Yo soy Bea: El ¿arte? de la vuelta de tuerca - television | Kane 3

Yo soy Bea: El ¿arte? de la vuelta de tuerca

Hace tiempo que estoy convencido de que no existe la telebasura. Me parece que se trata de un término antiguo, propio de una era primaria de la televisión, hijo de la pereza analítica y padre de prejuicios empobrecedores. Hoy creo más en el concepto de espectadorbasura, que es aquel que entiende la televisión no como un entretenimiento, no como una ventana al exterior, no como un pasatiempo, no como una fuente de cultura o información, sino como un narcótico. Nunca fue útil beber para olvidar ni engancharse gratuitamente a ninguna sustancia, tampoco a la televisión. En este sentido, abomino de partida contra la idea en sí misma y, por tanto, me parece que merece la pena detenerse en la racionalización de todo lo que ocurre en la pequeña pantalla, incluso de lo más aparentemente incomprensible. Bajo este prisma, el éxito mundial de la serie Yo soy Bea (en España), Yo soy Betty, la fea (Colombia, la original), Betty la fea (Ugly Betty; EE.UU.) y demás réplicas en diversos países, requiere al menos una cierta reflexión, aunque sea para llegar a algunas conclusiones más o menos previsibles.


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Enrique Pérez Romero

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El objetivo de estas líneas es la serie española que, hasta el domingo 8 de junio de 2008 en que se produce la transformación física de la protagonista, ha desgranado durante más de 470 capítulos lo que la original colombiana en 168 episodios, es decir, la tercera parte. Ésta es sólo la primera de muchas diferencias que, en definitiva, impiden englobar bajo parámetros generales el éxito de la serie en sus diversas nacionalidades. La historia de la chica inteligente de familia modesta que sufre mil humillaciones por su aspecto físico y que, finalmente, logra pasar de ser patito feo a bello cisne, casándose con el hombre de sus sueños y logrando el éxito profesional, está, sin duda, en el imaginario colectivo, y éste es el primer elemento del impacto. Pero quedarse en eso sería insuficiente, remolón, fácil, inservible.


Hay que empezar diciendo que Yo soy Bea es una serie técnicamente muy deficiente; hablo aquí de dirección de arte, de fotografía, de montaje, de sonido..., y en algunos casos también de guión, de interpretación y, por supuesto, de puesta en escena. Se trata de un producto televisivo pobre, realizado con una celeridad que se evidencia en la multitud de fallos que se pueden rastrear a lo largo de toda la serie, un relato construido para lograr la máxima rentabilidad, es decir, mucho beneficio con escaso coste. Sin embargo, sería injusto generalizar esa opinión a la totalidad de sus capítulos, momentos, personajes y profesionales que han trabajado en ella.

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En estas breves líneas no es posible ensayar una exhaustividad en el análisis completo de 476 capítulos (aproximadamente 280 horas de ficción), pero trataré de desgranar lo más relevante. Decir que Yo soy Bea es "uno de los peores y más rentables engendros de la mala televisión española" (Hernán Casciari; Suplemento EP3 del Diario El País, página 5; 20/06/08) resulta sencillo, reconfortante y seguramente muy popular, pero bastante estéril y decididamente gratuito; cuando uno ha visto una parte importante de la serie completa, se ve incapaz de realizar una afirmación tan taxativa, por globalmente injusta y arbitraria, aunque existan en el fondo argumentos de peso para realizarla, como ya he afirmado al principio de este párrafo.

La actitud de Telecinco

De entre lo peor que nos ha ofrecido la serie de Telecinco, está sin duda la actitud de los programadores de la cadena. Esa actitud, irrespetuosa con sus espectadores y especialmente con los más fieles, culminó el pasado viernes 20 de junio, con la emisión del capítulo estelar en el que se casaban Bea (Ruth Núñez) y Álvaro (Alejandro Tous); el capítulo de la boda estaba previsto que comenzara a las 22:30 h. de la noche de ese viernes, pero los programadores del canal de más éxito de este país no alcanzaron a ver la posibilidad de que el partido de cuartos de final de la Eurocopa 2008, entre Croacia y Turquía, que comenzaba a las 20:45 h., en Cuatro, pudiera llegar a la prórroga e incluso a los penaltis; así que, ni cortos ni perezosos, fueron alargando el episodio correspondiente de Escenas de matrimonio hasta que el último fallo de los croatas desde el punto de penalti dio por finalizado el encuentro, momento exacto en el que Telecinco terminó con el atracón de publicidad y dio paso al episodio del casamiento.

