No sé si a los obispos les preocupa la emisión de Escenas de matrimonio (Telecinco), pero debería. Claro, que no estoy seguro de si a los obispos les interesa que se promocione la imagen de la familia feliz o, más bien, de la familia cristiana; en cualquiera de los dos casos, deberían estar preocupados porque hay cada día en torno a cuatro millones de españoles divirtiéndose delante del televisor al observar tres matrimonios (curiosamente, sin hijos) destrozados, insultándose y humillándose y, por cierto, nada cristianos. A mí lo segundo me resulta completamente indiferente y hasta me alegra, pero lo primero me inquieta. Aunque quizá todo ello -el contenido de la serie y su éxito- sea síntoma de la abolición social del matrimonio como modo de convivencia, lo cual, si se confirmara, supondría para mí una enorme satisfacción.
Por Enrique Pérez Romero

Al margen de la ironía, debo confesar que me resulta muy difícil, por no decir imposible, comprender que cada día ese volumen de ciudadanos se ría observando esta ficción de Telecinco. Como han venido confirmando todos los estudios sobre la imagen y el espectáculo, el receptor de cualquier mensaje audiovisual de ficción tiende a identificarse de algún modo con los personajes involucrados en esa ficción. Pues bien, no comprendo que tantos españoles se identifiquen, ni siquiera un poco, con Natalio, Roberto, Paca, Sonia, Miguel o Marina. A mí me ofenden, me violentan. No consiento, y creo que no debemos consentir, que a los hombres se nos identifique como inútiles, infieles, egoístas, pusilánimes, vagos, mentirosos, descerebrados, pasotas, guarros y obsesos; como tampoco creo que debamos permitir que a las mujeres se las presente como bordes, insatisfechas, materialistas, superficiales, retorcidas, autoritarias, desleales, soberbias, violentas y manipuladoras.
Me cuesta mucho entender que alguien se identifique con estos roles, al menos mostrados como nos los ofrece la serie: en trazo grueso, sin matices, con escarnio y hasta en cierto tono agresivo.

Pero la emisión tiene tanto éxito que no dejó de ganar espectadores desde su estreno el pasado verano hasta finales de octubre, cuando llegó a superar con creces los cinco millones de televidentes; tanto éxito que ha tenido minutos de oro cercanos a los ocho millones de espectadores; tanto, que viene liderando desde hace meses el ranking de emisiones más vistas y con mayor share; tanta popularidad que permitió a Telecinco hacerse con el liderazgo del prime time de la Nochebuena, uno de los momentos estelares del año; tanto, tanto éxito que Roberto y Marina (David Venancio y Soledad Mallol), la pareja de mediana edad que al parecer representa a la clase media de este país, fueron los que despidieron el año desde Telecinco. Es la historia de un triunfo total.
"Puede parecer increíble, pero sólo el 16% de los espectadores de Escenas de matrimonio tienen más de 65 años"

Cuando comenzó a gestarse el impacto popular de la serie, parecía obvio dar por supuesto que debería tratarse de un éxito, sobre todo, entre las franjas de mayor edad; cuál fue mi sorpresa al comprobar que el 65% de su público se encontraba desde el principio en la franja entre 4 y 34 años (no deja de ser, una vez más, inquietante, que más del 19% de su audiencia esté compuesto por niños de hasta 12 años, cuando la serie está recomendada para mayores de 13; la dejación de funciones de los padres en sus obligaciones educativas, hay que decir, es uno de los graves problemas sociales que hay en este país); puede parecer increíble, pero sólo el 16% de los espectadores de Escenas de matrimonio tiene más de 65 años. Quizá por eso, la marcha de los dos actores que interpretaban al matrimonio mayor formado por Pepa (Marisa Porcel) y Avelino (Pepe Ruiz), no ha afectado excesivamente a los datos de audiencia desde que son Paca (Mary Carmen Ramírez) y Natalio (Manuel Galiana). De hecho, podría decirse que ese intercambio ha acabado beneficiando al tono de la serie, gracias a las características gestuales y verbales de los dos actores recién incorporados, más suaves, menos agresivos.
Justo antes de las campanadas con que se cerraba 2007 y en las que Roberto y Marina acompañaban a los espectadores de Telecinco, Escenas de matrimonio emitía un especial dedicado a los sinsabores familiares en torno a la preparación de la Nochevieja; el capítulo, incorporados no hacía mucho los dos nuevos intérpretes, tras cinco meses de desarrollo de la serie y en la frontera entre dos años (el de su arranque y el que debe ser el de la definitiva consolidación de su éxito), puede convertirse en paradigma de sus características más relevantes y, también, del cambio experimentado desde su comienzo.

