Hubo un tiempo en el que, para las clases humildes, la radio lo era todo: ventana al mundo exterior, libro de consejos y recetas, hilo musical, dispensador de entretenimiento y fantasía, permanente ambiente sonoro del hogar... amén de una especie de catalizador de sueños (y, por supuesto, de frustraciones) entre los que no podía faltar el de hacerse rico de golpe o, cuando menos, salir del inmediato apuro monetario. Para cubrir este apartado estaban las retransmisiones de los grande sorteos de lotería y la dominical retahíla de la quiniela (los dos grandes mitos de la economía popular). Y también, más accesibles y cotidianos, estaban los concursos. Juego en estado puro, si aceptamos la definición de "ejercicio recreativo sometido a ciertas reglas en el que se gana o se pierde". Juego, además, convertido en espectáculo, porque la colisión del atrevimiento, el desparpajo, la necesidad, la avaricia, la dificultad, el ridículo, el triunfo y el fracaso siempre termina siéndolo.
Por Francisco Moreno

Aunque probablemente sea Días de radio, de Woody Allen (1987), la película que mejor ha reflejado ese decisivo papel que el medio radiofónico ha jugado en la vida de varias generaciones, no cabe duda de que, si nos centramos en la especialidad de los concursos, es Historias de la radio, de José Luis Sáenz de Heredia (1955), la más notable aportación cinematográfica al tema. De hecho, pese a que la cinta se presenta al principio como un recorrido por los distintos programas diarios que tienen lugar en las diferentes emisoras, la mayor parte de su metraje, y también la más significativa, trata de los concursos cara al público. Se cuentan tres casos, en otros tantos episodios independientes, basados en auténticos espacios que la radio emitía en aquel tiempo.
El primero ha pasado a convertirse, en opinión de la crítica, en uno de los fragmentos más memorables y enjundiosos de todo el cine español. Las imágenes del genial Pepe Isbert disfrazado de esquimal, trineo y perro incluidos, recorriendo las calles de Madrid entre las risas y las chuflas de la gente, luchando a brazo partido con un competidor en las escaleras de la emisora, lamentando ante el micrófono su fracaso (un tercer concursante se había adelantado) y, con él, la imposibilidad de patentar su invento (motivo por el que optaba a las 3.000 pesetas del premio) esto es, la pérdida del trabajo de muchísimos años, trazan un camino que conduce de la hilaridad al patetismo. Y lo hacen simultáneamente dentro y fuera de la pantalla. Vemos que la risa se congela en las bocas de los que asisten en directo al programa, pero en nosotros, espectadores del filme, se ha congelado un momento antes. Pocas veces estuvo Isbert tan emotivo como al encarnar a ese viejo inventor que pierde en pocos minutos su labor de años, su condición de hombre civilizado y su dignidad. El forzoso final feliz viene propiciado por la decisión del locutor (el popular Bobby Deglané, haciendo de sí mismo) de aportar él mismo de su bolsillo otras 3.000.

El segundo episodio posee el más sorprendente arranque. El concurso en cuestión consiste en marcar al azar un número de la guía telefónica y convocar la presencia del titular para hacerle entrega de una importante cantidad en metálico. Suena el teléfono. Pero en el domicilio del abonado solo se encuentra un ladrón que, en plena faena, duda si coger el aparato. Cuando lo descuelga y se entera de los requisitos necesarios para hacerse con una suma seguramente mayor que la que se disponía a robar, no duda en buscar al dueño de la casa (lo conoce de sobra, pues es su casero, que le tiene amenazado con el desahucio) y proponerle un pacto, confiando en que aquél no llegue a descubrir los auténticos pormenores del asunto. Tal cosa no se produce, y será necesaria la intervención de un metomentodo cura párroco para que el ladrón que no llegó a serlo y la casi víctima que acaba de engordar su cartera con el dinero del premio lleguen a un entente.
La exposición del tercer episodio es la más larga de todas. En él, el concurso radiofónico aparece como solución final cuando, a pesar de su generosidad, los habitantes de un pueblo de la sierra madrileña (se puede ver en ellos una antítesis de los lugareños mostrados tres años antes por Berlanga en Bienvenido, míster Marshall, tan codiciosos del dólar yanqui) no consiguen reunir el dinero suficiente para que un niño pueda viajar a Suecia para ser operado de su grave enfermedad por un especialista. El concurso de preguntas Doble o nada y la participación en el mismo del respetado y respetable maestro de la localidad se ofrece como última salida. Y como último golpe de efecto de una película rica en ellos, aparece la pregunta decisiva, dificilísima y elegida con toda la mala uva del mundo, pero cuya respuesta la tiene el concursante en su propia persona: el individuo por el que preguntan es él mismo. Otro momento inolvidable maravillosamente interpretado por el gran Alberto Romea.