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Una actitud que sólo puede calificarse de vergonzosa, que supone una falta de respeto al espectador y que dio con el comienzo de la serie a las 23:30 h., una hora después de lo anunciado (¿Es esto legal? Si lo es, debería dejar de serlo, y suponer una multa lo suficientemente cuantiosa como para que a la cadena no le compense romper la norma). Pero no se trataba de una excepción, porque Telecinco había acostumbrado ya para entonces a los seguidores de Yo soy Bea a la desazón: retrasos permanentes en la hora de comienzo (de hasta media hora), cortes publicitarios que comenzaban nada más terminar los títulos de crédito iniciales, resúmenes del capítulo anterior antes del nuevo que retomaban hasta cinco minutos de la ficción del día previo, repeticiones de capítulos en épocas vacacionales sin avisar de que no eran nuevos, improvisaciones horarias en función de otros programas (Gran Hermano, Supervivientes, Operación Triunfo)... Lamentable e insoportable. Sin duda, lo peor de la serie.

Algunas ideas en un guión-chicle

A partir de ahí, toca enjuiciar el producto en sí, desde la redacción de los guiones hasta el montaje final, pasando por el trabajo de los intérpretes (quizá el aspecto más relevante) o la puesta en escena. Por Yo soy Bea han pasado decenas de guionistas y argumentistas, y varios directores. No es este un dato banal, porque ello redunda en una cierta dificultad para otorgar a la serie de homogeneidad, coherencia y continuidad dramática; en lo que se refiere a la dirección, el escaso perfil creativo con que se dotó a la serie desde el principio hacía más sencillos los relevos, porque se trataba de jugar prácticamente al plano/contraplano y al A-B-C de la realización televisiva.

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Hay que decir que la escasez presupuestaria que se adivina en cada detalle de la serie es un elemento a tener en cuenta, aunque no sea definitivo a la hora de realizar un juicio u otro. Los guiones han alargado la ficción mucho más allá de lo razonable, en ocasiones con consecuencias desesperantes para el espectador fiel, que ha tenido que ver cómo cada semana avanzaba la acción un rato los lunes y otro rato los viernes, de modo que el relato de cada cinco días podía resumirse fácilmente en uno, a lo sumo dos capítulos completos.


Por otro lado, ha habido escaso lugar para el ingenio, y ha sido habitual el diálogo facilón, la rutina narrativa y, lo que es peor, una previsibilidad que hacía sencillo adivinar en cada minuto lo que ocurriría al minuto siguiente; sin embargo, sería injusto no destacar algunas líneas que se han separado de la tónica general, como toda la historia de la doble personalidad de Sandra de la Vega/Sonsoles Prieto (Ana Milán), o el conflicto fraternal -muy poco explotado en relación a su eficacia dramática- entre Álvaro Aguilar (Alejandro Tous) y Diego de la Vega (Miguel Hermoso), o la creación del personaje de Bárbara Ortiz (divertidísimo en ocasiones su lenguaje inventado, y desternillantes las escenas de sus sueños eróticos con Santi Rodríguez/Roberto Correcher).

