La nínfula de Verona - radio | Kane 3

La nínfula de Verona

Querían una radio alejada de la vida. Pero la vida se escapaba por todos los resquicios de la programación. Querían una radio sin sexo. Pero era inevitable que algo tan poderoso surgiera entre las líneas de los guiones mutilados por la censura o, lo que es peor, escritos con el freno de la autocensura. Y cuando eso no ocurría, nos ocupábamos de que así fuera. Yo hice una Julieta devorada, perturbada, por la pasión. Como si no fuera virgen. O en todo caso, pensando que el personaje creado por don Guillermo, enamorada y, por lo tanto, nada cuerda, loca por Romeo, quiso acostarse con él nada más verle. Un flechazo que perturba las entendederas, que eso es el enamoramiento.

Por Juana Ginzo

Escena del balcón. Julieta debe decir: "Tú sabes que el velo de la noche cubre mi rostro. Si así no fuera, un rubor virginal verías teñir mis mejillas por lo que me oíste pronunciar esta noche", etc. El director y yo estuvimos de acuerdo: su voz debía elevarse desde lo más profundo del deseo. Y no diré, aunque lo insinúe con mi negativa, cuál era la parte del cuerpo de Julieta desde donde el director creía que debía elevarse su voz. Así fue cómo utilicé los tonos más oscuros y atrayentes de que fui capaz para hacerle comprender a Romeo que, como él mismo, su Julieta padecía esa clase de enfermedad que se podía curar, aquella misma noche, entre las sábanas. Lejos de la gazmoñería y la inocencia infantiloide con que se solía representar al personaje. Y no creímos traicionar al autor. El caso es que el censor de turno, al oír todo aquello, debió imaginarse a una nínfula lasciva a la que poco le importaba el rubor, la noche y la virginidad. La virginidad, menos que nada. Y que tenía otras necesidades más carnales. Aquella debió de ser una de aquellas ocasiones en que el censor protestaba enérgicamente "no por lo que se decía sino por cómo se decía", según la expresión al uso. Y que no se volviera a repetir.

Romeo y Julieta (Ford Madox Brown, 1869-1870)
Romeo y Julieta (Ford Madox Brown, 1869-1870)

Así íbamos trampeando las dificultades. Y es que estoy hablando de una época en la que el sexo no existía. O mejor dicho, se ocultaba. Las heroínas de las radionovelas eran vírgenes, las pobres. Las relaciones sexuales ni se citaban, y los hijos parecían venir por obra del Espíritu Santo. El nacionalcatolicismo imponía su moral y una imagen degradante de la mujer: ser inmaculada, cuyo destino más sublime era únicamente llegar a ser esposa y madre. Las que no se adaptaban a este perfil eran las malas del serial, perversas, prostitutas muy frecuentemente y siempre ambiciosas, seductoras, demoníacas embaucadoras de hombres. Pecadoras. Y, como tales, con un final desgraciado: la muerte, muchas veces violenta, y desde luego el Infierno a donde van las almas depravadas. Era un placer interpretarlas porque ofrecían más asideros dramáticos para una actriz y porque, en alguna ocasión, fue posible dotar a sus palabras de un tono de rebeldía no siempre detectado por los oyentes porque la mala competía con un monumento de aburrida bondad, la buena del serial. Argumentos rocambolescos adobados con una pizca de intriga y paletadas de sentimentalismo y el triunfo final del amor. Sin sexo, eso sí. Sin ni siquiera un beso en la boca porque la censura no lo permitía.

A decir verdad, la censura intentaba borrar todo indicio que encaminara al pensamiento hacia tan placentera ocupación. Y, a veces, se producían situaciones ridículas. Matilde Conesa, la conocida y buenísima actriz de radio y doblaje, me contó que, interpretando a una mujer andaluza en una pieza de los graciosos hermanos Quintero, le tacharon la palabra poyetón ("Voy a sentarme en el poyetón", decía el diálogo) porque los funcionarios del lápiz rojo relacionaron la dichosa palabra, que significa lo mismo que poyo, poyete o banco de piedra o albañilería, con otra que hace referencia al órgano sexual masculino. Tampoco sabían que "sentarse en el poyetón" es lo mismo que quedarse soltera, según la expresión que recoge el diccionario de la Academia. Ignorantes y ridículos.

Todos hemos vivido sucesos de ese tipo que ahora nos parecen cómicos pero van más allá de la pura anécdota. En realidad hablan de un régimen que quería tachar la vida y sacaba la pistola ante la palabra cultura. En aquel tiempo de Maricastaña me quedé con las ganas de hacer un consultorio o programa como los que hoy son tan habituales, para explicar lo que escribía por entonces y, por cierto, tampoco pudo publicar hasta muchos años después, el admirado doctor Serrano Vicens. En su obra fundamental La sexulidad femenina. Este gran científico viene a decir que el placer sexual aparece de forma natural y su represión es antinatural y traumática para el cuerpo y para la mente. Y considerarlo desde un punto de vista utilitario, ligarlo exclusivamente a la reproducción es propio de ideologías perversas.

Por suerte, la radio sobrevivió a la perversidad. Y el sexo, no digamos.

Artículo publicado en el número 11 de KANE 3 (septiembre - octubre) / Sección: Historias de la radio.

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