El legendario jefe del crimen organizado Al Capone tenía un lema que le encantaba repetir ante sus acólitos: "Puedes llegar lejos con una sonrisa. Pero aún más lejos con una sonrisa y un revólver". En apariencia, Tony Soprano, tal vez el segundo gángster de ficción más famoso de todos los tiempos, tras el memorable Vito "Brando" Corleone de El Padrino, parece el resultado creativo de tomar al pie de la letra ese consejo del vitalista Capone, y mezclarlo tanto con el reconocible pathos de cualquier cabeza de familia sometido a presiones laborales, sentimentales, económicas y paternofiliales, como con la (¿postmoderna?) fragilidad mental mostrada por el mafioso encarnado por Robert de Niro en el divertido largometraje Una terapia peligrosa.

Por Antonio Trashorras
El desmenuzamiento (tanto en términos dramáticos como psicoanalíticos) de las muchísimas contradicciones internas y externas, de pensamiento, corazón y conducta, que caracterizan al personaje incomparablemente interpretado por el arrollador James Gandolfini en Los Soprano resulta, sin ninguna duda, la clave para explicar por qué nos hallamos, ante uno de los iconos catódicos más reconocibles e importantes de la última década, e incluso, quizá, frente a una de las figuras de ficción más logradas de toda la historia, ya sea en literatura, cine, televisión o cualquier otra forma narrativa.

Y es que el abrumador sustrato humano que David Chase, máximo responsable creativo de esta serie, ha sido capaz de conseguir a la hora de diseñar, en toda su dimensión arquetípica, un personaje tan rico como Tony Soprano tal vez sólo encuentre explicación a la luz de dos circunstancias fundamentales:
1) La libertad de que han gozado los guionistas para dar rienda suelta a una total falta de prejuicios, autocensuras o tabúes en la tarea de ordenar las muy heterogéneas piezas que componen el puzzle vital de su protagonista, a quien se trata siempre con el mismo respeto, ya sea en sus momentos más abyectos (en lo moral o criminal) como en aquellos otros, a veces cotidianos, a veces excepcionales, en los cuales se comporta de una manera pasmosamente digna, noble e incluso abnegada.
2) La enorme ventaja que para el notable talento fabulador de (y aglutinado por) Chase ha supuesto el poder disponer de horas y horas de pantalla destinadas a desarrollar relaciones entre personajes de una manera coherente y tejer tramas sin verse obligado a forzar los giros argumentales bajo unas restricciones temporales tan limitadores como las que suelen imponer los largometrajes comerciales al uso.
Verdadera filigrana capaz de conjugar el minucioso retrato pseudoconductista de esa figura central totémica y casi omnipresente que es Tony Soprano, con las exigencias estructurales impuestas por un modelo narrativo en buena parte coral, a lo gran mosaico, estamos ante una serie que justifica como pocas veces en la historia del medio el uso del término obra maestra. La extrema madurez narrativa evidenciada por Chase y su soberbio equipo de escritores queda al descubierto cuando, tras haber asistido a cualquiera de sus temporadas (por el momento seis), tratamos luego de localizar los dichosos giros, los subrayados dramáticos, esos nudos o pilares sobre los que se asienta el llamado arco narrativo de cada año.

Es entonces cuando comprobamos, a posteriori, libreta en mano, la modélica suavidad en la implantación de dichos momentos clave, el perfecto fluir de un relato que, sin evidenciar el menor ramalazo determinista, ni caer en fullerías efectistas, conjuga a la perfección naturalismo y causalidad, dirección firme y ocasionales digresiones temáticas verdaderamente enriquecedoras, que se dirían más propias del cine europeo que de la tradición serial estadounidense.
Ahora bien, más allá del reto arquitectónico a largo plazo que representa edificar un corpus narrativo como éste, por encima de su inapelable perfección técnica (pese a todo, no tan obviamente llamativa como en el caso de joyas de escritura más exhibicionista y, digamos, americana, como El ala oeste de la Casa Blanca de Sorkin), en términos puramente emocionales no cabe duda de que el gran hallazgo de Los Soprano ha sido esa potentísima capacidad para despertar la empatía (aunque no necesariamente la simpatía) de cualquier espectador ante las peripecias diarias de un personaje cuya dedicación al mundo del crimen, por un lado, marca decisivamente el desarrollo de su personalidad, mientras, por otro, comprobamos atónitos cómo, en numerosos aspectos de su vida íntima, tampoco le hace tan distinto a cualquiera de nosotros como pudiera parecer.
"Uno de los iconos catódicos más reconocibles e importantes de la última década, e incluso, quizá, frente a una de las figuras de ficción más logradas de toda la historia, ya sea en literatura, cine, televisión o cualquier otra forma narrativa"