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De entre toda la labor de los guionistas, cabe prestar atención a la elaboración de un lenguaje propio, de la máxima eficacia en la fidelización del espectador y en la caracterización de los personajes, que en ocasiones ha dado lugar a algunos de los momentos más divertidos de los diálogos: "moscorrofio" (palabra empleada por Richard de Castro/David Arnaiz para referirse a la fealdad de Bea), "frikimonster" (utilizada por Bárbara para definir a Santi), "cara-acelga" (favorita de Paula/Amanda Marugán para hablar de Diego), "Don Pimpón" (en referencia al personaje de Barrio Sésamo, empleada por Paula para dirigirse a Olarte/José María Sacristán), y muchas otras más, entre ellas, como ya he dicho, todas las palabras "incorrectas" con las que Bárbara salteaba su vocabulario y que -en unas ocasiones más que en otras, lógicamente- han resultado un oasis de frescura en medio de unos diálogos considerablemente grises y rutinarios.



Los buenos intérpretes

Lo mejor de Yo soy Bea ha sido, sin duda, el trabajo de los intérpretes aunque, como en todos los ámbitos, también aquí hay diferencias sustanciales, y conviene realizar diferenciaciones. En mi opinión, no cabe duda de que uno de los grandes descubrimientos de la serie ha sido -para quien no le conociera: lleva haciendo cine, teatro y televisión desde los 28 años (1989)- Miguel Hermoso Arnao en el papel del odioso hermano de Álvaro, Diego de la Vega, Director General de Bulevar 21 en su última época y ahora encarcelado por corrupción urbanística, azote interminable del afán profesional de Beatriz Pérez Pinzón. Miguel Hermoso ha aprovechado al máximo las posibilidades de un villano al estilo clásico, caricaturesco y burlón, malo puro y sin matices. Y ahí, además, se ha fusionado el mejor de los personajes con el mejor de los actores, y la mejor de las historias (ya mencionada: la relación de odio con su hermano de otra madre, Álvaro Aguilar, con el que ha mantenido siempre una rivalidad a vida o muerte).

"Lamentablemente, los dos protagonistas de la serie no han sido ni mucho menos lo mejor de la misma, en el ámbito de la interpretación"


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Quizá por eso el producto resultante ha sido la mejor escena de toda la serie: después de un periodo en que Álvaro ha jugado la estrategia del Caballo de Troya, haciéndose ganar la confianza de Diego para asestarle desde cerca su puñalada final, y estando los dos juntos en el despacho, entran los agentes dedicados por la UE a la vigilancia de la corrupción urbanística para llevarse a Diego; es entonces cuando él se da cuenta de que ha estado siendo engañado durante la última época por su hermano que, así, ha consumado su venganza pergeñada durante tanto tiempo; en esa escena la interpretación de Miguel es magnífica, con las lágrimas de rabia difícilmente contenidas y finalmente derramadas, derrumbado, completamente derrotado. La mejor escena de la serie, en la que incluso el escasamente brillante y habitualmente inseguro Alejandro Tous, consigue una de sus intervenciones más inspiradas.



Y es que, lamentablemente, los dos protagonistas de la serie no han sido ni mucho menos lo mejor de la misma, en el ámbito de la interpretación. Ruth Núñez sí ha logrado otorgar a su personaje de fea acomplejada un matiz de fragilidad y desamparo, pero a costa de resultar las más de las veces artificiosa, cargante, almibarada, incomprensiblemente simple; hay que decir, en su descargo, que su trabajo ha estado sobredimensionado, sometida a la presencia en todos los capítulos de la serie, prácticamente enclaustrada en su vida personal para no desvelar el rostro que tan rentable se había hecho; su mérito es indudable, pero el resultado no es completamente satisfactorio, y no es difícil encontrar a numerosos fans de la serie que lo han sido a pesar de su interpretación.

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© Teresa Peyri. Telecinco

El caso de Alejandro Tous es diferente, porque no ha estado sometido ni a la misma presión ni a la misma sobreexposición, y sus deficiencias parecen más técnicas que propias del contexto o de la dificultad del personaje que, por otra parte, era uno de los más planos y sencillos de la serie; ha parecido siempre sobreactuado, indeciso en la línea a seguir, repetitivo en gestos y declinaciones verbales, muchas veces insulso y pocas brillante. A favor de él hay que recordar la escena en la que recibe a Bea en aquella noche lluviosa en que temió por su vida, y que se convirtió en la velada de su primer encuentro sexual; Ruth y Alejandro estuvieron perfectos allí, como también en la escena de la cocina en la que comienzan a jugar divertidamente con la harina, una de las más verdaderas y sentidas escenas de amor de todo el relato.

