La ciencia ficción norteamericana, tanto literaria como cinematográfica, de los años cincuenta estuvo marcada por un concepto sólidamente implantado en la sociedad de la época: paranoia. Novelas como The Puppet Masters, de Robert Heinlein, donde la Tierra es invadida por alienígenas que ocupan los cuerpos de los ciudadanos, o el largometraje canónico en este apartado, el excelente La invasión de los ladrones de cuerpos, de Donald Siegel, popularizaron el ardid narrativo típico de estas parábolas ideológicas en clave fantástica; es decir, la aterradora imposibilidad de diferenciar en la vida cotidiana a los buenos de los malos, a los nuestros de los otros.
Por Antonio Trashorras

Con más de una década de retraso respecto a la pantalla grande, la televisión dio lugar a una serie que retomaba dicho sentimiento paranoico-social: Los invasores. Un arquitecto llamado David Vincent presencia de manera fortuita el aterrizaje nocturno de una nave espacial de origen extraterrestre (y la cosa no ofrece ninguna duda ya que se trata de todo un genuino e inconfundible platillo volante, con su clásica parafernalia de sonidos, luces y brillos variados). Por desgracia, cuando, a continuación, intenta comunicar a otros lo que ha visto, choca con la incredulidad y hasta la burla generalizada. A la mañana siguiente regresa al lugar pero, como era de temer, no encuentra prueba alguna que ratifique su historia. Sin embargo, lo que podría haber quedado en una anécdota impactante pero aislada se convierte en una desesperada lucha por su vida cuando descubre que los alienígenas son conscientes de que él fue el único testigo de su llegada y que no están ni mucho menos dispuestos a que vaya por ahí propagando la noticia. Poco a poco, mientras intenta escapar de sucesivos intentos de asesinato que indican a las claras que los recién llegados tratan de eliminarlo, Vincent irá juntando pedacitos de información sobre ellos que, finalmente, servirán para averiguar la terrible verdad que hay detrás de su incursión en la Tierra: en realidad esos seres son los habitantes de un planeta moribundo, y se encuentran aquí como avanzadilla de lo que, tarde o temprano, será una invasión en toda regla.
A partir de ahí Vincent emprenderá una desesperada cruzada cuyo objetivo radica en obtener de un modo u otro, pruebas irrefutables de que existen dichos conquistadores del espacio, todo ello sin dejar de evitar los frecuentes ataques de que era objeto por parte de aquellos. Las posibilidades de conseguir evidencias de la existencia de los extraterrestres resultan particularmente bajas por culpa de que la particular anatomía de éstos hace que, en cuanto mueren, sus cuerpos se desintegren sin dejar más rastro que un polvillo rojo. Eso sí, al menos existía un modo infalible de identificarlos, ya que las réplicas de cuerpos humanos con las que se confundían perfectamente entre nosotros tenían único, pero muy llamativo fallo: Eran incapaces de doblar el dedo meñique. Otra forma, menos inmediata, de reconocer a uno de esos invasores era someterlo a una inspección médica, en la cual el sorprendente resultado era que no podían detectarse latidos en el pecho, algo comprensible ya que, al fin y al cabo, esas criaturas no tenían corazón.
Tras algunos meses de pugnar en solitario contra esos enemigos, permaneciendo en un insostenible estado de paranoia respecto a toda persona con la que se cruzaba (al igual que en los clásicos antes mencionados "cualquiera podía ser un invasor"), las dos principales personalidades creativas de la serie, el productor Quinn Martin (años después padre de otros éxitos catódicos como Las calles de San Francisco) y su creador y guionista principal Larry Cohen (más tarde director especializado en filmes fantásticos de bajo presupuesto) decidieron conceder al protagonista algunos aliados en su lucha. Estos fueron un grupo compuesto por apenas siete personas que habían llegado al mismo descubrimiento que Vincent. El jefe de ese núcleo de elegidos era Edgar Scoville, dueño de una empresa de productos electrónicos que se incorporó en la serie como personaje fijo en 1967, y que, desde entonces, trabajó estrechamente junto a Vincent.
Resulta inevitable trazar un paralelismo entre Los invasores y El fugitivo, ya que en ambas series los protagonistas, en perpetua huida, se enfrentan permanentemente al acoso de sus enemigos, mientras ellos (presas y cazadores al mismo tiempo) también persiguen a los villanos, con el objetivo de desenmascararlos ante la sociedad. Ambas series son road movies, ambientadas casi siempre en perdidos pueblos de los EE.UU., y el principal rasgo argumental es la entrada y salida de diversos personajes episódicos que ayudan o entorpecen a los protagonistas.
Pese a ser una de las series más recordadas por los telespectadores españoles, lo cierto es que Los invasores no fue precisamente un éxito en su país de origen. De hecho, la serie obtuvo tan sólo una renovación y fue cancelada a la altura del capítulo 43, cuando se encontraba en su segundo año de emisión. Y es que el público norteamericano no tardó en cansarse de presenciar siempre el mismo esquema dramático y, ya durante el final de la primera temporada, comenzó a sufrir un notable desplome de audiencia. Por cierto, aunque visto hoy, no deje de resultar un burdo truco promocional, en su día el actor protagonista llegó a asegurar que durante la grabación de uno de los episodios él mismo había llegado a avistar un ovni. Por supuesto, en la vida real nunca quedó constancia de que nadie ni nada atentara contra la vida de Thinnes por haber contado eso. En 1995 Roy Thinnes, en categoría de invitado especial, volvió a luchar contra los alienígenas de pulgar inarticulado en un nuevo telefilme en dos partes, que continuaba (más o menos) la trama de la serie original.
Artículo publicado en el número 11 de KANE 3 (septiembre - octubre 2006)
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