Después de estrenar sus dos largometrajes El segundo nombre y Romasanta, Paco Plaza prueba la experiencia de la televisión. Es uno de los directores elegidos para el nuevo ciclo de Tv. movies Películas para no dormir que ha producido Filmax y que Tele 5 emitirá el año próximo. Un homenaje a la vieja serie de Chicho Ibáñez Serrador Historias para no dormir que trata de actualizar temas y ambientes, pero que busca el mismo propósito: dar mucho miedo. Directores como Alex de la Iglesia, Enrique Urbizu, Jaume Balagueró, Plaza o el propio Ibáñez Serrador nos ofrecerán una serie de filmes con una producción muy superior a lo habitual en la pequeña pantalla. Trabajos que merecerían un mimo especial por parte de Tele 5, ya que pueden ser el primer paso para combatir tanta indigestión de sitcoms y la prueba palpable de que hay vida más allá de las casas de vecinos. En la última edición de la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, Paco Plaza presentó su episodio, Cuento de Navidad, la historia de una pandilla de niños que viven en aquellos ¿felices? ochenta y cuya arcadia se ve alterada por la aparición de una peligrosa atracadora de bancos. Un relato cruel y divertido a la vez con el que se demuestra que, con películas de encargo, también se puede ser tremendamente personal.

Roberto Cueto
—¿Cómo te viste implicado en el proyecto de Películas para no dormir?
—El proyecto surgió de Filmax, que quería potenciar su producción para televisión. Pensaron en una serie de terror, y claro, el referente en España siempre ha sido Chicho Ibáñez Serrador. Nos ofrecieron hacer una película a una serie de directores y todos dijimos enseguida que sí. Y está el propio Chicho, porque teníamos claro que había que contar con él. En principio consideramos la posibilidad de que hubiera un denominador común entre las películas, algo como que todas transcurrieran en la misma casa en diferentes épocas o algo así. Pero al final preferimos que cada uno hiciera lo que más le interesara. Eso sí, teníamos reuniones donde aportábamos ideas, nos pasamos nuestros respectivos guiones y todos sabíamos lo que iba a hacer el otro.
—Supongo que no llegaste a ver en su día la serie original, porque eres muy joven...
—No, claro. Yo a Chicho lo tengo asociado a Mis terrores favoritos, que es lo que a mí me "pilla" por generación. No puedo olvidar películas como El increíble hombre menguante o No profanar el sueño de los muertos con aquellas presentaciones que él hacía. Era el Hitchcock español, y yo siempre lo identifiqué con esos clásicos que descubrí entonces. No vi Historias para no dormir hasta que se editó en DVD, y también he recuperado ahora La residencia y ¿Quién puede matar a un niño?, que me parecen fascinantes.

—¿De dónde surgió la idea para Cuento de Navidad?
—Siempre he sido fan de las películas con niño, aunque todo el mundo diga que no funcionan en taquilla. El guionista Luiso Berdejo y yo vimos la oportunidad de hacer una película con niños un poco al estilo de Los Goonies o Cuenta conmigo. Es una pandilla de niños españoles, pero sus referentes son anglosajones porque en los ochenta las cosas eran así. Mi generación no se identifica para nada con el Jabato o el Capitán Trueno, sino que lo que veíamos era V, El equipo A y Karate Kid, como en la película. Hay gente que me ha achacado eso, que los referentes no son españoles, pero es que era así.
—Bueno, la presentación de los niños en sus bicis parece un homenaje a Verano azul...
—Más que a la serie en sí, a esa idea de las pandillas de bicis, que es algo que todos vivimos en esa época y, no sé, tengo la sensación de que ahora se ha perdido. Aquellas vacaciones tan largas, sin nada que hacer... Los chavales de hoy se divierten de otra forma, tienen muchos más estímulos.
—Incluso uno de los niños de tu película se llama Tito...
—¡Claro, Tito y Piraña! Pues te aseguro que no iba por ahí. En realidad era un homenaje a un amigo nuestro que se llama así.

—Tus protagonistas no paran de ver la tele y, de alguna manera, aplican lo que ven en ella para comprender el mundo que los rodea, para actuar en él. Y lo curioso es que esa guía termina siéndoles de utilidad. ¿Una reivindicación de la cultura popular?
—Más que reivindicación es una constatación. Eso que dices no era algo intencionado, surge más bien de la sinceridad con que nos planteamos la historia. Esos chicos son los miembros de una generación muy precisa, que fue la que se crió con la tele y el VHS. Antes estuvo la generación de los cinéfilos de cineclub y ahora vivimos la época del DVD e Internet, pero yo pertenezco sin duda a la de La guerra de las galaxias, Galáctica y V. Creo que hay que asumirlo y quitarse las caretas: me pueden gustar muchísimo Mizoguchi, Bresson y Louis Malle, pero mi educación sentimental se produjo con el cine de la Amblin. Los guiños que hace la película son algo más que homenajes, son una constatación de nosotros mismos. En cierta forma, es una película autobiográfica. Creo que es muy honesta con cómo éramos realmente de pequeños y eso hace que la gente de mi edad se identifique enseguida.
"Los retratos de la infancia que da el cine son muy poco creíbles en general, y en el caso del cine español es muy sangrante"
—Pero la película tiene un toque muy siniestro, la visión de la infancia no es nada bucólica, sino un pelín perversa. Los niños tienen un importante lado oscuro. Cuento de Navidad me recuerda a una película de 1961 dirigida por Bryan Forbes y titulada Cuando el viento silba...
—¿En serio? No recuerdo haberla visto. Descubrimos a posteriori que la nuestra también tenía más de un punto de contacto con La piel que brilla, y claro está Los 400 golpes. Compartimos con ella una visión poco edulcorada de la infancia, pero yo no creo, como tú dices, que sea algo perverso. Yo creo que es tierna y realista. El niño es irresponsable e inconsciente, no prevé las consecuencias, actúa con toda naturalidad. No es inmoral, es amoral. Y esa falta de moral proviene de una escasa experiencia. Luiso y yo nos esforzamos mucho en que nuestros niños no hablasen ni actuasen como adultos, intentamos ponernos a su nivel y hacer que la narración funcionara por lógica infantil: si ellos piensan que un personaje es un zombi, hacemos que ese personaje sea realmente un zombi.

