Cualquier teléfago curtido sabe que la expresión serie profesional alude a esas producciones catódicas cuyas historias transcurren en entornos laborales cerrados, y que afectan a repartos integrados exclusivamente por miembros de una determinada profesión o sector. Hasta el espectador menos adicto a la pequeña pantalla seguro que se ha topado las suficientes veces con esas teleseries llamadas "de" abogados, "de" médicos, "de" periodistas, "de" bomberos, "de" empleados de hotel, etc., como para establecer de memoria ciertos parámetros inmutables y comunes a todas ellas: repartos nutridos con protagonismo coral y casi nula jerarquización entre sus componentes, tramas duales en lo temático, alternando la actividad profesional concreta en que se centra cada serie con las vidas privadas de sus personajes, un elevado contacto con la actualidad y el interés público de cada momento, y, en ocasiones, el doble empeño en extraer o bien cierta épica del discurrir cotidiano de los oficios que, en principio, no parecerían demasiado propicios para ello, o bien el lado incluso rutinario de aquellos otros empleos que de inmediato se asocian con la intensidad emocional y el derroche de adrenalina.

Por Antonio Trashorras
Los orígenes de este tipo de series se remontan a los años 50 y 60, con títulos como Marcus Welby o Centro médico, si bien no fue hasta finales de los 70 cuando la fórmula coral de este subgénero cuajó en su primera e indiscutible obra maestra, Lou Grant, sin duda la mejor serie sobre periodismo jamás realizada. Creada por el gran guionista y futuro cineasta James L. Brooks, Lou Grant marcó una cima de calidad dentro de las series profesionales que sólo sería igualada, ya una década después, cuando el joven Steven Bochco deslumbró con el soberbio nivel dramático de, primero, Canción triste de Hill Street (la primera serie cotidiana ambientada en una comisaría) y, luego, La ley de los Angeles.

En el equipo de guionistas de esta última fue donde maduró otro genio del medio, el ex abogado David E. Kelley, quien, a la postre, y ya en los 90, creo también algunas de las series de este tipo mejor escritas de los últimos tiempos como, por ejemplo, El abogado o Chicago Hope. Surgido a finales de los 90, tras la estela de los Brooks, Bochco y Kelley, el único guionista capaz de competir con ellos (y, según algunos, superarlos) en virtuosismo en el manejo de repartos numerosos en ambientes laborales especializados es Aaron Sorkin.
Auténtico niño prodigio de la escritura capaz de lograr con apenas 28 años un guión de largometraje tan preciso e intenso como el de Algunos hombres buenos, Sorkin encontró en el medio televisivo el terreno perfecto para desarrollar sin cortapisas su torrencial talento para los argumentos repletos de documentación, el diseño de personajes complejos y, sobre todo, los diálogos fulgurantes, densos y abrumadoramente inteligentes (a veces, incluso de manera algo exhibicionista). Y es que estaba claro que una industria como la del cine, cada vez más en manos de los creadores de imágenes y del efectismo audiovisual a menudo carente de contenido, bien poco podía ofrecer a este superdotado de la palabra, cuya primera serie, Sports Night, estrenada en 1998 y ambientada en la redacción de deportes de una cadena de televisión, ya le valió el unánime reconocimiento de la crítica.
"Veremos si algún día se cumple el (un par de veces anunciado) regreso del felizmente recuperado Sorkin a la serie que primero le catapultó y luego le hundió"

La etiqueta de nuevo Bochco no tardó en serle adjudicada, si bien los parabienes de la prensa especializada no sirvieron por sí solos para que Sports Night cosechara audiencia suficiente, y desapareció de emisión una vez terminada su segunda temporada. No obstante, el cierre de esta serie no hizo sino posibilitar a Sorkin el centrarse en la que hasta la fecha ha sido su gran obra, El ala oeste de la Casa Blanca, donde este guionista genial cometió la osadía de aplicar el esquema típico de las series profesionales para mostrarnos, nada más y nada menos, cómo es la vida en los alrededores más cércanos del mismísimo Despacho Oval ocupado por el presidente de los Estados Unidos.
Dando rienda suelta a sus profundas preocupaciones políticas y sociales, Sorkin, demócrata confeso, se mostró en esta serie, tachada no pocas veces de imprudentemente izquierdista, muy lejos de la neutralidad, apuntando en numerosas ocasiones su dedo acusador hacia determinadas posturas republicanas respecto a temas como la Educación, los subsidios o las parejas homosexuales.
No obstante, ideologías aparte, lo cierto es que El ala oeste de la Casa Blanca contó desde sus inicios con un ritmo tan celérico que inyectó en el espectador la misma cantidad de adrenalina que, suponemos, sirve de motor permanente a ese puñado de idealistas y frenéticos personajes, tan apasionados como adictos al trabajo. Divertidísima al tiempo que exigente de seguir (algunos de los diálogos, además de resultar supersónicos, se hallan sobrecargados de jerga política y sobreentendidos respecto al funcionamiento del sistema parlamentario norteamericano), la serie demostró en sus primeras temporadas, con Sorkin al timón, una valentía poco menos que suicida a la hora de tratar según qué aspectos tanto de la política doméstica como internacional de los Estados Unidos.

