Los lectores de cómics de superhéroes están de sobra familiarizados con el concepto de "universo narrativo". Editados fundamentalmente por dos compañías rivales, Marvel (propietaria de Spiderman, X Men, Hulk, etc) y DC (hogar de Superman, Batman y muchos más), dichos personajes desarrollan sus aventuras dentro de escenarios de ficción aislados del mundo real, pero se ajustan a una estricta lógica interna (la llamada continuidad). Así, cada editorial cuenta con su propio universo narrativo en el cual los héroes de su propiedad se suelen cruzar e intervenir como invitados ocasionales en los títulos de los demás; esto se conoce como cross over y todo el mundo asume de manera intuitiva sus reglas, aceptando que, por ejemplo, Superman pueda vivir una aventura junto a Batman (cosa que aunque de momento sólo ha ocurrido en papel y en dibujos animados llegará un día en que sea habitual también en la gran pantalla).
Por Antonio Trashorras

Esta introducción viene a cuento ya que las dos series que nos ocupan, Buffy Cazavampiros y Angel, por un lado, pese a no estar protagonizadas por superhéroes, representan lo más cercano a este género que jamás se ha escrito para televisión (mucho más que series auténticamente superheroicas como Lois & Clark o Flash); y, por otro, porque su creador y principal guionista y director, Joss Whedon (1964), ha logrado tejer una telaraña de relaciones entre los personajes que remite forzosamente a la serialidad e interacción a largo plazo propia de los cómics (eso por no hablar de cómo en algunas historias llegó a clonar, literalmente, ciertas resoluciones dramáticas procedentes de X Men). En otras palabras, si en el mundo del cómic existen el universo Marvel y el universo DC, durante la última década se ha venido formando, temporada tras temporada, capítulo a capítulo tanto de Buffy como de Angel, el "universo catódico de Joss Whedon" o como los fans norteamericanos no tardaron en llamar, "whedonverso"; un contenedor narrativo donde éste volcó toda su afición por los temas sobrenaturales y juveniles, y desarrolló elaboradas tramas que abarcaban a veces varios años y cuyos temas fueron madurando a medida que sus seguidores crecían.
Nacida en principio en forma de fallido largometraje cinematográfico en 1992, el personaje de la muchachita cazavampiros interpretada por Sarah Michelle Gellar debutó en televisión en 1997, con lo que obtuvo de inmediato una notable repercusión entre los telespectadores jóvenes. Mezcla de comedia adolescente, romanticismo naif, terror y acción, durante sus tres primeras temporadas, Buffy fue convirtiéndose cada vez más en la teleserie favorita de los lectores de cómics y jóvenes frikis del fantástico (ellos fueron quienes mejor apreciaron unos brillantísimos diálogos, repletos de referencias y con varias capas de significado).

Alcanzado el cuarto año, y ante la gran popularidad obtenida por el personaje del vampiro con alma Angel, doliente compañero sentimental de la protagonista, Whedon impulsó una nueva serie a mayor gloria del personaje interpretado por David Boreanaz. Fue entonces cuando, al contar de forma simultánea en emisión con dos producciones controladas por él, quedó clara la intención del otrora guionista de Toy Story o Alien: Resurrección de establecer un universo narrativo como los mencionados más arriba, repleto de personajes de creación propia, y cuyos márgenes trascendiesen los de una sola serie.
Cuando en 2003, tras siete temporadas en antena, Buffy cerró definitivamente (la razón no fue un descenso en las audiencias, sino la negativa de Gellar a continuar con el papel), Angel se mantuvo durante un año más como único representante del "whedonverso", y esa quinta y última temporada sirvieron como una suerte de epílogo y recapitulación de todo lo narrado durante todos esos años.
Pese a su inicial apariencia de meros divertimentos juveniles, lo cierto es que Whedon siempre albergó esperanzas de poder convertir ambas series en tableros de juego donde, con ayuda del magnífico equipo de guionistas recolectado por él, desarrollar su interés por conflictos humanos tan poco ligeros como la muerte de los seres queridos, la identidad sexual, el deber, la ambigüedad moral o la repercusión de los propios actos. Al fin y al cabo, él mismo siempre ha insistido en que sus obras no son otra cosa que parábolas contemporáneas de naturaleza iniciática donde los elementos sobrenaturales funcionan como metáforas de los obstáculos con los que cualquier persona está condenada a chocar en cualquiera de las etapas de su vida.
Artículo publicado en el número 1 de KANE 3 (octubre 2005)
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