Un tormento. La Navidad aun estaba lejos y ya la radio nos ponía en guardia con un torrente de panderetas y voces infantiles. Los villancicos y el frío anunciaban lo inevitable: un tiempo amenizado por alegres locutores que te deseaban felicidad con la mayor de las imprudencias. ¡Como si eso fuera posible! Y llegaba realmente la Nochebuena y estábamos exhaustos de tanta falsa felicidad. Y siempre era la misma y forzada canción: vamos todos a Belén que ha nacido el niño Dios. El aparato de radio nacarado con teclas que servían para cambiar de frecuencia y mandos circulares que giraban suavemente para desplazarte por el dial te permitía también licencias navideñas populares acompañadas de zambomba y pandereta: anda, anda, anda, la Marimorena.
Por Juana Ginzo

De la radio aprendimos a conocer la gravedad sonora de Bing Crosby cantando a la Blanca Navidad. Y en plan culto, algún experto nos enseñó que la más famosa de las canciones de ese tiempo era Noche de paz o Still Nacht que se oyó por primera vez en 1818 en la capilla de una pequeña aldea austriaca cercana a Salzburgo. Y Frank Sinatra surgía del altavoz una y otra vez con su estilo de crooner americano, según se esforzaba en explicarnos el entendido locutor, para ilustrar tanta cultureta. Sin embargo el agobio nos venía dado por folklóricas y aflamencados que se atrevían con aquellas músicas con osadía.
En fin, en aquellos días de larga posguerra, de mesa camilla y brasero, en los que la radio era reina, los villancicos se colaban en nuestras casas hasta agotarnos. Era un espejismo. Aquella profusión de luces de colores que adornaban la calle principal de las ciudades no lograba ocultar la cara triste de barrios tristes y apagados. Pero la radio hacía su papel y nos empujaba a anhelar una vida más amable. Las ondas eran, además, implacables para hacernos ver las barreras que nos separaban en clases. Los villancicos llegaban acompañados de la publicidad. Radio y publicidad son la cara de la misma moneda. No existe una sin que exista la otra. El que quería reflexionar entre cuña y cuña podría llegar a la conclusión de que había cosas que unos podían comprar y otros no.

En la radio de entonces se emitía un programa que llevaba el nombre de una muñeca famosa, Mariquita Perez, y los mensajes para incitar a su compra se redoblaban en Navidad. Pero, claro, Mariquita Perez, costaba 100 pesetas, un precio que estaba fuera del alcance de la mayoría de las familias. El salario medio estaba en las 10 pesetas diarias. Había que conformarse con la proletaria y no menos famosa Pepona que costaba 5 pesetas. Pero a lo que iba: los niños podían oír a Mariquita en su programa de radio (la voz la ponía una actriz que hacía de niña) y la pedían en sus cartas a los Reyes Magos. La Pepona no tuvo actriz que la interpretara. Con todo, no hubo sonido más radiofónico y navideño que el de los Niños de San Ildefonso y su cansina cantinela recitando los números de la lotería de Navidad. Algo que aún perdura en nuestros días.
Mi radio preferida de entonces era la que nos contaba la misma historia cada año. El cuadro de actores de la emisora en que yo trabajaba se esforzaba para aportar credibilidad al cuento protagonizado por un pobre matrimonio (ella se llamaba María y él llevaba por nombre José) que montados en burro viajaban a una ciudad que les rechazaba y les obligaba a refugiarse en un establo donde la mujer paría y un niño nacía arropado por el único calor que desprendían el jumento y una vaca. La radio: María podía ser Matilde Conesa, la voz de José era la voz de Pedro Pablo Ayuso y los Reyes Magos, los pastores, las mujeres del pueblo, la tomaban prestada de Teófilo Martínez, Matilde Vilariño, Fernando Dicenta, Eduardo Lacueva. Seguramente dirigía el gran Antonio Calderón. Una radio brillante, esplendorosa.

Aquella era una radio de siente un pobre a su mesa como bien explicaba la película Plácido de Luis García Berlanga. ¿Y qué ha permanecido y nos ha llegado a nuestros días? Por supuesto, la publicidad ahora de juguetes electrónicos y aparatos informáticos y cachivaches de tecnología digital. Y la lotería de Navidad con sus programas conducidos por las estrellas de cada emisora: Gabilondo, Luis de Olmo, Julio César Iglesias. Y entre premio y premio, más publicidad. Y el Mensaje del Rey que, afortunadamente, ha sustituido al del dictador. Y los resúmenes de noticias del año.
Y el deseo de pasar de puntillas por la realidad y crear de paso confusión: ¿El Niño Jesús o Papa Noel? Yo creo que los chavales no se creen lo de ese señor de rojo con barbas postizas aunque ande y hable. El niño no habla porque es un recién nacido y así es más sencillito. Lo de los Reyes Magos y la polémica que se traen con Papa Noel también es un lío. Pero todos son buenos y generosos con los que se portan bien. A los que no, que les parta un rayo. Y las familias se reúnen y lo festejan y comen y beben como no lo hacen el resto del año. Reuniones familiares que son difíciles de ajustar. Hay que tener en cuenta que la prima Placeres no se lleva bien con su suegra. Y tampoco podemos dar de lado a la prima Placeres porque se enfadaría la madre de Ramiro que la quiere un montón. ¿Y qué hacemos con Tinita que no puede ver a Pilita desde el lío con su novio? Tal vez todo vaya sobre ruedas. Al fin y al cabo es Navidad y es día de Paz y Felicidad entre los hombres de buena voluntad. De los demás, nadie dice nada. O tal vez, porque se come y se bebe mucho, y el alcohol controla poco, las caras de paz y felicidad van desapareciendo. De todo esto se habla en las tertulias, el género radiofónico del momento actual. Y de una inmensa mayoría de familias con cenas muy distintas, que viven en barrios marginados donde las cuñas de radio no hacen mella pero empujan a los que allí habitan a desear sus propios e inalcanzables Reyes Magos.
Todo eso queda y algún locutor despistado que aún sigue deseándonos felicidad. ¡Como si eso fuera posible!
Artículo publicado en el número 3 de KANE 3 (diciembre 2005) / Sección: Historias de la radio.
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