Sin embargo, uno de los detalles que más llama la atención es que, tratándose de una obra dedicada a mostrar los entresijos de la Casa Blanca, el propio presidente no deja de ser un personaje más, incluso, en cierto sentido, el menos importante del caudaloso reparto manejado por Sorkin. No es, ni mucho menos, que el líder demócrata Josiah Bartlet (impresionantemente humano Martin Sheen) no destaque por su carisma y brillantez, pero el gran acierto de Sorkin fue alejarlo de una imagen idealizada del gran mandatario, con lo que se creó un personaje íntegro, sí, pero también ocasionalmente cascarrabias e incluso maniático y pesado con sus colaboradores más cercanos.
Junto a él, varios de los miembros de ese equipo suyo de confianza, que se dejaron la piel para ayudarle a ganar las últimas elecciones, adquieren rasgos de grandeza y ternura bastante más nítidos que los del propio Bartlet. Y es que la lealtad, dedicación y dudas interiores de personajes como el jefe de personal y amigo íntimo del presidente Leo McGarry (John Spencer), el arrollador estratega Josh Lyman (Bradley Whitford), la dignísima secretaria de prensa C.J. Cregg (Allison Janney), el brillante abogado y escritor de discursos Sam Seaborn (Rob Lowe) o, sobre todo, el antipático a primera vista, pero profundamente tierno (y humanista) jefe de comunicación Toby Ziegler (Richard Schiff), hacen de todos ellos (y alguno más, de aparición menos frecuente) figuras dramáticas que calan hondo, que acaban transmitiendo esa suerte de preocupación por sus destinos tan característica de la buena ficción seriada, tan cercana, aunque parezca mentira, a lo que uno acaba sintiendo por ciertas personas en la vida real.
"El ala oeste de la Casa Blanca contó desde sus inicios con un ritmo tan celérico que inyectó en el espectador la misma cantidad de adrenalina que, suponemos, sirve de motor permanente a ese puñado de idealistas y frenéticos personajes, tan apasionados como adictos al trabajo"

Tras lograr en 1999, gracias a su magnífica primera temporada, la apabullante cifra de nueve premios Emmy, El ala oeste de la Casa Blanca vivió, en el seno de la NBC, cuatro años de esplendor que, por desgracia, se vieron interrumpidos por culpa de los problemas personales de su creador. El stress al cual Sorkin se veía sometido al producir y escribir una gran mayoría de la serie, acabó repercutiendo negativamente en su estabilidad emocional, hasta el extremo de necesitar tratamiento psicológico en un par de ocasiones, e incumplir alguna que otra vez con las fechas de entrega del guión necesarias para que el episodio llegase a ser emitido a tiempo.
Su colapso definitivo llegaría al ser detenido en un aeropuerto en posesión de un variado muestrario de drogas, tras lo cual él mismo confeso haberse convertido en un adicto por culpa de la presión a la que la industria le había sometido a lo largo de esos últimos años. La reacción de la cadena no se hizo esperar, y Sorkin fue despedido inmediatamente de la serie que él mismo había creado. Su lugar como pilar creativo de referencia fue ocupado por el co-productor de la serie desde su primera temporada, John Wells, otro auténtico peso pesado, creador de éxitos como el de Urgencias.
Con Wells al mando en lugar de Sorkin, la serie cambió, evidentemente, aunque tampoco puede decirse que la calidad objetiva sufriera un descenso brutal. Lo que sí se perdió fue el arrojo propio de aquel a la hora de tratar temas espinosos y, sobre todo, su capacidad sobrehumana para escribir diálogos exuberantes, cosa que Wells, pese a su gran nivel como organizador de tramas, jamás podrá lograr que olviden los que admiraron el trabajo de Sorkin durante los primeros años. Hoy El ala Oeste se encuentra en su séptima temporada y, aun sufriendo los comprensibles altibajos propios de toda serie longeva, sigue manteniendo un nivel guionístico envidiable, además de uno de los repartos más cohesionados de la reciente televisión americana.

Eso sí, la furiosa originalidad de la etapa Sorkin queda ya muy atrás. La serie de ahora resulta un producto tan impecable, aunque carente de originalidad, como si lo hubiera concebido un alumno aventajado de la escuela de Steven Bochco. Veremos si algún día se cumple el (un par de veces anunciado) regreso del felizmente recuperado Sorkin a la serie que primero le catapultó y luego le hundió. En el decorado del Despacho Oval seguro que hay un puñado de actores que matarían por volver a tener a su disposición diálogos tan graníticos como los que Sorkin les escribió en aquellas antológicas temporadas iniciales.
Número 2 de Kane3 (noviembre 2005)
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