También hay que decir algo en descargo de ambos, los más castigados por el alargamiento innecesario de la serie y por los guiones mediocres: no han estado dirigidos; ni ellos ni ninguno de los intérpretes (y si lo han estado, han sido muy mal dirigidos).

Siempre ha dado la sensación de que cada actor o actriz sacaba lo mejor o peor en función de un buen o mal día; a partir de ahí, por supuesto, hay que distinguir entre los que tenían más jornadas inspiradas, y los que menos.

Entre los primeros, sin duda, el ya mencionado Miguel Hermoso, el mejor de la serie en mi opinión; la estupenda Ana Milán, en aquel papel doble que marcó una época en la serie y que llevó adelante llena de matices y evitando hábilmente el cansancio del espectador, alternando con intensidad el drama y la comedia; Norma Ruiz, cuyo papel de Bárbara -poco dado, precisamente, a la expresión de detalles y al juego con un abanico amplio de registros- no da lugar a realizar vaticinios sobre su futuro como actriz, pero ha sabido ir reconduciéndolo por los senderos de un humor irónico y desinhibido, más allá de la caricatura a la que se prestaba su texto; José Manuel Seda (Gonzalo de Soto, el amigo inseparable de Álvaro Aguilar) que, aunque ha trabajado en muchas ocasiones con el piloto automático, ha sabido sacarle el máximo partido a un personaje poco agradecido que, además, contiene el riesgo añadido de encasillarle; David Arnaiz, en el papel de amanerado director artístico de Bulevar 21 ha llevado a cabo un papel antipático pero tierno, en el que ha fusionado bien el odioso elitismo del que tenía que hacer gala con una comprensión final hacia los seres honestos y sensibles, mediante un trabajo completamente artificioso y al mismo tiempo lleno de verdad, lo que conlleva una dificultad añadida evidente. Y hasta aquí; el resto de los intérpretes se han ido situando, con una regularidad tediosa y a veces exasperante, entre la mediocridad y el exceso, la impostación del gesto apresurado y la galbana de quien pasaba por allí.

El final y la nueva (Be)a

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El balance, a la vista de lo que hemos dicho hasta ahora, no dista mucho, probablemente, del que hay que realizar objetivamente, pero con aquellos matices que hay que intentar imponerse para un producto que han seguido entre 2.500.000 y 7.000.000 espectadores, según la época y el capítulo; conozco varias personas cuya inteligencia merece mi respeto y hasta mi admiración, que han dedicado más de diez días completos de su vida (esas 280 horas de ficción) a Bea y sus peripecias.


He tratado de desentrañar aquí algunas de las causas, que se encuentran fundamentalmente en el atractivo del trabajo de algunos estupendos intérpretes, cuyas carreras deseamos que crezcan al abandonar la serie (aunque, por desgracia, es posible que más bien languidezcan) y, también, en la habilidad de los guionistas al alternar épocas desesperantes de rutina adictiva con momentos divertidos, emocionantes y algunos (pocos) de alto nivel dramático: la dosificación como modo inteligente de gestionar los recursos escasos (el bajo presupuesto).

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Un producto, en fin, mediocre en líneas generales; con tendencia a lo lamentable en la parte técnica pero con la habilidad suficiente para haber mantenido el interés de millones de personas y haber lanzado las carreras de unos cuantos intérpretes interesantes. ¿Poco? Quizá. Pero más que otras series españolas de éxito, más presupuesto y no mucha mayor calidad.

Para finalizar, he de decir que ni el episodio de la transformación de la fea en guapa ni, mucho menos, el de la boda de la fea con el guapo, han sabido sacar mayor partido a los elementos que se tenían entre manos; en ese sentido, hay poco que comentar de ambos capítulos, más allá de reconocer a los profesionales que los han llevado a cabo la capacidad de emocionar a sus seguidores más fieles, con un tratamiento muy amable de los personajes clave y mediante la explotación de los tópicos más empleados en las historias fotonoveleras.


