La radio musical: Lavapiés Story - radio | Kane 3

La radio musical: Lavapiés Story

Hace mucho, mucho tiempo, tanto que no me acuerdo del año que corría, se estaba preparando la versión radiofónica de Agua, azucarillos y aguardiente. Mi papel, breve pero lucido, era el de la Pepa, un aguadora que tiene un puesto estable en el Paseo de Recoletos de un castizo Madrid de finales del siglo XIX. Y tenía que cantar aquello que decía:

-PEPA: Ya sabes que la Manuela anda buscando cuestión. Yo estoy quieta en mi puesto,yo no la falto.

-CORO: Tiene razón.

Y seguía luego con el dúo de Pepa y Manuela, esta última una aguadora ambulante. Las dos mantienen un enfrentamiento con ribetes arrabaleros que ocupa parte de esta zarzuela.

Por Juana Ginzo

Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, 1952)
Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, 1952)

Pero yo no sabía cantar. Sin embargo, todo estaba a mi favor. Miguel Ramos Carrión, autor del libreto, había escrito una historia abarrotada de chulapas, majos, manolas, aguadoras y otros personajes tan populares como los barrios donde habitaban. Entre ellos, el de Lavapiés, donde yo nací. Solo tuve que recordar la forma de hablar de mis vecinos para darle voz a la Pepa. Pero no sabía cantar. El maestro Federico Chueca había escrito una partitura repleta de pasodobles, chotis y otras músicas castizas. Dirigía el gran Antonio Calderón y, con sus indicaciones, lo que hice fue recurrir a un recitado rítmico, un fraseo casi canción, que resultó apropiado puesto que repetí en la emisión de otras obras musicales. ¿Cómo definir aquello?

Pasaron los años y, ya en la década de los setenta, en plena calle de Nueva York, en el barrio del Bronx, encontré el nombre: Rap. Por todas partes se oía aquella música aparentemente monótona, con letras populares, llenas de argot y expresiones propias de un mundo urbano y marginal, dichas con desgarro, con el acento del barrio que, incluso, puede llegar a ser vulgar. Me recordó el ritmo y la entonación que me marcó Calderón tanto tiempo atrás. Y pensé que lo popular tiene unas características que permanecen a través del tiempo y con independencia de los lugares en que se produce. El rap, aquella música de negros e hispanos que oí por primera vez en el inquietante Bronx, me trasladó a mi Lavapiés de trabajadores y, más atrás, a las empobrecidas y obreras gentes del XIX madrileño.

Cuento todo esto para decir que en la radio hemos hecho musicales. No se podían comparar con las películas de Bob Fosse o Busby Berkeley. Pero casi. Nosotros tampoco éramos Howard Keel y Jane Powell en Siete novias para siete hermanos, ni Gene Kelly y Debbie Reynolds en Cantando bajo la lluvia. Pero no era necesario. La mayoría de los actores de la emisora en que trabajaba¹ sabían cantar y sacaban adelante las zarzuelas que emitíamos. Y los que no estábamos dotados para el canto hacíamos de coro o nos inventábamos otras formas de interpretarlo. Además, la zarzuela no es ópera, es una música popular a la que no le van los alardes operísticos, me parece a mí. Aunque no son obras que yo aprecie demasiado, puesto que no me gusta el casticismo casposo con el que se las rodea aún hoy, me divertía haciéndolas. Tanto como cuando, siendo niña, asistía a numerosas representaciones, porque mi padre, un aficionado al género, me llevaba al teatro Ideal, el mismo en el que actualmente se encuentran varias salas de cine donde se pueden ver películas en versión original, y que entonces ofrecía programas de género chico, es decir, piezas breves de un acto que duraban una hora aproximadamente. Se daban varias a la vez y se pagaba por cada una de ellas. Es un error llamar género chico a toda la zarzuela, como si fuera la hermana menor de la ópera. Solo son chicas las que son cortas y duran poco.

