Mientras en nuestro país un género como la sitcom (tan viejo como la misma televisión) se sigue considerando de alto riesgo (¿construir un plató para sólo grabar un día a la semana?, ¿tener público en directo?... ¡Por favor!) EE.UU. está reemplazándola por un nuevo tipo de comedia que poco tiene que ver con su predecesora y que lleva la ficción de 20 minutos por caminos tan nuevos como apasionantes.
Por Nacho Cabana

En temporadas recientes se han ido terminando todas las sitcoms históricas que suponían valores seguros para las cadenas que las programaban. 2004 vio finalizar Frasier (tras 265 capítulos), Seinfeld (181) y Friends (238). Un año después Everybody loves Raymond se despidió de sus espectadores con el capítulo 210. Las networks empezaron a buscar sustitutos a estos clásicos. Pero ni Joey (el spin off de Friends) ni Two Men and a Half (con Charlie Sheen) lograron convertirse en el reemplazo que las cadenas intentaron que fueran.
Al mismo tiempo, en HBO triunfaba Sex and the City una comedia algo más larga (30 minutos) que las sitcoms y que estaba rodada como si fuera un drama. Es decir, había exteriores, figuración, voz en off, se prescindía del público en directo y de la multicámara. Y las networks acudieron a este formato triunfador para sacar a la comedia de su crisis.
Así, aunque hoy en día se siguen produciendo sitcoms (Hot Properties, Four Kings) ahora son series como Me llamo Earl o Todo el mundo odia a Chris las que marcan el rumbo en la televisión en abierto estadounidense.
Me llamo Earl es algo así como el reverso oscuro de clásicos tan infames como Autopista hacia el cielo. Earl (interpretado por Jason Lee, actor fetiche de Kevin Smith) es un pobre ladronzuelo de la América profunda que un día descubre el karma. En los frenéticos primeros 15 minutos del episodio piloto vemos como Earl roba el interior de un coche, se enrolla en un bar con la que será su mujer sin darse cuenta de que está embarazada de 7 meses, se casa con ella, tienen un segundo hijo (negro), su esposa le deja por el camarero del bar en el que le conoció (casualmente, negro también), le toca un billete de lotería, es atropellado por una anciana, pierde el boleto y ve en televisión un programa en el que el presentador dice "haz cosas buenas a los demás y a ti te pasarán cosas buenas". O sea, la definición de karma para nuestro héroe. Fascinado por esta revelación, Earl (siempre acompañado por su hermano Randy y Catalina, la hispana que limpia en el motel de medio pelo en el que viven) decide elaborar una lista con las 200 personas a las que ha agraviado en la vida. Piensa que ayudándolas, su estrella cambiará. Y así sucede. Earl recupera el billete de lotería premiado y cobra los 100.000 dólares del premio.

Lo mejor del personaje de Earl es que actúa por puro egoísmo. No es un ángel altruista que quiere la felicidad de los demás, sino que actúa únicamente en beneficio propio, para mantener los beneficios que le proporciona su particular interpretación del karma. Que eso complique la vida a los supuestos beneficiarios de su bondad más que solucionársela es otro tema.
Aunque no se atiene a un formato muy rígido, cada episodio de la serie cuenta el agravio que Earl infringió a un personaje en el pasado y lo que hace en el tiempo presente para ayudarle. Ni que decir tiene que esa ayuda desinteresada se convierte a menudo en una pesadilla para el presunto beneficiario. Los personajes episódicos constituyen por sí mismos una galería de freaks representativos de la América profunda: una Hells Angel con pasión por los pic-nics y el color rosa, un psicópata que cumplió condena por un delito cometido realmente por Earl y que descubre en la cárcel el poder de la Biblia, etc.
Creada por Gregg García, Me llamo Earl está rodada al estilo de los hermanos Cohen de Arizona Baby (grandes angulares, estética de dibujo animado) y recurre constantemente a flashbacks y flashforwards a veces con intenciones narrativas, a veces únicamente para hacer un gag (un poco al estilo de Woody Allen). La voz en off del propio Earl puntúa las acciones y la imagen se congela en momentos críticos para así subrayar los chistes de la voice over.

Desde el punto de vista de la producción, Me llamo Earl está rodada casi por completo en exteriores naturales. Olvídense de la cuarta pared. El motel y sus alrededores son las principales localizaciones por las que se desarrollan las desventuras de los protagonistas. Sólo hay tres personajes que aparezcan en todos los episodios más un par de ellos (la ex mujer y su marido) que aparecen frecuentemente. Los episódicos a los que ayuda Earl a menudo son reutilizados en capítulos posteriores y con cometidos secundarios.
Bastante más conservadora, aunque con elementos comunes a Me llamo Earl, es Todo el mundo odia a Chris (sólo el título es ya una declaración de intenciones). Creada por Chris Rock, el popular showman americano se encarga también de poner la voz en off a lo que podría ser una visión de su infancia en el Brooklyn de 1982. Es algo así como una versión afroamericana de Aquellos maravillosos años con toques de Malcom in the Middle. Comparte con Me llamo Earl idéntico uso de flashbacks y flashforwards y una omnipresente voz en off, aunque estilísticamente es más tradicional y se desarrolla principalmente en decorados. Como elemento novedoso, decir que los padres del protagonista en ocasiones se comunican... por subtítulos.
Ambas series han sido un éxito rotundo para las cadenas que las emiten. NBC renovó Me llamo Earl tras la emisión del tercer episodio (una media de 12 millones de espectadores), Todo el mundo odia a Chris se ha convertido en el mayor éxito en la historia de UPN, una network de segunda división que jamás había experimentado el placer de ver cómo una de sus ficciones llega a los 8 millones de espectadores, dejando por cierto en la cuneta a... Joey.
El mes que viene hablaré del camino que han tomado las comedias en las cadenas de la televisión por cable tras la finalización de Sex and the City.
Artículo publicado en el número 7 de KANE 3 (abril 2006)
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