El Diablo y la televisión: Todos somos Enrique - television | Kane 3

El Diablo y la televisión: Todos somos Enrique

Enrique es un humilde ciudadano en la España de los primeros setenta que ha trabajado duro toda la vida para brindar a su familia un hogar digno. Después de muchos esfuerzos, ha reunido el dinero suficiente para adquirir un flamante televisor en color que hará las delicias de su esposa e hijos. Desde el primer día, el nuevo electrodoméstico ocupa un lugar preferente en el salón de la casa, pero esa mera presencia física pronto se convertirá en parte sustancial de la vida de Enrique. La pequeña pantalla le atrae inexorablemente; el modélico trabajador y padre de familia se transforma en un irascible devorador de imágenes catódicas que sólo vive para consumir televisión. Hasta que un día la más cruel de las ficciones atrapadas en su receptor salta a la realidad para devastar a la familia allí reunida; la policía no se explica tanta crueldad ante los cadáveres degollados de Enrique y su familia.

Por Pepe Colubi

Historias para no dormir (Vellavision)
Historias para no dormir (Vellavision)

El párrafo anterior es el argumento de El televisor, magnífico mediometraje dirigido por Chicho Ibáñez en 1974 como episodio de sus recordadas Historias para no dormir. No deja de ser curioso que hace 32 años, uno de nuestros más brillantes realizadores (aunque después enterrara su credibilidad en los interminables retornos del Un, dos, tres) utilizara esta hipnótica metáfora exagerada para avisarnos del maligno que anida en la televisión. Es curioso por dos motivos: en primer lugar, el medio utilizado para propagar dicha reflexión era un programa de televisión (que viene a ser como curar a un alcohólico con ginebra). Y en segundo lugar, en aquellos días sólo había una cadena funcionando a pleno rendimiento en todo el país. Repito para el lector más joven y desprevenido: una sola cadena. Además, el Ente (ya son ganas de darse importancia) no emitía 24 horas al día; hasta 1986 no tuvimos programación matinal y hasta 1990 no llegaron las privadas. Si es verdad que el Diablo había escogido la televisión como su medio de propagación favorito, queda claro que se lo tomó con calma.

Sympathy for the devil

Ya es lugar común entre la intelectualidad más rancia asociar el medio televisivo con la acepción más tenebrosa del mal en el mundo: el Diablo.

El televisor (Chicho Ibáñez Serrador, 1974)
El televisor (Chicho Ibáñez Serrador, 1974)

Por poner dos ejemplos poco próximos entre sí, podemos citar al director Pier Paolo Passolini y a ciertos grupos religiosos fundamentalistas (tanto cristianos como musulmanes), pues todos ellos han coincido en señalar que "la televisión es el Diablo". Tan demoledora frase precisa un minuto de reflexión: ¿es la televisión el Diablo en sí o Lucifer utiliza el medio como un simple vehículo de propaganda? ¿El medio es el mensaje, que diría Mcluhan, o el medio es un masaje, que diría una meretriz? No podemos olvidar que la televisión es un invento humano y como tal refleja las inquietudes, ansias y necesidades de una comunidad; si éstas coinciden con las pasiones y bajezas promovidas por el Príncipe de los ángeles caídos, mira tú qué bien le viene a Satán que le demos el trabajo hecho.

El televisor (Chicho Ibáñez Serrador, 1974)
El televisor (Chicho Ibáñez Serrador, 1974)

Quizás toda la polémica resida en el fracaso del Bien a la hora de hacerse con el medio, pues sólo hay que ver el lamentable uso que las diversas iglesias cristianas (católicas o protestantes) han hecho de la pequeña pantalla a la hora de dar a conocer su mensaje; por acercar la idea a nuestro entorno, piensen en el exiguo número de vocaciones promovidas por programas como Testimonio, El día del Señor o Últimas preguntas. Si Jesús hablaba con parábolas (Él sabrá por qué; si era Dios podía haber hablado más claro), el Diablo habla a través de las parabólicas; ¿qué prefieren ustedes, una vetusta historia oral sobre siervos que administran talentos romanos o acceder a 100 canales digitales con sonido surround? No hay color.

Tanta ignorancia hay en la renuncia a la televisión que hacen los barbudos islamistas o los barbilampiños cristianos como en la que propugnan intelectuales de todo tipo (barbudos o no). Cuando un prestigioso politólogo como Sartori identifica (de forma totalmente injusta) la cultura con lo verbal y la incultura con lo visual, no hace más que arraigar la mala imagen que la televisión tiene en el subconsciente bienpensante. Si eso fuera cierto, la única forma de luchar contra el mal sería eliminar las emisiones a nivel mundial; vean el resultado que ha dado la política prohibicionista en materia de drogas y ya me cuentan.

