Rumbo a lo desconocido: Miedo desde el sofá - television | Kane 3

Rumbo a lo desconocido: Miedo desde el sofá

"No le pasa nada a su televisor. No intente ajustar la imagen. Nosotros controlaremos la próxima hora. Siéntese tranquilamente para que podamos decidir todo lo que vea y oiga. Está usted a punto de experimentar el terror y el misterio que le conducirán... Rumbo a lo desconocido". Recitada en un tono de voz grave, y salpicada de un incómodo zumbido sobre una pantalla parpadeante, esta ominosa parrafada, citada y parodiada desde entonces hasta la saciedad, era lo que los telespectadores de mediados de los años sesenta se encontraban al comienzo de cada episodio de la mítica serie The Outer Limits (titulada en España Rumbo a lo desconocido).

Por Antonio Trashorras

Algo del humor macabro de Orson Welles (quien, recordemos, había aterrorizado Estados Unidos con su broma-experimento radiofónico a costa de La guerra de los mundos) palpitaba en tan contundente arranque, el cual, al menos durante las primeras semanas de emisión, causó un profundo impacto en buena parte de la audiencia norteamericana. El sello Welles no dejaba de resultar comprensible, ya que al fin y al cabo, detrás de The Outer Limits se encontraba, como creador y productor ejecutivo, Leslie Stevens, discípulo aventajado del ex niño prodigio del cine americano durante sus años al frente del Mercury Theatre. Tras aquella experiencia junto a Welles, cuando Stevens no era más que un adolescente, siguieron varios años durante los cuales éste se centró en la escritura teatral (sobre todo musicales), capítulos de series de televisión y algún que otro largometraje. Por fin, a los 39 años, Stevens crearía su propia compañía de producción, Daystar, plataforma desde la cual trató de vender conceptos originales a las cadenas televisivas norteamericanas. El primero de los proyectos presentados por Stevens, y concebido con la inestimable ayuda de su amigo Joseph Stefano (quien años antes había firmado el guión de Psicosis, de Alfred Hitchcock, a partir de la pedestre novela de Robert Bloch), fue The Outer Limits, una teleserie fantástica, compuesta por historias autoconclusivas, claramente inspiradas en tono y forma por la exitosa The Twilight Zone (Dimensión desconocida) de Rod Serling, que desde 1959 llevaba fascinando (y, a veces, aterrorizando) a los televidentes.

No obstante, frente a la vocación pedagógica y el tono general de "sentido de la maravilla" característicos de The Twilight Zone, en esta nueva serie Stevens y Stefano optaron por una línea más centrada en el miedo puro, en el shock encaminado a sacudir al público, en lugar de estimular la imaginación con ideas sacadas de lo más audaz de la ciencia ficción del momento. Así, por decirlo de algún modo, The Outer Limits se convirtió en la alternativa dura a Twilight Zone, su descendiente encallecido y fundamentalmente centrado en alimentar, a partir de un material puramente fantástico, los miedos más enraizados no sólo en la sociedad estadounidense de aquella época (la paranoia, la desconfianza hacia el progreso, los vecinos distintos, etc.), sino en el propio ser humano. Es decir, aunque hoy día también pueda ser contemplada de igual forma en que analizamos muchas monster movies de los cincuenta y sesenta (a saber, en clave de metáfora sociopolítica, con aquellos grotescos seres que representaban amenazas comunistas de índole interna o externa), The Outer Limits, en cambio, trasciende también dicho nivel de lectura, al presentar una atmósfera de genuina amenaza permanente, y unos horrores de índole menos coyuntural, más universales y arraigados en el inconsciente humano.

Un televidente actual, revestido de capas y capas de ironía, es comprensible que esboce una sonrisa al toparse con aquella sucesión de alienígenas de plástico y horrores de tela y cremallera, con aquel ocurrente y meritorio expresionismo de saldo en la puesta en escena (apreciable la labor tras la cámara de artesanos como Gerd Oswald o Byron Haskin), si bien no debemos albergar la menor duda de que, para el espectador de entonces, semejante desfile de argumentos chocantes, y, en el fondo, pesimistas, constituía un motivo más que sobrado para, al menos, tener una pesadilla semanal. Y es que no fueron sólo los monstruos (llamados por el propio Stefano "osos", en sarcástica alusión al viejo recurso del vodevil de sacar al escenario a un cómico disfrazado de oso cuando la intensidad del espectáculo parecía declinar), precariamente materializados con el enclenque presupuesto disponible, lo que más impresionó a los telespectadores de entonces, sino quizá aún más las deprimentes visiones del futuro, el humor en ocasiones negrísimo esgrimido por los guionistas y los finales casi siempre de lo más amargo.

Además de Stefano, quien pronto se convirtió en el principal guionista de la serie, destacaron otros nombres en el apartado literario como los prestigiosos escritores de ciencia ficción Clifford Simak y Harlan Ellison (firmante del, para muchos, mejor episodio de la serie: Demon with a Glass Hand), o el futuro autor de Chinatown Robert Towne. En el apartado interpretativo es obligado mencionar la presencia, en calidad de actores ocasionales, de futuros nombres clave de la televisión en décadas posteriores como Robert Culp (Yo soy espía), David MacCallum (Misión Imposible), William Shatner (Star Trek), Adam West (Batman) o Martin Landau (Espacio 1999), así como alguno que otro destinado a dejar su impronta en la gran pantalla (Robert Duvall, Cliff Robertson, Donald Pleasence, Bruce Dern...).