El capítulo comienza con una conversación entre los dos miembros de la pareja más joven, Miguel (Daniel Muriel) y Sonia (Miren Ibarguren), en la que ella le obliga a llamar a su padre para felicitarle el año, ya que según su criterio "Comemos gracias a él, tu moto tiene gasolina gracias a él. Se lo debes" (aunque luego dice que va a llevar a la fiesta de fin de año un vestido de Sybilla); una conversación en la que, además de quedar patente que ninguno de los dos confía en el otro, parece bastante evidente el sometimiento de la sinceridad y los sentimientos al pragmatismo económico.
"Es fácilmente perceptible el tono agresivo, y claramente insultante, de un buen porcentaje de los diálogos, aunque en muchos capítulos roza con nitidez lo humillante y hasta lo violento"
Algo parecido ocurre poco después, cuando Roberto logra convencer a Marina para invitar a cenar a sus suegros sólo cuando le ofrece a cambio un bolso de Prada; Marina bromea a menudo con las cuestiones económicas e incluso clasistas, como cuando afirma que "Somos de clase media tirando a baja, y los de baja estofa nos pasamos la vida en las colas", o como cuando intenta sobornar al vigilante del supermercado para que le deje salir con la mercancía robada. Si de esa primera conversación entre Miguel y Sonia podemos tirar del hilo del materialismo para perseguir su rastro a lo largo de todo el capítulo (y de toda la serie), lo mismo podemos hacer con el de la falta de sinceridad.

Si en la primera escena del capítulo se intentan falsear las relaciones entre nueros y suegros mediante llamadas telefónicas de compromiso, lo mismo sucede en la siguiente conversación de Marina con una de sus supuestas amigas, en la que se pone de manifiesto la simulación de una amistad, en la que la envidia por lo bueno que hay en la vida de la otra puede más que el deseo de felicidad mutuo; ocurre lo mismo en torno a toda la historia entre Miguel y Sonia, pues él quiere irse de fiesta con sus amigos pero es incapaz de reconocérselo a Sonia, con la que se ha comprometido a salir esa noche, de modo que finalmente se consumará el engaño y el cabreo correspondiente. La misma falsedad que se produce entre vecinos, como queda de manifiesto en el encuentro de Paca y Marina en el supermercado, en el que al principio tratan de fingir una buena relación que estalla en conflicto dos frases más tarde (conversación en la que, por cierto, queda especialmente de manifiesto la cuestión de la apariencia social de clase, cuando Marina miente diciendo que ha estado esquiando en Suiza).
Otra de las magníficas virtudes que adorna el mensaje global de la serie es la violencia, muy sutil en lo físico gracias al empleo del humor, pero mucho más evidente en lo verbal y en lo gestual. Analizando exhaustivamente este punto, a continuación, y asumiendo que, como decíamos, el tono de la serie en este sentido se ha afinado considerablemente desde el cambio de actores, cualquiera que no haya visto capítulos anteriores puede deducir fácilmente la crudeza de esa violencia verbal.

De hecho, en el capítulo Especial Nochevieja podemos escuchar tres veces la palabra "imbécil" (dos de ellas en forma de insulto de Paca a Natalio) o un chistoso agravio en boca también de Paca, hacia su marido: "Si llegas a ser más tonto, naces mesilla de noche"; también podemos observar cómo Marina llama "gilipollas" a un conductor en el aparcamiento del supermercado, en una escena en la que el tópico rol de conductor agresivo es asumido por la propia Marina, dando a entender el escaso carácter de Roberto; la palabra "tonto" también la escuchamos en un intercambio de palabras entre Roberto ("Marina, soy tonto del culo, ¿Verdad?") y Marina ("Sí, pero yo te quiero igual"); se despachan algunas dulces palabras más, como "Será hija de su madre..." (de Marina hacia otra cliente del supermercado), de Paca a Marina ("No seas torpe"), de Paca en voz alta en el supermercado ("Me jode que me tomen por imbécil"), de nuevo de Marina a Roberto, en la cola, antes de pagar ("¿Tú eres tonto?¡Te ven cara de tonto y te toman el pelo!"), de Roberto hacia la cajera ("¡La madre que la parió...!"), Marina a la cajera ("¡Me importa una mierda cómo hace usted la salsa!"), la cajera respecto a su jefe ("Se jubila el mes que viene y se la trae floja todo"), de una cliente de la frutería a Natalio ("¿Por qué siempre tiene que haber energúmenos como usted?"), de la cajera a Natalio ("Me parece un poco tonto", o "No haberse puesto chulo"), y de Natalio hacia ella ("¡Váyase a la mierda!"), o de Marina a su suegra ("¡Cabrona!").
Creo que es fácilmente perceptible el tono agresivo, y claramente insultante, de un buen porcentaje de los diálogos, aunque en muchos capítulos roza con nitidez lo humillante y hasta lo violento, y éste no es una excepción: Paca le dice a Natalio que "Es que no tengo cena; bueno, a ti te puedo abrir una lata de Purina Pro Plan, pero mis hermanas son más exquisitas"; o como cuando Marina habla de su suegra... "Y como me critique, la voy a coger del cuello, y apretaré, apretaré, apretaré..., hasta que sin oxígeno la dejaré. Y no creo que quieras empezar el año con un cadáver en el salón"; o por parte del discapacitado en el aparcamiento al amenazar "Me voy a liar a muletazos que me voy a quedar solo"; o la escena en la que Paca pierde los papeles en la pescadería ("¡No quiero quisquillas, coño!") y coge un machete para amenazar y que le den gambas; o una de las escenas finales, en la que la suegra de Marina grita "¿Esto qué es?¡Un complot de tu mujer, para matarnos de una pulmonía!".
Los desprecios y las humillaciones en torno a la sexualidad merecerían todo un capítulo individual, partiendo de que debe ser una de las series del mundo donde más se habla de sexo y menos se practica (¿Extrapolable a la sociedad española?).

