Sólo podía ocurrir en la radio. El río tenía voz y nos contaba un largo viaje. Se iniciaba en la alta sierra desde donde, como un torrente, se lanzaba entre rocas, saltos y cascadas, hacia los valles donde se remansaba y, finalmente, al intuir la cercanía del mar, se abría en seis brazos como resistiéndose a la desembocadura. A la muerte. La Sinfonía del nuevo mundo arropaba la voz del río. Los efectos especiales hicieron de las suyas para que, con la imaginación, recorriéramos 3.000 kilómetros de paisajes y ciudades y puertos fluviales y culturas que murieron tras la llegada de los españoles o que se fundieron con los conquistadores que hasta allí llegaron y dejaron un viejo casco de barco, destruido por el tiempo, abrazado ahora por el Orinoco antes de entrar en el mar. Que es el morir, como dijo el poeta. Un viaje extraordinario que se llamó El río, la calavera y el barco. La voz del río era la poderosa y grave voz del actor Teófilo Martínez que, en esta ocasión, sonaba con extraños matices musicales. Y es que, buscando un efecto singular, el director le hizo meter la cabeza bajo la tapa del piano del estudio cuyas cuerdas metálicas vibraron con el sonido humano y se confundieron con la sinfonía americana de Dvorak. Aquel viaje era obra del gran Antonio Calderón, que escribió estas y otras historias en la serie Viajes y narraciones. En el capítulo titulado La gran puerta de Yhaly, el narrador dice: "Yo iba dentro de la caravana. Nuestro caminar no tenía pausa, ni nuestro tiempo medida en el Gran Tiempo. Yo iba dentro de la caravana. El sol había pasado sobre nosotros. Primero había empujado nuestras sombras alargándolas. Después las había matado en el Cénit".
Por Juana Ginzo

Cuento todo esto como ejemplo de que en la radio hemos viajado mucho, tanto como en el cine. Ahora pienso que, de igual manera que en las películas existe un género llamado road movies, en este medio nuestro debían existir las road radios. Hubo creadores que imaginaron rutas gloriosas repletas de acción y drama. Uno de ellos fue José Mallorquí, el conocido autor de novela popular, que escribió para la radio la serie Dos hombres buenos, cuyo desarrollo situó en el Oeste de unos violentos Estados Unidos. Con mi amigo Mallorquí cabalgué sobre briosos caballos, hice a pie largas marchas para participar en batallas y revoluciones, disparé desde una polvorienta diligencia asaltada por una banda de ladrones y, en fin, sentí la emoción del primer recorrido en un tren escandaloso que me llevaría hacia un Oeste bronco y lejano. Hasta conduje ganado por la llamada ruta del exterminio hasta Dodge City, la ciudad sin ley, como la llamó en el cine Michael Curtiz. Mientras el narrador describía impresionantes paisajes y yo me sacudía el polvo del camino, sonaba, estoy segura, La rosa amarilla de Texas. ¡Cuántos maravillosos tópicos! Era, por cierto, un especialista en caracteres femeninos como el de Joan Crawford en Johnny Guitar; mujeres que se enfrentaban con determinación y fuerza a un mundo dominado por hombres rudos y agresivos y a las que, lo confieso, me gustaba interpretar.

Con Mallorquí he realizado viajes increíbles como aquellos en que me embarcaba haciendo de Miss Moniker, uno de los seriales más imaginativos que yo he interpretado jamás. Moniker era una especie de Scherezade del Oeste, una mujer extravagante que contaba historias sin parar e iba a todas partes acompañada por un indio bruto y poco hablador, un doctor mexicano y una auténtica bruja, Madame Zeleste, que dominaba el tiempo y el espacio y conocía el presente y el pasado y vaticinaba con exactitud lo que iba a ocurrir en el futuro. Así fue cómo íbamos de un lado para otro, de una época a otra sin parar.
Yo también he viajado lo mío. Más que afición ha sido una auténtica pasión, una enfermedad que, en muchas ocasiones, me ha creado problemas. Nuestro trabajo era absorbente y continuado. Faltar era difícil. En numerosas ocasiones he tenido que convencer a los guionistas y al director para que mi personaje desapareciera durante un tiempo. Y así he podido decir, como el Replicante de Blade Runner, que he visto cosas asombrosas.
Empujada por ese ímpetu viajero que me ha dominado, siempre que he podido, he vuelto a Nueva York, una ciudad de la que, como le ocurre a tantas personas, soy adicta. En ella, ciertamente, no he visto naves en llamas más allá de Orión, como diría Rutger Hauer, pero sí he asistido (como oyente, claro, y por libre en algunas ocasiones, y colándome en otras) a audiciones del Actor`s Studio dirigidas, por ejemplo, por Murray Abraham o por una maravillosa y gordita Shelley Winters. Y a Mae West con más de 80 años y muchas plumas, ya sin poder casi moverse por el escenario pero siendo aún una reinona del musical.

Recuerdo ahora, sin orden cronológico y sin nostalgia, que conste, extraordinarias interpretaciones de Al Pacino y Chita Rivera y Dustin Hoffman y Lila Kedrova ; y en Londres, a Peter O`Toole y Laurence Olivier y la pareja Clodette Colbert y Rex Harrisson en una función que bien pudiera ser de Ibsen; y en Paris, a Gerard Philipe, guapísimo, haciendo en la Comedie Française un humilde soldado en Madre Coraje. Y a una lista larguísima de personas y acontecimientos que ocuparían muchas páginas de Kane 3.
Y tantos paisajes que se me vienen a la memoria: Patagonia, el Amazonas, Cuzco, y el desierto del Sahara a lomos de un camello dentro de una caravana de hombres azules. Y nuestro caminar no tenía pausa. Cierro los ojos y oigo de nuevo la voz del narrador de La gran puerta de Yhaly, ¿podéis creerlo? Y China. Y Europa. No miento si digo que he subido el Gran Gottardo en una Vespa renqueante. ¡Cómo me ha gustado viajar! Ahora tengo muchos años y lo hago, como una heroína de serial, con la imaginación. Así no pierdo tiempo en los aeropuertos. Y te apañas, no creas.
Artículo publicado en el número 10 de KANE 3 (julio - agosto 2006) /Sección: Historias de la radio
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