Para cierto grupo de espectadores (entre los que me incluyo) no existe ninguna comedia televisiva más valiosa, o serie que haya llegado tan lejos en audacia como Búscate la vida (Get a Life); una obra verdaderamente única, hito del humor inclasificable, cuya mera existencia ya debe considerarse un milagro, además de un regalo para los amantes de la ficción surreal. Estrenada en Estados Unidos en septiembre de 1990 y vista por vez primera en España dos años después durante los inicios de Canal +, esta serie, protagonizada por el indescriptible Chris Elliot, además de marcar en su día una cima de locura y atrevimiento argumental que muy difícilmente será superada, constituye una referencia clave a la hora de entender posteriores fenómenos como el desparrame de South Park o los libérrimos filmes escritos por Charlie Kauffman (quien, por cierto, participó como guionista en la segunda temporada de Búscate la vida).
Por Antonio Trashorras

Hijo del cómico Bob Elliot, Chris llegó al humor de la mano de David Letterman, quien, tras contar con él como guionista en su célebre late night, le animó a desplegar ante la cámara ese peculiar estilo cómico, tan cercano a la vergüenza ajena, que con los años le haría famoso. Tras varios años apareciendo en dicho programa, Elliot unió fuerzas con sus amigos David Mirkin (piedra angular de Los Simpson) y Adam Resnik para crear la perfecta telecomedia de culto: Búscate la vida, todo un capricho concebido a mayor gloria del oblicuo y siempre desconcertante sentido del humor de su co-guionista, co-productor y protagonista absoluto.
La premisa de la serie ya avisaba de que no estábamos ante la enésima variación de los esquemas de sitcom manejados durante décadas: Chris Peterson (el propio Elliot) es un tipo que ha llevado el peterpanismo voluntario hasta límites casi patológicos, haciendo de su vida un carpe diem extremo y conduciendo cada jornada en direcciones imprevisibles, por estúpidas que puedan parecer. Con 30 años, Chris no sólo continúa sin independizarse de sus padres (cosa difícil al tener un empleo sólo apto para críos como es el de repartidor de periódicos), sino que pasa sus días imaginando situaciones absurdas, la mayor parte de las veces totalmente desconectadas de la realidad, o emprendiendo proyectos que no llevan a ningún sitio.

Sus padres (el mismísimo Bob Elliot y Elinor Donahue), dos jubilados entre el sarcasmo y la oligofrenia a los que casi siempre veremos en bata y desayunando en la mesa de la cocina, están ya más que hartos de tener a su disfuncional hijo revoloteando por allí (de hecho vive en el garaje) y anhelan disfrutar de sus últimos años en paz. El mejor amigo de Chris es Larry (Sam Robards), un pobre oficinista casado con Sharon (Robin Riker), una arpía en toda regla que odia a Chris por extraer de su marido cierta faceta infantil y lúdica. Tras unos primeros capítulos centrados en la dicotomía entre los modos de vida representados por el protagonista y su Némesis, Sharon, con el frágil e influenciable Larry a merced de las presiones de ambos, la serie fue, poco a poco, alejándose de su atractiva aunque algo limitada premisa (contraponer el onirismo y la despreocupación infantil con el infeliz pragmatismo de la vida adulta) para adentrarse en el más puro disparate.
"Para cierto grupo de espectadores (entre los que me incluyo) no existe ninguna comedia televisiva más valiosa, o serie que haya llegado tan lejos en audacia; una obra verdaderamente única, hito del humor inclasificable, cuya mera existencia ya debe considerarse un milagro, además de un regalo para los amantes de la ficción surreal"
Capítulos míticos de la primera temporada fueron, por ejemplo, aquel en el cual Chris gana un famoso en un concurso, o ese otro en que monta un submarino en la bañera, o el que narra su intento de batir el récord de objetos apilados sobre una persona, o en el que intercambia su cuerpo con Larry por culpa de una maldición india, o en el que se enamora, se casa y divorcia en un mismo día, para terminar aplastado por una roca caída del cielo... Pero, por encima de todos, destacan dos perlas: Animales sobre ruedas, desopilante parodia (en patines) del musical Cats; o el grandioso Los obreros de la construcción, donde Chris es adoptado por unos rudos trabajadores, suerte de vikingos modernos, que le enseñan a comportarse según los atávicos códigos de su gremio.

Tras ese primer año, extravagante, desde luego, pero en el que, pese a todo, primaba cierto control de la demencia, llegó una segunda temporada en la cual, ya sí, cualquier nexo con la realidad saltó por la borda y sus creadores, dados los modestos índices de audiencia, emprendieron una irracional huida hacia delante. Al desaparecer el personaje de Larry y reducirse muchísimo las intervenciones de sus padres, Chris quedó a merced de unos guiones bizarros, experimentales y ya sin apenas contacto con el mundo real.
Tras abandonar, ¡por fin!, el domicilio paterno (los Elliot le sugieren que se vaya... llenando su cubículo de cemento), el prota acaba instalándose en otro garaje, aún más infecto, propiedad de un ex policía mezquino, inculto y alcohólico llamado Gus Borden (Bryan Doyle-Murray). Junto a él, un Chris con la percepción del espacio-tiempo ya definitivamente alterada vivirá sus (llamémoslas así) aventuras más memorables. Por ejemplo, aquella en que tras beber residuos nucleares adquiere el increíble poder de deletrear cualquier palabra, o el inolvidable capítulo V.O.M.I.T.O.N, en el cual Chris acoge a un alienígena repugnante y violento que terminará siendo zampado por Gus y él mismo, o aquel otro en que bebe un "zumo del tiempo" y retrocede hasta el momento en que Gus arruinó su carrera al mearse en los pantalones de su jefe.

Hallazgos de esta inigualable segunda tanda de 13 episodios fueron también dos de sus running gags más recordados: por un lado, las exageradísimas palizas de Sharon a Chris y, por otro, las inevitables muertes a las que el protagonista se veía abocado al final de cada episodio. El último capítulo constituyó otra pequeña joya de descaro y (por qué no decirlo) ternura: Chris cae desde un avión (buscando la puerta del baño abre por error la escotilla) y para hacer tiempo hasta espachurrarse contra el suelo, evoca los mejores momentos de su vida, aunque por alguna extraña razón, sólo puede recordar los acontecimientos ocurridos desde hace dos años. Con esta filigrana metalingüística, entrada única en la copiosa tradición de los episodios refrito, se cerraba uno de los proyectos más dislocados e irrepetibles de la historia de la teleficción. Afortunados los que pudisteis disfrutar de él mientras duró. Seguro que, desde entonces, cada vez que escucháis la canción Stand de R.E.M, no podéis evitar visualizar la patética imagen de cierto individuo, alopécico y fondón, montando torpemente en bici mientras arroja periódicos al tun-tun.
Artículo publicado en el número 6 de KANE 3 (marzo 2006)
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