Cuando Marina consiente en invitar a los padres de Roberto a cenar dice que no piensa pelarles ni un langostino y él responde que "No..., si lo que es pelar, pelar, tú pelas poco"; Sonia le recuerda a Miguel su gran primera noche, en un chiste de dudoso gusto, al decir que "Y luego haremos el amor en el coche como la Nochevieja que nos conocimos, ¿A qué sí? Pero sin vomitarme las alfombrillas..."; cuando a Marina le venden una tarjeta de crédito afirma que no sabe decir que no, pero Roberto le recuerda que "Pues a mí me lo dices todas las noches"; el amigo de Miguel ridiculiza la entrega femenina en el sexo, aconsejándole "Haz el amor con ella y cuando estés ahí en el orgasmo, se lo dices que lo perdonan todo"; Marina duda de la potencia sexual de su pareja cuando le dice a la cajera "A mí el pan se me pone duro, que es lo único duro que se me pone en casa".
"Los desprecios y las humillaciones en torno a la sexualidad merecerían todo un capítulo individual, partiendo de que debe ser una de las series del mundo donde más se habla de sexo y menos se practica (¿Extrapolable a la sociedad española?)"
Los insultos, la agresividad verbal, el materialismo, las ofensas sexuales, la falsedad..., no son las únicas virtudes que adornan a los matrimonios de esta serie, que tanta gracia nos hace a los españoles. También se juega abiertamente con los tópicos (el del marido calzonazos, el de las mujeres que les obligan a ellos a ir de compras, el del desprecio hacia los suegros...). Y se juguetea también con algunos asuntos más patéticos, si cabe (el provincianismo, cuando Marina dice que va a cocinar "Algo con un nombre muy largo, muy largo, y que impresione") y con algunos otros temas bastante más delicados, como la conducción temeraria (cuando Miguel bromea sobre la borrachera que tenía cuando cogió el coche la Nochevieja anterior) o las obsesiones estéticas en torno al peso (cuando Sonia dice que tiene que hacer algo de deporte antes de salir porque "Es que tengo que quemar unas calorías antes de ponerme el traje, porque si no, no me entra").

La contundencia del análisis de contenido minimiza casi por completo la pobreza de la forma; pero decimos lo evidente al afirmar que la puesta en escena es pedestre, la interpretación en ocasiones apresurada y hasta lamentable (las caras de Miguel intentando fingir dolor ante el espejo para engañar a Sonia), algunos diálogos reiterativos y ridículos (Roberto, con su "¡Huy, lo que me ha dicho!") y ciertos chistes cuya gracia es difícil de encontrar en ocasiones (como cuando Natalio afirma que no le gustan las aglomeraciones y Paca le responde diciéndole que lo pasará mal en el cementerio).
Pero todo esto hace mucha gracia a cuatro millones de españoles, esa es la verdad, y hay que aceptarla. Las conclusiones no son tan sencillas, más allá de que en este país llena de gozo carcajearse de las propias miserias. Como decía al principio, sería loable que esto fuera un síntoma de que el matrimonio comienza a ser prescindible. Aunque quizá lo sea mucho más, me temo, de que el emparejamiento estable se ve como una especie de mal menor, necesario para socializarse pero incapaz de darnos la felicidad, y en el que hay que convivir con el insulto, el desprecio y la inquina, a cambio sólo de comodidad. Esa resignación, que a mí particularmente no me divierte, puede que tenga su gracia; pero mientras muchos ríen no estaría de más que evitaran la exposición de ese casi 20% de menores de 13 años a unos valores como los aquí expuestos, que van exactamente en contra de la dirección hacia la que debe dirigirse una sociedad moderna, educada e igualitaria.
02/02/2008
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