¡Al diablo con la tele!

Recapitulemos: el televisor sólo es un electrodoméstico y en nuestra mano está darle un uso racional o diabólico. Una tostadora, por ejemplo, es el mejor invento que conozco para tostar pan, pero no es aconsejable que la metamos en la bañera con nosotros cuando esté enchufada (en realidad, desenchufada tampoco nos haría mucho servicio). La pantalla de la tele está repleta de imágenes fascinantes, nauseabundas, hipnóticas, hirientes, maravillosas o terribles; aunque nos puede llenar de gozo o de malicia es fácil rastrear la presencia del Diablo. A ello.

Vaca y pollo (Cartoon Network)
Vaca y pollo (Cartoon Network)

Belcebú se manifiesta, en primer lugar, en la mente de un ser complejo y agobiado: el programador de televisión. Al grito de"¡el público tiene la tele que se merece!", una horda de programadores sin escrúpulos recorre las parrillas como un gigantesco Keyser Soze hambriento de venganza. El ejecutivo que toma decisiones en televisión se ve obligado a aunar dos conceptos tan irreconciliables como son la ética y los dividendos; al igual que ocurre en cualquier negocio (que se lo pregunten a la banca) los últimos tiran de la primera hacia el abismo, de modo que a mayor beneficio, menor interés por cuestiones morales. Se dice con entonaciones rimbombantes que la televisión debe formar, informar y entretener; a tan loable eslogan los consejos de administración añaden un cuarto objetivo en voz baja: "Y ser rentable". Ahí se acaba la bonanza del medio.

Para empezar, todo lo que sale en la tele es mentira; los decorados son paredes de adorno dentro de una enorme nave, la ropa es prestada (si no sienta bien se sujeta con una pinza en la espalda), los rostros aparecen maquillados, los aplausos son incitados por un regidor, la alegría y la tristeza son manipulados a conveniencia... Todo está pensado y encaminado hacia un único fin: no dejar de mirar. El hecho de "salir en la tele" ya se considera un premio en sí mismo, una distinción, un hecho diferencial respecto al anónimo que no figura; el hambre de fama mueve muchas de las miserias que alimentan varios contenidos específicos (concursos realitys, talkshows, sucesos, programas del corazón). Es fácil descubrir la mano (y la carcajada) de Lucifer detrás de esa pobre gente que se lanza sin paracaídas al sofá de un programa del corazón para contar su vida íntima; evidentemente, existen terminators de lo rosa inmunes a cualquier degradación con tal de sacarse unos sextercios, convertidos ellos mismos en ángeles caídos que hacen de la maldad un medio de vida. Pero también existe el juguete roto, el famoso venido a menos que deja de interesar y debe acudir al psicólogo para superar la falta de atención.

Vaca y pollo (Cartoon Network)
Vaca y pollo (Cartoon Network)

También habita el Diablo en la avaricia de ese ejército de brujas, videntes, adivinos y demás caraduras que, a módico precio de 906, resuelven dudas, inquietudes y problemas de los incautos que llaman buscando un alivio a su soledad. Las hay que no dudan en desplegar un diabólico atrezzo a la hora de timar a su víctimas; intentan así atemorizar a los tibios para regocijo de Belcebú, retorcido de risa en su trono infernal.

Ahora bien, estamos hablando de Satán, un respeto por favor. Se trata de uno de los entes más inteligentes que habitan este mundo, una supercriatura con una asombrosa e ilimitada capacidad de adaptación al medio (aquí me refiero al medio ambiente, no al televisivo). Decir que el Diablo sólo se manifiesta en la charlatana Lydia Lozano, el funesto Alessandro Lequio y la anodina Ana Rosa Quintana o en las pantomimas de Aramís Fuster y todo El Castillo de las Mentes Prodigiosas sería menospreciar al Señor de las Tinieblas. La prensa del corazón y los adivinos remunerados sólo son el plancton de una fuerza mucho más poderosa y aniquiladora que convierte todo lo que toca en muerte y destrucción: las mentiras que llevan a una guerra, los odios que alimenta el fútbol, las desigualdades que se emiten por satélite, la destrucción consentida, la publicidad engañosa o la indiferencia ante las atrocidades del mundo lejano sólo son algunos de los logros que los informativos televisados han situado en el haber de Satanás.

Particularmente, me quedo con la imagen del Diablo que sale en los fabulosos dibujos animados de Vaca y Pollo; es rojo, guasón y tiene el culo al aire.

Artículo publicado en el número 6 de KANE 3 (marzo 2006)

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