. Asiduo invitado de programas estelares, tampoco desperdició el patrocinio de los cosméticos Lady Esther para mantenerse semanalmente en antena desde septiembre de 1941 hasta febrero del año siguiente con la adaptación de nuevos clásicos. Durante ese período, el ataque japonés contra la flota norteamericana anclada en Pearl Harbor y la entrada de Estados Unidos en la segunda guerra mundial modificó, sin embargo, el tono de los medios de comunicación. Algunos cineastas, como Frank Capra, John Ford o John Huston, se vistieron de uniforme para ir a filmar en diversos frentes. Welles se quedó en la retaguardia y utilizó el micrófono como arma con la misma vehemencia que, unos años antes, lo había hecho en apoyo de la República española.

Defensa de la democracia

Activo en la defensa de la democracia, Welles reorientó sus apariciones en la radio con una clara voluntad política. Quizá influido por el buen recuerdo de esa España que había descubierto en 1933 y que ahora le estaba vetado pisar, durante los años cuarenta dedicó una especial atención a América Latina. En su vida privada se manifestó mediante su matrimonio con Rita Hayworth, hija de padres españoles. En cine tuvo su reflejo en el frustrado documental It’s All True, parcialmente rodado en Brasil y México. Y en la radio, a partir de 1942, se canalizó a través de su interpretación de Benito Juárez en la emisión Thunder from the Hills, con guión de Arthur Miller, o con la serie Hello Americans, cuyos capítulos estaban centrados en diversas regiones latinoamericanas. Paralelamente, Ceiling Unlimited era una emisión de contenido eminentemente bélico y, en 1943, editó un programa titulado Nazi Eyes in Canada. No por casualidad, su película The Stranger advertiría, tres años más tarde, de los peligros de la infiltración nazi en América.

Durante el primer trimestre de 1945 dio una nueva vuelta de tuerca a su biblioteca adaptada a la radio con la serie titulada This is my Best y aquel verano resucitó el Mercury Theatre on the Air con nuevas versiones de La vuelta al mundo en ochenta días, El conde de Montecristo o Jane Eyre, pero también anticipó un mayor interés por otros títulos. Un relato de Ring Lardner, The Golden Honeymoon, fue filmado en primer plano mientras lo recitaba en la recta final de su carrera. Algo parecido hizo con Moby Dick después de haber escrito una obra teatral que jugaba dramáticamente con los ensayos de la adaptación de la novela de Melville Y King Lear, de nuevo Shakespeare, fue otro de los grandes proyectos que siempre acarició. Posteriormente lo interpretó en teatro y en una emisión televisiva dirigida por Peter Brook pero murió sin hacer realidad su sueño de llevarlo a la pantalla bajo un más que evidente perfil autobiográfico.

Acabada la guerra, no mitigó su espíritu combativo y, a partir de julio de 1946, utilizó su espacio Orson Welles Commentaries para asumir la defensa de Isaac Woodard Jr., un veterano de guerra negro condecorado por su valor en el frente. A su regreso, tras un altercado con un conductor de autobús, fue brutalmente golpeado por la policía hasta dejarlo ciego y Welles no dudó en utilizar el micrófono para desenmascarar al agresor. Una vez más, recurrió a la dramatización de la noticia y él mismo interpretó al anónimo personaje que persigue implacablemente al policía. Los programas provocaron grandes controversias y se prolongaron durante cinco semanas, hasta que el Ministerio de Justicia hizo público el nombre del culpable. Welles se sintió satisfecho pero no pasaría mucho tiempo hasta que la ABC le comunicó la cancelación del programa cuando apenas faltaban unos meses para que diese comienzo la "caza de brujas".

El exilio profesional en Europa no apartó a Welles de los micrófonos. Un par de años después de su éxito como actor en El tercer hombre, en 1951 resucitó el personaje del turbio traficante de penicilina adulterada para convertirle en el protagonista de una serie emitida por la BBC con el título The Adventures of Harry Lime. Uno de sus episodios, el titulado Man of Mistery, tiene como protagonista a un poderoso magnate que encarga una investigación para borrar las huellas de su pasado delictivo. Su nombre es Gregory Arkadin y, unos meses más tarde, saltaría de los micrófonos a la pantalla como protagonista de Mr. Arkadin, un film que Welles rodó en España, Francia y Alemania.

The Black Museum, otra serie de intriga para la BBC, y un episodio sobre Sherlock Holmes en el que compartía el reparto con Ralph Richardson y John Gielgud pusieron fin a una carrera radiofónica que, desde mediados de los cincuenta, sustituyó por la televisión. No en vano se trataba de otro soporte que le permitía relatar historias como los charlatanes de los zocos árabes lo hacían a cambio de unas monedas. El cine fue, en apariencia, un arte mayor pero no hay que olvidar que, en los créditos finales de The Magnificent Ambersons, a todos los actores se les identifica con su imagen. Welles, en cambio, en la única película en la que no aparece como actor, sustituyó su rostro por el de un micrófono mientras su voz proclama: "Mi nombre es Orson Welles".

Artículo publicado en el número 1 de KANE 3 (octubre 2005)

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