"Si la ciencia ficción envejece no sólo es por el imparable progreso de la tecnología, sino también (y sobre todo) porque las puntuales visiones del futuro que casi todos los autores nos van ofreciendo, no suelen ser más que (ingeniosas, sí, pero muy limitadas en lo conceptual) prolongaciones del presente, de ahí que casi todas se vean condenadas a pasar de moda"

Aunque con el paso de los años The Twilight Zone (por lo demás, obra maestra donde las haya) se haya erigido en la referencia fundamental a la hora de glosar la tradición fantástica en la pequeña pantalla, lo cierto es que la huella dejada por The Outer Limits no resulta en absoluto menor a aquella. La prueba de ello es que en muchos de los grandes momentos de la cultura popular de los últimos años es posible rastrear la presencia de ideas procedentes de algunos capítulos particularmente memorables de la serie de Stevens y Stefano. Por ejemplo, en el episodio titulado Los arquitectos del miedo, un grupo de intelectuales idean el modo perfecto de lograr la paz mundial: unir a toda la especie humana ante la amenaza común de una falsa invasión extraterrestre. Uno de ellos resultará seleccionado para convertirse en dicho enemigo alienígena, y, mediante espantosos procedimientos quirúrgicos y químicos, su cuerpo experimentará una mutación que será presentada ante el mundo como prueba irrefutable de la invasión. Semejante idea es exactamente la misma que de la que se sirvió el guionista Alan Moore para concluir su monumental comic Watchmen, el cual, a su vez, es hoy reconocido como una de las obras más influyentes en la cultura popular de las últimas dos décadas.

Por su parte, James Cameron, quien al igual que Moore era un crío cuando The Outer Limits se emitió por primera vez, también recuperó (digámoslo eufemísticamente) en Terminator no sólo la trama sino incluso ciertas imágenes de su película del episodio Soldier, escrito por Harlan Ellison, que relata la llegada a nuestra época, procedente del futuro, de un letal robot con forma humana dispuesto a cumplir una misión decisiva para el destino del planeta. Si bien estas dos apropiaciones constituyen tal vez la muestra más evidente del poder de algunas de las ideas presentes en la serie original, no obstante, basta con recorrer con lupa buena parte de la producción fílmica perteneciente al género fantástico desde los setenta hasta nuestros días, para apreciar numerosos casos similares. No resulta nada exagerado afirmar que, desde la modestia de las 625 líneas, Stefano y demás estaban propagando por toda Norteamérica la materia prima gracias a la cual, décadas después, Hollywood lograría apuntalar su imperio merced a la afluencia de un público de edad cada vez menor, y determinados cineastas consagrados a la modalidad más imaginativa del cine (Spielberg a la cabeza, claro) se convertirían en gurús mediáticos y modeladores de gustos narrativos de varias generaciones.

Podríamos concluir diciendo que si la ciencia ficción envejece no sólo es por el imparable progreso de la tecnología, sino también (y sobre todo) porque las puntuales visiones del futuro que casi todos los autores nos van ofreciendo, no suelen ser más que (ingeniosas, sí, pero muy limitadas en lo conceptual) prolongaciones del presente, de ahí que casi todas se vean condenadas a pasar de moda.

"Muchos de los grandes momentos de la cultura popular de los últimos años es posible rastrear la presencia de ideas procedentes de algunos capítulos particularmente memorables de la serie de Stevens y Stefano"

Es cierto, desde luego, que el siniestro panorama que ofrecía The Outer Limits en su época hoy nos resulta inevitablemente romo; aquellas viscosidades tentaculares, aquellos reptiles gelatinosos, seres ciclópeos con tenazas de cangrejo y cuerpos de gorila... en definitiva, aquellos entrañables "osos" del espacio, perdida la inocencia como espectadores, tienden a ubicarse en nuestra actual percepción, como decíamos, o bien en el terreno de la nostalgia cómplice, o en el de la resabiada ironía postmoderna. Eso sí, aquella turbia noción de la realidad como enfangado campo de juego de las más oscuras e inesperadas fuerzas del universo, un paisaje de difusa causalidad donde el sentido y hasta la moralidad parecen escurridizos, y, en último término, la voluntad de afrontar ciertos espantos irrepresentables, son conceptos que sí han resistido perfectamente el paso del tiempo. Lo envejecido y superado puede ser la visualización, pero en el mejor género fantástico son las abstracciones las que permanecen activas durante mucho más tiempo. Las rupturas formales pueden periclitar, pero, y aquí radica buena parte de la contemporánea incomprensión por parte del profano, el género trata, en esencia, de transgresiones conceptuales, de enfrentarnos de manera vicaria con lo que no puede (ni debería) ser visto, pensado, imaginado siquiera; con lo otro en el sentido más terroríficamente puro. En abstracto.

En su día, Rumbo a lo desconocido logró todo esto, y elevando la cabeza por encima de las miserias de producción, el famélico estado de la técnica, y su innegable ingenuidad dramática y puntual recurso al populismo, todavía hoy puede llegar a inquietarnos, agitar alguno de esos vagos miedos universales que siempre seguirán ahí, dentro de todos nosotros, vivos... y tentaculeando.

Artículo publicado en el número 4 de KANE 3 (enero 2006)

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