Agua, azucarillos y aguardiente. © Jesús Alcántara (Teatro de la Zarzuela)
Agua, azucarillos y aguardiente. © Jesús Alcántara (Teatro de la Zarzuela)

Y esas fueron, sobre todo, las obras que se adaptaban para nosotros. No recuerdo obras musicales escritas para la radio. Eran versiones de las que ya existían, nunca originales. Aunque eso no siempre fue así. A decir verdad, la música y la radio fueron amigas íntimas desde el principio. En los departamentos más creativos se instalaron músicos que orientaron la programación con sus ideas y composiciones. La música lo inundaba todo. Y, si no es posible hablar de espacios a la manera de las comedias musicales del cine, se dieron intentos, aunque fueran aislados, de impulsar una producción musical propia. En esos intentos colaboraron compositores de gran prestigio entre los que me interesa destacar, por su relación con el cine, a Gustavo Pittaluga, conocidísimo autor de la época que junto a una legión de artistas, escritores, científicos, intelectuales de enorme mérito, fue forzado al exilio tras la sublevación franquista y la guerra civil que despobló enormes e irrecuperables áreas de la cultura española. En México encontró refugio y trabajo como ocurrió con los escritores Max Aub y Manuel Altolaguirre; el pintor, cartelista de la República y autor de collages memorables, Josep Renau; los cineastas Luis Buñuel y Luis Alcoriza. Y una larguísima lista de brillantes nombres. Pittaluga escribió más tarde la música de Viridiana, la extraordinaria película de Buñuel.

Todas las emisoras tenían una orquesta. No solo amenizaban en directo los programas más variados, sino que ellas mismas protagonizaban la emisión. Sus directores eran conocidos por los oyentes y muy celebradas las interpretaciones que hacían de los éxitos del momento, en el estudio o en conexión con los lugares donde actuaban, salas de fiesta, salas de conciertos de hoteles, etc. En La guerra de los mundos, de otro grande de la radio, Orson Welles, se describe perfectamente la programación de una emisora y la importancia de la música en ella. El principio de la acción es una conexión con el salón Meridian del Park Plaza, en Nueva York, donde actúa la orquesta de Ramón Raquello que, con un toque español, según dice el locutor, comienza ofreciendo el tango La cumparsita. El concierto será interrumpido constantemente por las noticias que van llegando sobre una invasión de la Tierra por naves extraterrestres. Los Estados Unidos temblaron de pánico. Pero esa es otra historia.

El caso es que, con orquestas en directo o utilizando las grabaciones, los discos, se realizaron programas que podríamos calificar de musicales con todo derecho. Siendo aquella una emisora madrileña, la zarzuela fue un recurso habitual. Citaré la serie El género chico y su tiempo en la que Antonio Calderón se propuso, y lo consiguió, contar la historia española del siglo XIX con el pretexto de la zarzuela. Aquí cantamos todos en directo.

Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, 1952)
Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, 1952)

Y como es inevitable hablar de Calderón, para mí y para muchos otros el gran creador de la radio española, debo hacer referencia a algunos espacios dramáticos a los que dotó de una estructura esencialmente musical y como tal pueden ser considerados. Estoy hablando de un completísimo hombre de radio que había adquirido una sólida formación musical. Y ya que no tenía posibilidad de contar con partituras originales echó mano de los clásicos para poner en pie producciones que aún se recuerdan. El ritmo que les imprimía, la armonía que desprendían, la forma en la que él mismo las dirigía, actuando como un auténtico director de orquesta, la manera de empastar voces y sonidos, todo recuerda a una composición musical. En estos casos subordinó la palabra al pentagrama y lo que resultó estaba más cerca de una ópera que de un dramático al uso. De esta forma nació la serie Viajes y narraciones. De ella destacaré El río, la calavera y el barco en la que, aprovechando la Sinfonía del Nuevo Mundo de Anton Dvorak, las palabras se convirtieron en cauce de aquel torrente musical.

También citaré uno de mis primeros trabajos con el genial Calderón. Se llamó como la pieza del noruego Edvard Grieg: Concierto en la menor, un concierto para piano y orquesta transformado por obra de aquel maravilloso guión en una historia de amor imposible y desesperado que, en directo puesto que aún no existían las grabaciones en cinta magnetofónica, se fundía con las notas que surgían de un piano ante el que se sentaba el conocido y brillante pianista aragonés Luis Galve.

Son algunos ejemplos de aquella radio que mereció el calificativo de musical. Y no me estoy refiriendo, como es obvio, a la música que servía de ilustración a las historias que contábamos, ni mucho menos a los programa de discos, a las listas de éxitos, ni a la programación de tantas emisoras de FM especializadas en todo tipo de música. Eso merece un capítulo aparte.

¹ Hablo de lo que conozco y fui testigo. Así, pues, hablo de cosas que pasaban en Radio Madrid de la cadena SER.

Artículo publicado en el número 7 de KANE 3 (abril 2006) / Sección: Historias de la radio

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