Historias de la radio está concebida como un sainete costumbrista, y es común a sus tres principales episodios que el tono oscile continuamente entre lo cómico y lo melodramático, muchas veces en el interior de la misma secuencia, sin que el relato chirríe o se resienta por ello. El contenido de sus historias propone a sus contemporáneos una reflexión acerca de la necesidad de practicar una serie de virtudes cristianas, principalmente el perdón y la caridad. Y al mismo tiempo parece contemplar la radio como un ente benéfico y casi mágico que, siempre con la ayuda del azar y quizá también de la divinidad, interviene en la vida de los ciudadanos y cambia para bien el rumbo de su existencia. Aquí, concretamente, permite cumplir el sueño de unos viejos inventores, evita que un hombre honrado caiga en el delito y contribuye a salvar la vida de un niño.
Esta óptica amable, sin embargo, viene acompañada por una carga crítica, quizá inconsciente durante el proceso de elaboración del filme, pero que resulta muy evidente para el espectador de nuestros días. Y es que las historias planteadas hablan de casos de verdadera injusticia social cuya solución, en teoría, no debiera estar en manos de la fortuna o de un medio de radiodifusión. Así, mirada desde otro ángulo, la película muestra a unos investigadores abandonados a su suerte por la administración, que malviven y carecen absolutamente de medios para desarrollar su labor; a un hombre honrado que se ve forzado a robar para conservar su vivienda y a otro que se alimenta con el pan que recolecta en una iglesia; a un núcleo de población penosamente desasistido y a un niño que precisa de la caridad ajena (y extranjera) para ser operado. En otras palabras, un retrato social en el que conviven la desidia, los desequilibrios sociales, la impotencia... Todo eso y una precariedad económica que hace que el dinero y su consecución sea, en definitiva, el auténtico motivo central de toda la película. Y no por un sentimiento de avaricia, sino por la más implacable necesidad. Pese al tono fabulístico y redentorista de las historias, la realidad acaba colándose por los intersticios de cada fotograma. Y los juegos de azar, incluidos los concursos de la radio, muestran el verdadero sentido que siempre han tenido para las clases menos favorecidas, el de lenitivos dispensadores de esperanza e hipnóticos paliativos de la miseria.

Días de radio comparte con la película de Sáenz de Heredia su voluntad de homenaje al medio radiofónico, pero hecho esta vez desde la distancia (y la nostalgia), y con un mayor grado de estilización: si el filme español retrataba a muchos de sus personajes con el filtro del sainete, el de Woody Allen opta declaradamente por mostrar a los suyos como una suerte de dibujos animados, una exageración caricaturesca de la gente real. Comparte, además, la anécdota del ladrón y la llamada telefónica a la casa que está limpiando, que debe de ser una especie de leyenda urbana que se cuenta en las emisoras de todo el mundo. Allen resuelve el breve episodio con singular eficacia. Los cacos, aquí son dos, descuelgan el teléfono y se ponen a contestar preguntas musicales. Ganan el primer premio y, embriagados por la emoción, gritan "¡Somos ricos!", olvidando cuál es la verdadera situación. Al día siguiente, la familia propietaria de la casa compensará las pérdidas del robo con la llegada de un camión abarrotado de magníficos regalos.
Sólo aparece otro concurso en la multitud de peripecias que componen Días de radio. La tía soltera del niño protagonista acierta a contestar unas preguntas sobre peces, gracias -ése es el gag que justifica la escena-, al abundante pescado que diariamente les suministra su cuñado. Y aunque la familia que protagoniza el filme también es pobre, los 50 dólares del premio son empleados en comprar un juego de química al chaval y en ir a una sala de fiestas. Evidentemente, la pobreza norteamericana de los años cuarenta no tenía mucho que ver con la miseria española de los cincuenta.

Con menor importancia que en Historias de la radio, los concursos siguieron ocupando muchas horas de metraje en el cine español, pero casi siempre en su faceta de certamen musical. Pocas películas de Joselito, Marisol, Rocío Durcal, Raphael, Manolo Escobar o cualquier otro cantante patrio han eludido la típica secuencia del concurso radiofónico en el que nuestra estrella cantora se daba a conocer a los cuatro vientos. Pero ya no era lo mismo. El triunfo en estas cintas representaba sólo un primer peldaño en la carrera del futuro astro. No era un fin en sí mismo.
Más adelante, los concursos pasarán a ser patrimonio televisivo y la radio incorporará juegos de muy distinto talante, como los divertimentos eróticos reflejados en Partes privadas (Betty Thomas, 1997), Radio Speed (Francesc Bellmunt, 1985) o El escote (Toni Verdaguer, 1987). Pero ésa es ya otra historia.
Artículo publicado en el número 4 de KANE 3 (enero 2006)
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