—Es cierto que los niños de Cuento de Navidad tienen una credibilidad rara de encontrar en los retratos que el cine español hace de la infancia.
—Los retratos de la infancia que da el cine son muy poco creíbles en general, y en el caso del cine español es muy sangrante. Da la sensación de que esos guionistas y directores nunca han sido niños, porque la suya es una visión nostálgica e idealizada de la infancia desde la edad adulta. A los niños se les dan valores que nunca tuvieron en esa época de su vida. Y creo que el acierto del guión de Luiso es mostrar a unos niños que realmente son niños, no adultos disfrazados.
—¿Y es tan terrible trabajar con niños, como decía Hitchcock?
—Esa frase de Hitchcock me la ha repetido todo el mundo, pero me parece una tontería. Estoy deseando repetir la experiencia de trabajar con niños. Aún no se han desligado del mundo de la imaginación y la fantasía, esa relación que perdemos cuando llegamos a la supuesta madurez. Los chavales tenían mucha más disponibilidad que los adultos y estuvimos tres meses de ensayo, que es todo un lujo. Para mí era muy importante que fueran amigos en la vida real, fuera de la pantalla, porque sólo así se podía producir la química entre ellos en el rodaje. Si ves Irreversible te darás cuenta de que las escenas de amor entre Vincent Cassel y Monica Bellucci son tan convincentes porque ellos son pareja en la vida real. Yo quería lograr algo así, que la amistad se notara en sus miradas, en su forma de relacionarse y moverse. Gran parte de los ensayos fueron actividades fuera de los platós: hacían excursiones y muchas cosas juntos, vieron películas como Karate Kid, que, por supuesto, no conocían... Ahora todos ellos se han hecho muy amigos y siguen quedando.

—Otro aspecto muy trabajado de la película es esa ambientación ochentera, muy creíble.
—Eso es mérito de nuestra directora de arte, Gemma Fauría, que hizo un trabajo espléndido. Había que buscar un montón de objetos de la época, como las panteras rosas que se comen los niños o un Simón que funcionara. Tuvo que hacer una labor de investigación a través de coleccionistas o los propios fabricantes, que nos proporcionaron mucho material.
—Pese a todo, Cuento de Navidad es una historia muy cruel, nada complaciente con el espectador. ¿Cómo aceptará esto la cadena y los espectadores?
—Si una cadena apuesta por una serie como Películas para no dormir tiene que llegar hasta el final: son relatos de miedo y son crueles. Es verdad que tiene un punto muy cruel, pero nadie nos puso trabas ni limitaciones, tuvimos total libertad. No hay que olvidar que, aunque los protagonistas sean niños, es una película para adultos. O para niños con padres muy permisivos, como fue mi caso. No sé si es una película para gente de 30 años o para niños, pero sé que es la película que me hubiera encantado ver cuando tenía 11 años.
—Si la aceptación de la serie es buena, ¿te gustaría repetir?
—Me encantaría. Se barajan muchas posibilidades en el caso de que haya continuidad: llamar a nuevos directores, hacer remakes de episodios clásicos de Chicho... La repercusión de la televisión es mucho mayor que la del cine. Piensa que el que una película española consiga un millón de espectadores es casi imposible, pero si una serie no supera los cuatro millones se considera un fracaso. Y creo que en televisión se están haciendo series mucho más arriesgadas temáticamente que en el cine de hoy: Dos metros bajo tierra, Perdidos, Los Soprano... En España hace falta que empecemos a hacer televisión de calidad, y esta serie puede ser una punta de lanza. Para mí ha sido una experiencia estupenda, porque me ha obligado a trabajar de una manera totalmente diferente que cuando lo hago para cine.

—¿En qué sentido? Porque la factura de la película es impecable, sería perfectamente proyectable en una sala de cine...
—Pero la televisión te obliga a plantearte el guión y la realización de una forma muy diferente. El espectador de televisión no está concentrado al cien por cien como el de cine, se distrae con muchas cosas, se levanta para ir al baño, coge el teléfono... El ritmo de la película ha de ser más rápido y la información mucho más clara. Nosotros intentábamos explicar las cosas tres veces, por si alguien se había perdido algo y se reenganchaba más adelante. Pero había que hacerlo sin ser redundante, de manera muy sutil. Luiso y yo tuvimos que hacer una serie de cosas que nunca hubiéramos hecho si nuestra película fuera a proyectarse en una sala de cine. Lo cierto es que he aprendido mucho haciendo esta película.
Artículo publicado en el número 3 de Kane3 (diciembre 2005)
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