Desde ese grisáceo New Jersey (tan cercano y tan distinto a la ebullición de la Gran Manzana), metido hasta el cuello en un ambiente de corrupción generalizada, autodecepciones, costumbrismo tragicómico, miserias familiares, declive de valores y sorda melancolía interna, el paisaje tanto físico como tonal por el cual llevamos años acompañando a Tony Soprano se parece muchísimo más al nuestro que el mostrado por los grandes hitos del gangsterismo fílmico, desde El Padrino hasta Uno de los nuestros, pasando por Érase una vez en América.
Hay capítulos, instantes inolvidables que tras su visionado difícilmente le dejan a uno las neuronas y las entrañas colocadas de la misma manera que antes de asistir a ellos: ese increíble episodio del primer año en el cual Tony Soprano, en pleno viaje con su hija adolescente (Jamie-Lynn Sigler), prepara y ejecuta un asesinato, mientras en paralelo cierra los detalles del alojamiento de aquella en su futura residencia universitaria; aquel oblicuo, perversamente metafórico adulterio de la enorme Carmela Soprano (Edie Falco), mediante nada menos que una eucarística polisemicamente fálica, con el inquietante párroco de la comunidad italiana; ese otro, guinda final de la tercera temporada, que concluye con la desoladora canción napolitana Cuore ingrato cantada desde las mismas tripas por el anciano tío del protagonista, Corrado "Junior" Soprano (Dominic Chianese), rotunda encarnación de la decadencia del gángster otrora poderoso; la grotesca, humillante azotaina propinada por Tony al político con quien realiza lucrativos chanchullos inmobiliarios por haberse atrevido a emparejarse con su ex amante rusa (Oksana Lada); y tantos, tantos más...

En términos de impacto en la evolución del panorama de la ficción televisiva en Estados Unidos desde finales de los noventa hasta ahora mismo la influencia objetiva de Los Soprano resulta tan decisiva que seguramente no pueda ser medida con total justicia hasta que no pasen algunos años. Existe un claro antes y después en la producción de series norteamericanas de contenido, digamos, maduro, desde que el canal de pago HBO fue recompensado con el éxito tras apostar por un producto tan inusual en su momento (1999) como éste.
Sin Los Soprano no habrían existido series tan ambiciosas a nivel dramático como A dos metros bajo tierra, Angels in America, Carnivale o Deadwood, estandartes todas ellas de esa nueva ficción televisiva que los escritores defienden con orgullo (y razón) ante el progresivo descenso de contenidos del Hollywood moderno.
En suma, sin la garantía de que existía público suficiente (aunque fuera mediante la suscripción a canales de cable) para consumir teleseries tan alejadas del adocenamiento como la de David Chase, hubiera sido del todo imposible esta suerte de Edad Dorada de la pequeña (aunque cada vez menos) pantalla en que actualmente vivimos inmersos; una situación difícil de imaginar hace apenas una década, cuando creadores como, por ejemplo, Shawn Ryan (The Shield), David Simon (The Wire) o Ryan Murphy (Nip/Tuk) no habrían tenido la menor oportunidad de sacar adelante sus proyectos marcados por la ambigüedad moral, la violencia (física y emocional) y la aridez temática.
"Potentísima capacidad para despertar la empatía de cualquier espectador ante las peripecias diarias de un personaje cuya dedicación al mundo del crimen, por un lado, marca decisivamente el desarrollo de su personalidad, mientras, por otro, comprobamos atónitos cómo, en numerosos aspectos de su vida íntima, tampoco le hace tan distinto a cualquiera de nosotros como pudiera parecer"

Ahora mismo, Los Soprano se encamina a su final, el cual, vista la evolución siempre ascendente de las últimas temporadas, promete ser glorioso. HBO anunció recientemente que, además de los doce episodios planeados para su regreso en marzo de 2006, se grabarán posteriormente otros ocho destinados a constituir entre todos ellos un gran último arco argumental (sin llegar a considerarse séptima temporada), la guinda perfecta para todos estos años repletos de excelentes historias, buenas críticas y premios Emmy (entre ellos el de Mejor Serie Dramática en 2003). Si bien en su día ya se anunció que el quinto sería el año final, ahora sí que David Chase parece dispuesto a cerrar su gran obra catódica con esta sexta temporada extendida, que, de paso, colocará a James Gandolfini como entre los actores mejor pagados de toda la historia del medio.
Este final viene en un momento curioso, ya que hace pocos meses HBO logró vender la serie a un canal en abierto, A&E, por alrededor de 200 millones de dólares. Esto implicará, por un lado, que la serie llegará a partir de ahora a un público mucho más mayoritario, y, por otro, que desgraciadamente las autoridades reguladoras y los anunciantes podrán tener una opinión decisiva sobre sus contenidos. En un ambiente en que la televisión de pago se hace cada vez más audaz, mientras el mainstream coquetea peligrosamente con la censura y el conservadurismo, el presidente de A&E ya declaró que varios episodios serían editados (léase, cortados) a fin de "satisfacer los patrones de nuestra emisora".

A pesar de su condición de obra de culto, lo cierto es que Los Soprano llegó en su última temporada a unos 30 millones de hogares, mientras que el público potencial de A&E se estima en alrededor de unos 88 millones de norteamericanos.
Lo que resulta en verdad deprimente es que para ampliar su radio de acción esta obra maestra deba ceder a la mutilación impuesta por el sector más reaccionario de la industria televisiva estadounidense.
Casi mejor que acabe ya, antes de tener que asistir en años venideros a una posible versión descafeinada y sin mordiente de tan irreductible serie.
Número 4 de Kane3
(enero 2006)
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