Se despidieron los setenta (Cuéntame cómo pasó) y otra época agitada, los años veinte, viste la noche de los jueves. La nueva ficción de La Primera sitúa su argumento en una imaginaria ciudad de provincias del norte de España, donde entre revueltas sociales y políticas, los destinos de varios núcleos familiares se irán trenzando al ritmo del serial clásico, del que calca su estructura. Realizada por Diagonal TV, responsable de las producciones, también ambientadas en momentos clave del siglo XX español, Amar en tiempos revueltos (la posguerra española en TVE1) y Temps de silenci (la posguerra catalana en TV3), La Señora hereda de la británica Arriba y Abajo (1971-1975) un cuidado estilo estético y narrativo del que andábamos bastante huérfanos (y sobran los ejemplos).

Nuria Dufour
En una sociedad anclada en sus propias ataduras morales y en las tradiciones más reaccionarias, Ricardo Márquez (Alberto Jiménez), burgués liberal, propietario de una próspera explotación minera y otros negocios en expansión, viudo, con dos hijos, el idealista Pablo (Alberto Ferreiro) y la dulce e inquieta Victoria (Adriana Ugarte), organiza una fiesta en honor de su hija, recién vuelta a la residencia familiar tras varios años desterrada en un colegio femenino de Madrid. La razón: enamorarse de quien no debía. El culpable de ese amor prohibido es Ángel Ruíz (Rodolfo Sancho), un atractivo lugareño de condición humilde, hijo y hermano de mineros, enviado al seminario como castigo a su imperdonable osadía. El pecado: pertenecer a mundos demasiado diferentes.

Victoria y Ángel han permanecido en contacto durante todo ese tiempo a través de las cartas que cuidadosamente se han intercambiado, donde se prometían mutua espera. El reencuentro se torna rabia y dolor en Victoria al descubrir el (forzado) compromiso religioso de Ángel, pero la fuerza irracional del amor (y de Virginia Yagüe, la guionista y autora de la idea original) les ayudará a sortear cuanto obstáculo se interponga en su camino, un camino de complicadas trayectorias por lo visto en las dos primeras entregas.
"La trama está envuelta en una atmósfera acorde de planos y situaciones ampliamente expresivas, a lo que contribuye la armónica partitura musical y la cuidada ambientación"
Junto a la pareja protagonista, otros entornos estancos claramente descritos. El de Gonzalo, el marqués de Castro (Roberto Enríquez), tipo extraño, dueño por matrimonio de todas las tierras de la zona y con una ambición desmedida, capaz de llevar a cabo las mayores mezquindades e Irene (Anna Turpin), su esposa, mujer enfermiza y amargada al no lograr el deseado vástago; el de los mineros caldeando un ambiente ya de por sí encendido, en su lucha por conquistar unos derechos sociales y laborales que les son negados; el de los miembros del servicio de la residencia de los Márquez, desde Vicenta (Ana Wagener), la gobernanta, hasta Encarna (Lucía Jiménez) la criada recién llegada; el de la familia de Ángel; el de la guardia civil; el de la iglesia, representada en Don Enrique (Pedro Miguel Martínez), el hipócrita sacerdote del pueblo, sospechoso protector del joven seminarista, con recomendaciones tan rotundas como "si no te apartas de ella, te condenarás a la infelicidad. Entrégate a Dios"; el del casino, lugar donde se articulan las luchas de poder; el del prostíbulo...

Y todo ello enmarcado durante el reinado de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera, un período colmado de contradicciones y cambios. Euforia y explosiones de júbilo después de la primera gran guerra se transforman en crisis, inquietudes sociales y conflictos que se van intercalando con el devenir cotidiano de las vidas de unos personajes expuestos a los caprichos de la historia que les tocó representar. La trama está envuelta en una atmósfera acorde de planos y situaciones ampliamente expresivas, a lo que contribuye la armónica partitura musical y la cuidada ambientación.
Lo menos subrayable, la continuada fragmentación de las secuencias, lo que contribuye a ralentizar una acción ya de por sí pausada. La interpretación, coral, resulta equilibrada. El guión sigue el esquema de las novelas río, pero libre de sus ampulosidades y exceso en los diálogos, estando estos más al servicio del relato que al del deleite del papel.
De cuando en cuando, TVE nos regala lo que sus responsables definen como "las apuestas decididas por las series de calidad". Desde La saga de los Rius en 1976 hasta las más recientes Arroz y tartana (2003) o Las cerezas del cementerio (2005), otros seriales de corte similar se han ido sucediendo a lo largo de las últimas décadas, con resultados no siempre a la altura del producto. Sin embargo, parece que la "apuesta" arriesgadamente atractiva de La Señora ha conseguido su propósito a tenor de los datos medios obtenidos en sus dos primeros capítulos: un 18,9% de cuota de pantalla y 3.458.000 espectadores. No estaría nada mal que este tipo de producciones se "clonase".
Capítulos de La Señora:

Primera Temporada
Segunda Temporada
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