Otra cosa es la actitud de la cadena, no sólo poco simpática sino más bien del todo irrespetuosa con sus fieles y, por supuesto, con los espectadores eventuales; y no ya por lo mencionado antes, respecto al capítulo de la boda, y que ya he calificado como creo que merece, sino porque ha antepuesto los intereses comerciales (creo que hemos asumido todos demasiado rápido que ese tipo de intereses deben estar siempre, en cualquier circunstancia, por encima de cualquier otro valor) a un mínimo de compromiso con la calidad y la coherencia; digo esto porque, habiendo alargado durante casi 500 capítulos lo que bien podría contarse en menos de la mitad, parece escandaloso que se haya resumido, en apenas cinco de ellos, lo que tenía material narrativo para al menos el doble (victoria final de Álvaro sobre Diego, transformación de Beatriz, aparición de un nuevo personaje estelar, rehabilitación moral del personaje de Álvaro, boda...). Pero, en fin, al parecer así son las cosas en esta televisión nuestra donde calidad y comercialidad parecen condenadas a no entenderse nunca, en aras de una rentabilidad alta y rápida.

"Ni el episodio de la transformación de la fea en guapa ni, mucho menos, el de la boda de la fea con el guapo, han sabido sacar mayor partido a los elementos que se tenían entre manos"

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Sin embargo, Telecinco ha sabido aprovechar hábilmente el final de Yo soy Bea, y el importantísimo éxito de audiencia que atesora desde su inicio, para introducir una novedad de cierto riesgo (aunque menor, teniendo en cuenta que es un producto destinado en un principio para el verano, temporada baja), al finalizar la serie. Y es que los responsables de la cadena han decidido continuar sin algunos de los actores estrella, introduciendo ese nuevo personaje principal al que me refería antes, también llamada Beatriz (Be, para los amigos/Patricia Montero), que es el reflejo contrario de Bea: rica, guapa y atada a una vida de éxito social sin gratificación personal.


El giro es inesperado y, en cierto modo, atractivo incluso para los seguidores de la serie original, puesto que supone la parte inversa de la moneda compuesta por la fea/inteligente: la guapa/tonta. Be tendrá que demostrar que es algo más que una cara bonita. Sin duda, la siguiente fase de Yo soy Bea promete muchos más tópicos, quizá más estética de telenovela latinoamericana, y unas variables técnicas y artísticas muy semejantes.

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Lo más interesante, de nuevo, será estar a la expectativa de algunos trabajos interpretativos sugerentes, entre los que destacará seguro Patricia, que ha demostrado ya, en los pocos capítulos en los que la hemos podido ver, un espectro de registros mayor del esperado, una capacidad más que interesante para bascular entre el humor y la ternura; no en vano, su química con la Bea de siempre, Ruth Núñez, fue de lo mejor de los últimos capítulos; y no es descartable, y sí sería muy inteligente por su parte, que Telecinco recupere dentro de un tiempo a Beatriz Pérez Pinzón, e incluso a Álvaro Aguilar, y rompa el mito de los personajes y ficciones quemadas, proponiendo la fusión de la serie original con esta especie de autosecuela, en una sola que, a buen seguro, haría las delicias de los fans de ambas.

De momento, es esperable que la nueva Be nos ofrezca más tardes de gloria que la antigua Bea, lo que parece probable a la vista de su corto recorrido por el momento; a la "nueva" serie habría que pedirle muchas cosas, fácilmente deducibles de todo lo dicho hasta aquí, pero bastará con que sea un poco más respetuosa con el espectador y, sobre todo, más ágil, más divertida, menos convencional. Unas sonrisas despreocupadas a la hora de la siesta es mucho en esta tele con la que nos desayunamos, comemos y cenamos. Por otra parte, no tengo nada claro que la televisión se inventara para hablar de la metafísica de Aristóteles, ni que el medio se adapte bien a ello. Pero entretenerse es lo mínimo.

27/06/2008

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