El Prisionero: ¿Y si no fuéramos más que números? - television | Kane 3

El Prisionero: ¿Y si no fuéramos más que números?

En todas las enciclopedias del género fantástico suele señalarse 1968 como el año clave en la maduración de este tipo de historias tanto en el cine como en la pequeña pantalla. Lo que hasta entonces había sido un tipo de narración audiovisual dirigido a estratos de público caracterizados por su escasa exigencia cualitativa (sobre todo, tanto adolescentes como fanáticos de la ficción popular y, en particular, de los pulps o novelas baratas de ínfimo nivel literario) sufrió en dicho año una verdadera convulsión conceptual cuyo resultado inmediato fue un renovado interés hacia el género fantástico como posible transmisor de mensajes de cierta complejidad tanto psicológica como social.

Por Antonio Trashorras

Si en las salas oscuras Stanley Kubrick con su 2001: Una odisea del espacio dejó anonadado a los espectadores de todo el mundo con su densísima visión de lo que la ciencia ficción podía dar de sí cuando se abordaba el género con la misma seriedad que cualquier otro tipo de narraciones, en la caja catódica, en cambio, este papel como detonante de cierta respetabilidad inmediata hacia lo fantástico correspondió hacia una teleserie que, aún hoy, muy por encima de otros hitos de la pequeña pantalla, conserva intacta su vitola de escalón decisivo en la evolución del medio. Nos estamos refiriendo, por supuesto, a El prisionero, la enigmática serie británica que, además, otorgó de manera unánime verdadera carta de naturaleza al término televisión de autor (pese a que series anteriores como The Twilight Zone de Rod Serling o Los vengadores de Brian Clemens merecieran igualmente dicha etiqueta), gracias a lo que se ubicó dicha autoría en el multifacético talento de su creador, productor, guionista y protagonista Patrick McGoohan (1928).

En apenas 17 capítulos de 50 minutos cada uno, El prisionero hizo añicos no pocos de los tabúes y limitaciones que durante décadas habían constreñido la creatividad de los profesionales dedicados a la ficción televisiva, que obligó a que volasen a ras de suelo en cuanto a los contenidos incluidos en las series, tradicionalmente consideradas como un entretenimiento ligero destinado a satisfacer las escasas expectativas del público hogareño y, por supuesto, de mucha menor enjundia que el celuloide. Críptica metáfora kafkiana en clave de espionaje, claustrofóbica parábola sobre la tupida red de invisibles ataduras que, desde el origen de los tiempos y bajo el nombre de sistema, el ser humano ha ido tejiendo alrededor de sí mismo, El prisionero se ha convertido con el paso de las décadas en la teleserie de culto por excelencia, con lo que se generaa su alrededor más allá de toda la gama de manifestaciones colectivas habitual entre los seguidores de otros fenómenos catódicos como, por ejemplo, Star Trek, Dr. Who o Expediente X (clubs de fans, convenciones, merchandising originado de manera amateur, etc.), también una forma de análisis mucho más intelectual, estimulante y profundo.

"Todavía mantiene intacta la capacidad para incomodar a cualquier persona que en algún momento se haya cuestionado su papel en la sociedad"

No obstante, si algo no entraba en los planes de la compañía ITC era producir una serie cuya característica principal, por encima de la pura diversión, fuera el cripticismo y la ambición mensajística. Al fin y al cabo, todo nació como una (en principio) simple continuación de la serie de espionaje conocida en España como Agente secreto (Danger Man y Secret Agent fueron sus sucesivos títulos originales), cuyo abrumador éxito había convertido a McGoohan en una de las estrellas británicas más famosas de mediados de los 60. Tras varios años interpretando al agente John Drake, protagonista de cientos de bien concebidas aunque nada originales aventuras repletas de acción y movimiento, McGoohan, cansado ya de dicho personaje, presentó a la ITC un proyecto de serie en el cual un espía, interpretado por él mismo, tras dimitir por "motivos personales", era recluido en una extraña e inquietantemente idílica aldea de localización indeterminada (la Villa), y fue sometido a todo tipo de torturas mentales para obligarle a revelar cierta información crucial relacionada con el inesperado abandono de su actividad.

Sin especificar en ningún momento que el personaje sea el propio John Drake, todo indica que McGoohan quiso comunicar la decepción que, tras años de sinceros esfuerzos en pos de la justicia y la paz internacional, un agente sentiría hacia su propio gobierno al descubrir la corrupción de todo el sistema en el que creía. Despojado de su identidad y designado con un simple número (el 6), aislado en un entorno donde prima la uniformidad tanto estética como ideológica, donde la docilidad es la moneda de cambio obligada si se quiere disfrutar del considerable bienestar que esa Villa (cuyos rectores nunca queda del todo claro si pertenecen o no al bando del protagonista, si bien pronto advertimos que eso importa poco) ofrece a los ex agentes allí reunidos por haber resultado de algún modo conflictivos para sus superiores, es obvio que este prisionero, casi medio siglo después de su creación, todavía mantiene intacta la capacidad para incomodar a cualquier persona que en algún momento se haya cuestionado su papel en la sociedad. Y es que hace falta mucha convicción para, al igual que el protagonista de esta serie, repetir contra viento y marea: "¡No soy un número! ¡Soy un hombre libre!".

Artículo publicado en el número 1 de KANE 3 (octubre 2005)

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